Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La República Dominicana parece hoy mejor ubicada que varios de sus vecinos estratégicos en medio de una de las etapas más complejas, inciertas y peligrosas del sistema internacional desde el final de la Guerra Fría.
No se trata de triunfalismo superficial ni de propaganda circunstancial.
Se trata de una constatación geopolítica que comienza a hacerse visible cuando se observa el mapa del Caribe, América Latina y el nuevo juego de poder entre Estados Unidos, China, Rusia y otras potencias emergentes.

En ese contexto, es justo reconocer que el presidente Luis Abinader ha manejado con prudencia y habilidad un entorno extraordinariamente difícil, lleno de presiones cruzadas, amenazas regionales y transformaciones globales aceleradas.
El mundo atraviesa un reacomodo profundo.
Lo que durante décadas se presentó como un orden internacional relativamente estable, basado en reglas multilaterales, consensos occidentales y una hegemonía estadounidense casi indiscutida, ha dado paso a una dinámica mucho más cruda, más transaccional y más cercana a la vieja realpolitik.
La guerra en Ucrania, la presión occidental sobre Rusia, el ascenso estratégico de China, la tensión permanente alrededor de Taiwán, el conflicto en Medio Oriente, la confrontación con Irán y la progresiva erosión del sistema liberal posterior a 1991 han abierto una etapa en la que las grandes potencias vuelven a comportarse como administradoras de zonas de influencia, aunque nadie lo admita públicamente en esos términos.
La reciente cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Beijing, acompañada por declaraciones que evocan abiertamente la idea de un G-2 o de un entendimiento pragmático entre gigantes, ha reforzado esa percepción.
No necesariamente porque exista un acuerdo formal explícito entre Washington, Beijing y Moscú para repartirse el mundo, sino porque comienzan a observarse tolerancias mutuas, prioridades jerarquizadas y cálculos estratégicos implícitos que recuerdan, con diferencias obvias, ciertos patrones históricos del equilibrio entre grandes potencias.
Washington parece concentrado en recomponer su hemisferio, asegurar sus cadenas críticas, contener adversarios estratégicos y recuperar capacidad industrial.
China protege sus intereses asiáticos, comerciales y energéticos. Rusia insiste en su cinturón de seguridad euroasiático. Y entre esas grandes placas tectónicas se mueven los países medianos y pequeños intentando sobrevivir.
En América Latina y el Caribe, el panorama es dramáticamente desigual.
Venezuela ha vivido una devastación institucional, económica y migratoria de proporciones históricas.
Cuba enfrenta un agotamiento estructural profundo, con limitaciones energéticas, económicas y sociales que ya no pueden disimularse fácilmente.
Haití se ha convertido prácticamente en un caso de colapso estatal, con consecuencias directas sobre toda la región.
Nicaragua sigue atrapada en una lógica cerrada de poder.
Otros países lidian con violencia estructural, polarización extrema o dependencia severa.
En ese cuadro, la República Dominicana aparece, con todas sus limitaciones, como una isla de estabilidad relativa.
Esa posición no ha sido producto exclusivo del azar.
Tampoco debe explicarse únicamente por factores económicos.
Ha influido una conducción política relativamente prudente en un contexto extremadamente delicado.
El presidente Luis Abinader ha debido navegar simultáneamente la pospandemia, la inflación internacional, las presiones migratorias derivadas del colapso haitiano, las tensiones energéticas globales, las relaciones con Washington, la creciente presencia económica china en la región y las complejidades internas propias de un país en desarrollo.
Y lo ha hecho evitando estridencias innecesarias, manteniendo canales diplomáticos abiertos y proyectando una imagen de razonable previsibilidad institucional.
Particularmente compleja ha sido la cuestión haitiana.
Cualquier gobernante dominicano en este período habría enfrentado presiones internas enormes, exigencias internacionales contradictorias y riesgos humanitarios y de seguridad de primer orden.
Sin embargo, la administración Abinader ha logrado colocar el tema haitiano en la agenda internacional, insistiendo en que el problema no puede recaer exclusivamente sobre la República Dominicana.
Esa posición, aunque discutida por algunos sectores, responde a una realidad objetiva: ningún país del tamaño dominicano puede absorber indefinidamente el colapso prolongado de su vecino sin consecuencias profundas.
A esto se añade un elemento geoeconómico que podría favorecer a Santo Domingo.
Si Estados Unidos acelera políticas de relocalización industrial, nearshoring, seguridad logística hemisférica y reorganización de cadenas de suministro frente a China, la República Dominicana tiene oportunidades reales.
Su ubicación geográfica, su infraestructura turística, su experiencia en zonas francas, su conectividad y su cercanía al mercado norteamericano le otorgan ventajas comparativas importantes.
Si a eso se suma una gestión razonable, el país podría consolidarse como centro logístico, manufacturero, financiero y de servicios del Caribe ampliado.
Pero conviene evitar ilusiones fáciles.
Estar mejor ubicado que algunos vecinos no equivale a haber resuelto nuestras debilidades estructurales.
Persisten la desigualdad, la fragilidad educativa, la dependencia energética, la baja productividad de amplios sectores, la vulnerabilidad institucional y la presión migratoria permanente.
La estabilidad relativa no debe confundirse con fortaleza definitiva.
La historia latinoamericana está llena de países que parecían bien posicionados coyunturalmente y luego desperdiciaron oportunidades históricas.
El nuevo orden internacional que parece perfilarse no será sentimental ni ideológico; será competitivo, pragmático y muchas veces despiadado.
En ese contexto, los países pequeños solo sobreviven con inteligencia estratégica, cohesión interna y liderazgo prudente.
Por eso, aun reconociendo que quedan enormes tareas pendientes, es razonable afirmar que la República Dominicana, en esta hora turbulenta, parece mejor ubicada que varios vecinos estratégicos.
Y en esa ubicación relativa favorable, la prudencia, prudencia y habilidad política del presidente Luis Abinader merecen ser reconocidas.
