Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Cuando estuve residiendo en Roma habitualmente adquiría un ejemplar de Limes, la revista de geopolítica publicada por la empresa proprietaria del diario La Repubblica.

Por Facebook he visto ahora que la prestigiosa revista italiana Limes ha escogido para su edición de julio de 2026 un título inquietante: “Vogliamo la guerra totale?” (”¿Queremos la guerra total?”).
No se trata de una consigna, sino de una pregunta. Y precisamente por eso merece ser tomada en serio.
La expresión remite inevitablemente al dramático discurso pronunciado por Joseph Goebbels en Berlín el 18 de febrero de 1943, cuando preguntó a una multitud fanatizada si estaba dispuesta a aceptar una guerra total.
Aquella movilización absoluta terminó conduciendo a Alemania hacia la destrucción.
Ochenta y tres años después, Limes no propone repetir aquella historia. Hace algo mucho más importante: invita a preguntarnos si Europa está entrando, quizá sin advertirlo plenamente, en una lógica de movilización general que recuerda algunos de los mecanismos que precedieron a los grandes conflictos del siglo XX.
La guerra de Ucrania ha cambiado profundamente el panorama estratégico europeo.
Alemania, que durante décadas construyó su identidad política sobre el rechazo al militarismo y sobre una economía orientada a la exportación, inicia ahora un proceso de rearme sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial.
El gasto militar aumenta, la industria comienza a reconvertirse y la Bundeswehr busca recuperar capacidades perdidas durante décadas de relativa tranquilidad estratégica.
El tema central del número de Limes es precisamente ese: el fin del tabú alemán.
Pero el fenómeno va mucho más allá de Alemania.
Europa vuelve a organizar su economía pensando en la seguridad.
La industria automotriz estudia producir material militar.
Los presupuestos nacionales destinan porcentajes crecientes a la defensa.
La investigación científica se orienta hacia tecnologías de doble uso.
La inteligencia artificial, la ciberseguridad, el espacio, los satélites y la energía pasan a formar parte del cálculo estratégico.
En otras palabras, la guerra deja de ser únicamente un asunto de soldados.
Aquí reaparece con toda su fuerza el pensamiento de Carl von Clausewitz.
Con frecuencia se afirma que Clausewitz defendía la guerra total.
En realidad, eso no es exacto.
Lo que el gran estratega prusiano desarrolló fue el concepto de guerra absoluta, un modelo teórico que llevaba hasta el extremo la lógica del enfrentamiento militar.
Sin embargo, él mismo advertía que las guerras reales casi nunca alcanzaban ese límite porque siempre estaban condicionadas por la política.
Su famosa afirmación sigue siendo plenamente vigente:
“La guerra es la continuación de la política por otros medios.”
La guerra nunca constituye un fin en sí misma. Es un instrumento político.
La noción de guerra total apareció posteriormente y alcanzó su expresión más extrema durante las dos guerras mundiales, cuando Estados enteros movilizaron no solo a sus ejércitos, sino también a su industria, su economía, sus universidades, sus laboratorios, sus sistemas financieros y a la totalidad de su población civil.
La pregunta que plantea Limes consiste precisamente en determinar si Europa se aproxima nuevamente a una situación semejante.
Naturalmente, nadie sostiene que estemos reviviendo 1939.
La historia nunca se repite de forma idéntica. Pero sí puede rimar.
Hoy el conflicto ya no se limita al campo de batalla ucraniano.
Se libra también en las fábricas de municiones, en las plantas que producen semiconductores, en las redes eléctricas, en los gasoductos, en las refinerías, en los sistemas satelitales, en las plataformas digitales, en los laboratorios de inteligencia artificial y en las cadenas globales de suministro.
Por eso se nota en días recientes que la geopolítica del petróleo está dejando paso a la geopolítica de las refinerías.
El poder estratégico ya no depende únicamente del control de los yacimientos o de los estrechos marítimos.
Depende igualmente de la capacidad industrial para transformar energía en combustible, fabricar armamento, sostener economías de guerra y mantener funcionando sociedades enteras bajo condiciones extremas.
En ese contexto, la pregunta formulada por Limes adquiere un significado mucho más amplio.
¿Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva guerra total?
No necesariamente en el sentido clásico de movilizar millones de soldados hacia el frente, sino como una movilización integral de las capacidades nacionales: industria, ciencia, energía, tecnología, información, finanzas y opinión pública.
La respuesta aún no está escrita.
Pero precisamente por eso conviene formular la pregunta antes de que los acontecimientos la respondan por nosotros.
La historia enseña que las guerras comienzan mucho antes del primer disparo.
Empiezan cuando las sociedades aceptan, casi sin advertirlo, que toda su organización económica, tecnológica y cultural debe prepararse para un conflicto que parecía imposible.
Quizá esa sea la verdadera advertencia que nos dirige Limes.
Y sería prudente escucharla.
