En República Dominicana, el brillo de las nuevas torres y el asfalto de las avenidas nos distraen de una realidad dolorosa: por dentro, nuestra juventud se está rompiendo. Mientras las estadísticas hablan de crecimiento, en las oficinas y hogares se respira un agotamiento que no sale en los periódicos. No es que a los jóvenes les falte voluntad o carácter; es que están cansados de pelear contra un sistema donde los salarios nunca alcanzan para los sueños que la sociedad les vende. Para muchos, la única forma de sobrevivir es el "pluriempleo" o el "picoteo", sacrificando su descanso y perdiendo la vida en el caos del tráfico.
A esto se suma la "esclavitud digital". En nuestro país, el descanso es un mito porque el WhatsApp ha borrado la puerta de la casa; los jefes escriben en domingo o de madrugada como si el tiempo del otro no valiera. Y lo peor es que, cuando el joven colapsa, se encuentra con que ir a terapia es un lujo de pocos o algo que todavía se señala con prejuicio. Se quedan solos, sin herramientas para manejar una ansiedad que ellos mismos no buscaron.
Estamos dejando que nuestro tesoro más grande, que es la energía de los jóvenes, se apague. Un joven "quemado" es alguien que deja de creer, que deja de crear y que, al final, solo piensa en irse del país o se hunde en la apatía. El trabajo debería darnos dignidad, no ser una fuente de angustia que nos robe las ganas de vivir.
Es hora de que las empresas y el Estado entiendan que la productividad no se trata de estar "conectados" 24/7, sino de tener gente sana y feliz. Necesitamos leyes que nos protejan y que vean la salud mental como un derecho humano, no como un tema secundario. Cuidar la mente de nuestra juventud no es un favor ni un acto de caridad: es lo único que nos garantiza tener un futuro. Si no humanizamos el trabajo ahora, terminaremos siendo una nación de gente agotada que ya no aspira a construir un mejor país, sino simplemente a sobrevivir una semana más.
