Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Cada 20 de junio la Iglesia recuerda a San Juan de Matera, el monje italiano del siglo XII que sufrió acusaciones falsas, prisión e incomprensiones antes de ser reivindicado por la verdad.
Su historia, aparentemente lejana, conserva una sorprendente actualidad.
La calumnia, la maledicencia y las luchas de poder no son fenómenos modernos.
Han acompañado a las instituciones humanas desde sus orígenes, incluyendo a la propia Iglesia.
San Juan de Matera fue acusado injustamente de apropiarse de bienes eclesiásticos y más tarde de herejía.
Ambas acusaciones resultaron falsas.
Lo notable es que nunca respondió con odio ni con deseos de venganza.
Continuó predicando, fundó el monasterio de Pulsano y terminó siendo reconocido como uno de los grandes reformadores monásticos de su tiempo.
Su vida constituye un recordatorio de que la mentira puede imponerse momentáneamente, pero rara vez logra derrotar de manera definitiva a la verdad.

La Iglesia lo venera precisamente por esa perseverancia frente a la injusticia.
Al reflexionar sobre esta figura resulta inevitable pensar en uno de los temas que más preocupó al Papa Francisco durante su pontificado: la maledicencia.
Desde el inicio de su ministerio petrino, Francisco denunció repetidamente el chisme, las intrigas y las luchas internas como enfermedades espirituales que corroían la vida de la Iglesia.
En numerosas ocasiones afirmó que quien difunde rumores destruye la reputación ajena sin asumir responsabilidad por el daño causado.
Llegó incluso a comparar el chisme con una forma de terrorismo moral porque quien lo practica lanza la acusación y luego desaparece dejando tras de sí las consecuencias.
La insistencia de Francisco no era casual.

Durante décadas había conocido las complejidades de la vida eclesial y comprendía que ninguna reforma podía avanzar si estaba acompañada por campañas de descrédito, filtraciones interesadas o luchas entre grupos rivales.
El Papa denunció repetidamente el clericalismo, la corrupción y la autorreferencialidad institucional.
Estas críticas provocaron apoyos entusiastas, pero también resistencias considerables dentro y fuera de la Curia Romana.
Dos de los nombres que con frecuencia aparecieron en las conversaciones vaticanas de aquellos años fueron los del cardenal Angelo Becciu y Mons. Edgar Peña Parra, quienes ocuparon sucesivamente el cargo de Sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado entre 2011 y 2018, y desde 2018 en adelante, respectivamente.
El cargo de Sustituto es uno de los más delicados de toda la estructura de gobierno de la Santa Sede.
Históricamente ha sido descrito como el equivalente al jefe de gabinete del Papa.
Desde esa posición le corresponde coordinar una parte sustancial de la actividad cotidiana de la Curia, administrar documentación sensible y servir de puente entre el Pontífice y numerosos organismos eclesiales.
Precisamente por la importancia de ese puesto, quienes lo ocupan suelen convertirse en objeto de apoyos, críticas, rumores y controversias.
Como ocurre con frecuencia en la historia de la Iglesia, los debates públicos mezclan hechos comprobados, interpretaciones, opiniones e incluso acusaciones difíciles de verificar.
La experiencia demuestra que cuando una figura ocupa una posición central en el gobierno eclesial se convierte inevitablemente en blanco de expectativas, rivalidades y narrativas contrapuestas.
La historia de la Iglesia enseña que estas tensiones no son nuevas.
San Atanasio fue exiliado varias veces.
San Juan Crisóstomo fue desterrado.
San Pío de Pietrelcina sufrió restricciones y sospechas.
San Juan de la Cruz fue encarcelado por miembros de su propia orden.
Ninguno escapó a las luchas humanas que acompañan a las grandes instituciones.
Sin embargo, la Iglesia sobrevivió porque su fundamento último no descansa en la perfección de sus administradores, sino en una realidad espiritual que trasciende las debilidades de cada época.
Durante los años del pontificado de Francisco, numerosos observadores señalaron que las filtraciones de documentos, las campañas mediáticas y las pugnas internas alcanzaron niveles particularmente visibles.
Otros sostuvieron que ello era precisamente consecuencia de las reformas emprendidas.
Cuando se modifican estructuras de poder consolidadas durante décadas, inevitablemente surgen resistencias.
La historia política, empresarial y religiosa ofrece innumerables ejemplos de este fenómeno.
Como embajador que fui ante la Santa Sede, tuve ocasión de observar de cerca cómo la realidad vaticana es mucho más compleja que las simplificaciones difundidas por algunos medios.
Detrás de cada noticia existe una red de relaciones personales, sensibilidades culturales, tradiciones institucionales y equilibrios históricos que rara vez aparecen en los titulares.
Aprendí también que Roma es una ciudad donde las noticias viajan con extraordinaria rapidez y donde los rumores suelen adelantarse muchas veces a los hechos.
Por eso la figura de San Juan de Matera adquiere un significado especial para nuestro tiempo.
Su experiencia demuestra que la calumnia no es una invención de la era digital.
Existía mucho antes de las redes sociales, de internet y de los medios modernos.
Lo que ha cambiado es la velocidad con que se difunde.
En el siglo XII una acusación podía recorrer una región.
En el siglo XXI puede recorrer el mundo en cuestión de minutos.
Francisco comprendió profundamente ese peligro.
Tal vez por eso regresaba una y otra vez al mismo tema.
Sabía que la maledicencia destruye comunidades, rompe amistades, paraliza instituciones y envenena la vida espiritual.
Sabía también que la verdad suele necesitar más tiempo que la mentira para abrirse camino.
La lección que nos deja San Juan de Matera es sencilla y exigente a la vez.
Frente a la calumnia, perseverar.
Frente a la incomprensión, continuar trabajando.
Frente al rumor, aferrarse a la verdad.
Y frente a los inevitables conflictos humanos que atraviesan toda institución, recordar que ninguna obra verdaderamente grande se construye sobre el resentimiento sino sobre la fidelidad a una misión superior.
La historia demuestra que los chismosos pasan, los intrigantes pasan, los grupos de poder pasan y las campañas de difamación terminan desapareciendo.
Lo que permanece son las obras, los testimonios y la verdad.
Así ocurrió con San Juan de Matera hace casi nueve siglos.
Y así seguirá ocurriendo mientras existan hombres y mujeres capaces de resistir la tentación de destruir al prójimo mediante la palabra.
