Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay hombres cuya dimensión pública termina ocultando a la persona.
Los años, las responsabilidades, los debates y las controversias levantan alrededor de ellos una imagen que muchas veces impide descubrir al ser humano.
Con Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez ocurrió algo parecido.

Durante treinta y cinco años, desde el 15 de noviembre de 1981 hasta el 4 de julio de 2016, fue arzobispo metropolitano de Santo Domingo y Primado de América.
Había sido Obispo de San Francisco de Macorís desde 1978. Ordenado sacerdote en 1961, y nació en Barranca, La Vega, en 1936.
Desde el 28 de junio de 1991 fue también cardenal de la Santa Iglesia Romana, creado por san Juan Pablo II.

Su voz acompañó buena parte de la historia contemporánea de la República Dominicana, y ningún otro prelado dominicano tuvo una presencia tan prolongada e influyente en la vida nacional.
Su ministerio atravesó los gobiernos de Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco, Joaquín Balaguer, Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Danilo Medina y me pronosticó en el 2017 el próximo gobierno de Luis Abinader.
Vivió tres pontificados de extraordinaria importancia para la Iglesia universal: San Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.
Presidió la Conferencia del Episcopado Dominicano en distintos períodos, desempeñó importantes responsabilidades en el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), participó en sínodos, consistorios y organismos de la Santa Sede, y se convirtió en una referencia obligada para comprender la evolución de la Iglesia dominicana durante más de tres décadas.

Su figura nunca fue indiferente.
Sus homilías y declaraciones públicas abordaban los problemas nacionales con la misma firmeza con que predicaba el Evangelio.
Habló de la corrupción, de la pobreza, de la educación, de la defensa de la vida, de la familia, de la inmigración, de la soberanía nacional y de la responsabilidad moral de quienes ejercían funciones públicas.
Esa claridad produjo adhesiones y también fuertes críticas.
Pero la historia no suele escribirse con los titulares del día siguiente, sino con la serenidad que ofrecen el tiempo, los documentos y los testimonios.
Mi relación con el cardenal fue mucho más allá de la formalidad institucional.
Lo conocía antes de su nombramiento al Colegio Cardenalicio.
Cuando fui designado embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Dominicana ante la Santa Sede, entre 2009 y 2020, tuve el privilegio de tratarlo con frecuencia, tanto en actos oficiales como en encuentros privados.
Aquella cercanía me permitió conocer no solamente al arzobispo y al cardenal, sino al ser humano.
Cada vez que viajaba a Roma era para mí un deber, pero también un honor, acudir personalmente al Aeropuerto Internacional Leonardo da Vinci, en Fiumicino, para recibirlo.
Como miembro del Colegio Cardenalicio tenía derecho a utilizar la sala VIP del aeropuerto, privilegio reservado a determinadas autoridades eclesiásticas y civiles.
Lo esperaba a la salida de la misma puerta del avión, como representante del Estado dominicano ante la Santa Sede y también como amigo.
Desde el mismo momento de su llegada me ponía completamente a su disposición.
La Embajada estaba abierta para cuanto necesitara.
Si debía realizar gestiones relacionadas con su ministerio pastoral, con organismos de la Curia Romana, con congregaciones religiosas, con universidades pontificias o con cualquier dependencia de la Santa Sede, yo estaba allí para servirle.
Si necesitaba resolver algún asunto personal durante su permanencia en Roma, igualmente podía contar conmigo.
Nunca consideré aquellas atenciones una carga; por el contrario, las asumía como parte natural de mi responsabilidad diplomática y como un gesto de amistad hacia quien representaba a la Iglesia dominicana.
Cuando concluían sus visitas, también lo acompañaba nuevamente hasta Fiumicino para despedirlo antes de su regreso a Santo Domingo.
Así transcurrieron muchos viajes, muchas conversaciones y muchos momentos compartidos.
Con el paso del tiempo nació entre nosotros una relación de sincera amistad.
Coincidimos en audiencias pontificias, celebraciones litúrgicas, encuentros diplomáticos, recepciones oficiales y numerosas actividades organizadas por la Santa Sede.
Conversábamos sobre la Iglesia, sobre la República Dominicana, sobre la política internacional y sobre los desafíos pastorales de nuestro tiempo.
Aquellas conversaciones me permitieron descubrir una faceta del cardenal que rara vez aparecía reflejada en los medios de comunicación.
Quienes solamente conocían al cardenal por sus intervenciones públicas encontraban a un hombre de carácter firme, de opiniones claras y de lenguaje directo.
Yo conocí también a un hombre cordial, agradecido, sencillo en el trato cotidiano, leal con sus amigos y profundamente consciente del peso de las responsabilidades que llevaba sobre sus hombros.

