
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay textos de la Biblia que hemos leído muchas veces y que, de pronto, en determinadas circunstancias de nuestra vida, adquieren un significado completamente nuevo.
Eso me ha ocurrido con la lectura del libro de los Proverbios correspondiente a este miércoles 23 de septiembre:
«Dos cosas te pido, Señor, antes de morir, no me las niegues: líbrame de la falsedad y la mentira; no me des pobreza ni riqueza, dame tan sólo lo necesario para vivir».
Es Proverbios 30, 5-9.
Me ha hecho pensar mucho porque normalmente hablamos de los peligros de la riqueza. Los conocemos de sobra.
Jesucristo advirtió repetidamente acerca de ellos.
La abundancia puede producir egoísmo, avaricia, soberbia y, sobre todo, aquella terrible sensación de autosuficiencia por la cual el hombre termina creyendo que no necesita a nadie, ni siquiera a Dios.
Pero el autor de los Proverbios, Agur, no se detiene ahí.
Dice algo que a veces olvidamos:
«No me des pobreza ni riqueza».
No pide ser rico. Pero tampoco pide ser pobre.
Y explica inmediatamente por qué:
«No sea que la abundancia me aparte de ti y me haga olvidarte; no sea que la pobreza me obligue a robar y me lleve a ofenderte».
Es una visión extraordinariamente realista de la condición humana.
No debemos idealizar la pobreza
Yo nací pobre y, relativamente hablando, siempre he sido pobre. Con el paso de los años he podido cultivar mi mente, estudiar, trabajar, escribir, desempeñar funciones públicas y diplomáticas y tener resueltas las necesidades materiales elementales de la existencia.
Por eso conozco la diferencia entre vivir modestamente y vivir en la indigencia.
Una cosa es el desprendimiento cristiano. Otra cosa es la pobreza. Y otra todavía más terrible es la miseria.
No podemos confundirlas.
En determinados discursos políticos, sociales e incluso religiosos se habla del pobre de una manera que, sin proponérselo, puede terminar idealizando la pobreza.
Eso constituye un grave error.
Amar al pobre no significa amar la pobreza.
Precisamente porque amamos al pobre debemos querer que deje de ser pobre.
No debemos aspirar a que existan más pobres para poder practicar la caridad. Debemos aspirar a una sociedad donde haya cada vez menos personas necesitadas de la asistencia de los demás porque pueden vivir dignamente del fruto de su propio trabajo.
Una experiencia reciente
He pensado particularmente en esto a raíz de una experiencia que tuve hace pocos días.
He atravesado una situación de salud importante que me obligó a permanecer internado y recibir tratamiento del corazón. Gracias a Dios me voy recuperando.
Durante este período prácticamente no había salido ni había podido disfrutar de esas cosas sencillas que también necesita el ser humano: conversar, compartir, comer fuera de casa, cambiar de ambiente.
El pasado domingo, después de mi conferencia en el Museo Nacional de Historia y Geografía, que tuvo una excelente asistencia y una participación que agradezco profundamente, fui a almorzar con una de mis hijas.
Al salir del restaurante encontramos, como sucede frecuentemente en Santo Domingo, personas pidiendo dinero.
A un amigo que me acompañaba le dije que entregara cien pesos a uno de aquellos hombres.
Inmediatamente se acercó otro hombre que también pidió ayuda. Dijo que hacía tiempo que no recibía ninguna.
También le dije a mi amigo que le diera algo.
Nos marchamos.
Poco después, mientras mi hija conducía y nos detuvimos ante un semáforo, volvimos a encontrarnos con aquel hombre, que circulaba en una motocicleta. Desde cierta distancia hizo un gesto que no alcancé a comprender con certeza y que, por alguna razón, me dejó pensativo.
No sé qué quiso expresar y no sería justo atribuirle una intención que desconozco. Pero aquel encuentro inesperado, inmediatamente después de haberle ofrecido una ayuda, me llevó a reflexionar sobre la pobreza, la caridad y también sobre la responsabilidad personal.
No quiero generalizar a partir de un individuo. Sería injusto atribuir a los pobres en su conjunto la conducta particular de una persona. He conocido a lo largo de mi vida innumerables personas pobres de una honradez, laboriosidad y dignidad admirables.