Esa experiencia personal explica por qué, cuando en febrero de 2014 se desencadenó una intensa campaña pública contra el cardenal, decidí escribir una carta al papa Francisco.
Lo hice convencido de que el Santo Padre debía conocer el contexto dominicano y mi apreciación de los hechos.
Aquella carta fue publicada y comentada ampliamente en la República Dominicana.
Algunos la compartieron; otros la criticaron.
Pero respondía a una convicción nacida del conocimiento directo de la persona cuya trayectoria estaba siendo objeto de ataques.
Pocos días después, durante el consistorio celebrado en Roma, tuve la oportunidad de encontrarme personalmente con el papa Francisco en la Casa Santa Marta. A mi lado estaba el Cardenal.
Me acompañaba mi esposa, Rita De Moya. En un momento de aquella conversación, el Santo Padre se refirió espontáneamente al cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez. Sus palabras fueron sencillas, pero profundamente significativas: «Él es bueno».
Aquella frase quedó grabada para siempre en mi memoria.
Más tarde la relaté en mi artículo El Papa dice que el Cardenal es un hombre bueno, publicado por Listín Diario el 26 de febrero de 2014.
No era una interpretación mía; era un testimonio directo de una conversación personal con el Papa.
Cinco años después, al observar que continuaban circulando versiones inexactas sobre el cardenal, escribí Tres calumnias contra el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, donde analicé varias campañas dirigidas a desacreditarlo públicamente.
Allí recordé nuevamente las palabras del papa Francisco y defendí la necesidad de juzgar a las personas a partir de los hechos comprobables y no de rumores o intereses coyunturales.
Posteriormente publiqué El valor de Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, quizá el artículo más importante que he escrito sobre él.
En ese trabajo expuse un hecho histórico de enorme trascendencia: fue el propio cardenal quien informó personalmente al papa Francisco, en julio de 2013, acerca de las graves denuncias existentes contra el entonces nuncio apostólico Józef Wesołowski.
Ese dato, conocido por mí durante mi servicio diplomático, desmontaba la idea de que el cardenal hubiese intentado proteger al nuncio.
Muy por el contrario, acudió directamente al Santo Padre para poner en su conocimiento una situación extremadamente delicada para la Iglesia.
Años después retomé ese mismo asunto en otro artículo publicado en Listín Diario, El discurso de la embajadora y el cardenal López Rodríguez, insistiendo en que la historia debe construirse sobre documentos y testimonios verificables, no sobre campañas pasajeras.
Durante mi misión diplomática observé también el respeto que inspiraba dentro de la Curia Romana.
Cardenales, arzobispos y funcionarios de la Santa Sede lo trataban como a un pastor experimentado, conocedor de la realidad latinoamericana y profundamente comprometido con la misión de la Iglesia.
Su opinión era escuchada porque provenía de alguien que había gobernado durante décadas la Arquidiócesis Primada de América.
Naturalmente, no todos compartían sus posiciones.
Él mismo sabía que el ejercicio del ministerio episcopal exige asumir críticas y controversias. Nunca pretendió agradar a todos.
Prefería expresar con claridad aquello que consideraba conforme a la doctrina de la Iglesia, aun cuando ello provocara reacciones adversas.
Hoy, al mirar hacia atrás, pienso que las controversias irán perdiendo importancia mientras permanezcan los hechos.
Permanecerá el pastor que condujo durante treinta y cinco años la Arquidiócesis de Santo Domingo y defendió al Pueblo de la República Dominicana.
Permanecerá el cardenal creado por san Juan Pablo II.
Permanecerá el colaborador de tres pontífices.
Permanecerá el presidente del Episcopado Dominicano y del CELAM.
Permanecerá el hombre que acompañó a la Iglesia dominicana durante una de las etapas más complejas de su historia reciente.
Pero, por encima de todo eso, permanecerá el recuerdo personal.
Cuando pienso en Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez, no recuerdo primero la púrpura cardenalicia, ni las solemnes ceremonias vaticanas, ni las grandes homilías pronunciadas desde la Catedral Primada de América.
Recuerdo al amigo que llegaba a Roma y a quien recibía en Fiumicino; al hombre con quien compartí incontables conversaciones; al pastor que confiaba en mi colaboración durante sus visitas a la Ciudad Eterna; al dominicano que nunca olvidó sus raíces y que siempre llevó consigo el peso de servir a la Iglesia y a su pueblo.
Con el paso de los años he llegado a una convicción que el tiempo no ha hecho sino fortalecer.
Más allá de los cargos, de los honores y de las responsabilidades eclesiásticas, Nicolás de Jesús Cardenal López Rodríguez es, ante todo, un gran ser humano.
Esa es la imagen que conservo y el testimonio que considero un deber dejar para la historia.
Porque los títulos pasan, las funciones concluyen y las polémicas se extinguen.
Lo que permanece es la calidad humana de las personas.
Y esa calidad humana, en el caso del cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, constituye, a mi juicio, su legado más profundo.