Pero tampoco debemos caer en el error contrario: suponer que la pobreza convierte automáticamente a una persona en virtuosa.
El pobre es un ser humano.
El rico también.
Y ambos están sometidos a tentaciones.
Las dos tentaciones
Eso es exactamente lo que me parece que dice Proverbios.
El rico puede caer en la tentación de pensar:
Tengo tanto que no necesito a Dios.
Y quien se encuentra en una situación de extrema necesidad puede caer en otra:
Necesito tanto que cualquier medio me parece legítimo para obtenerlo.
Proverbios no condena al pobre. Todo lo contrario. Reconoce la terrible presión moral que puede ejercer la necesidad cuando llega a convertirse en miseria.
«No sea que la pobreza me obligue a robar».
¡Qué impresionante realismo!
El hambre no es una virtud.
La indigencia no es una virtud.
La falta de vivienda no es una virtud.
Que un padre no pueda alimentar a sus hijos no es una virtud.
Que una familia no tenga acceso a educación, salud, agua potable o condiciones mínimas de existencia no constituye ningún ideal cristiano.
Son situaciones que debemos combatir.
La pobreza voluntaria es otra cosa
Existe, naturalmente, la pobreza cristiana voluntariamente asumida.
San Francisco de Asís renunció a los bienes. Muchos religiosos hacen voto de pobreza. Sacerdotes, religiosas, misioneros y laicos han escogido una vida austera para entregarse a los demás.
Pero esa pobreza libremente elegida no es lo mismo que la miseria impuesta a una familia que no sabe qué comerá mañana.
Una cosa es desprenderse voluntariamente de lo superfluo.
Otra es carecer involuntariamente de lo indispensable.
No debemos confundirlas.
Por eso la petición de Proverbios me parece tan equilibrada:
«Dame tan sólo lo necesario para vivir».
Es prácticamente la misma espiritualidad que encontraremos después en el Padrenuestro:
«Danos hoy nuestro pan de cada día».
El pan de cada día.
No la acumulación desmesurada para satisfacer una ambición que nunca termina. Pero tampoco la ausencia del pan.
La dignidad del trabajo
Aquí aparece otra enseñanza fundamental del cristianismo: el trabajo.
San Pablo escribió a los tesalonicenses una frase que puede parecernos muy dura:
«Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma» (2 Tesalonicenses 3,10).
Hay que leerla correctamente.
Pablo no dice que quien no puede trabajar no coma.
No habla del enfermo, del anciano, de la persona con discapacidad, de quien perdió su empleo, del que busca trabajo y no lo encuentra ni de quien atraviesa una emergencia.
Dice: quien no quiere trabajar.
Y unos versículos después completa la idea exhortando a que «trabajen con sosiego para comer su propio pan».
Comer el propio pan.
Ahí hay una concepción extraordinariamente profunda de la dignidad humana.
La asistencia es necesaria. Siempre existirán circunstancias en las que una sociedad civilizada deberá ayudar directamente a quienes no pueden sostenerse por sí mismos.
Pero la asistencia no puede convertirse en el destino permanente de millones de seres humanos.
Mucho menos debemos construir una cultura en la cual pedir resulte más conveniente que trabajar.
Trabajo productivo
La solución definitiva a la pobreza no consiste simplemente en repartir dinero.
Consiste fundamentalmente en crear las condiciones para que las personas puedan producir.
Trabajo productivo.
Eso significa educación, capacitación técnica, agricultura eficiente, industrias, pequeñas y medianas empresas, infraestructura, tecnología, crédito, seguridad jurídica e inversión.
Los países que hoy llamamos desarrollados no eliminaron buena parte de la miseria únicamente mediante limosnas. Lo hicieron mediante enormes aumentos de productividad, industrialización, educación, organización económica, creación de empresas, infraestructura y empleo, acompañados posteriormente por diferentes sistemas de protección social.
La protección social es necesaria.
Pero debe proteger al ser humano mientras la necesita, no condenarlo a necesitarla eternamente cuando está en condiciones de sostenerse.
La verdadera política contra la pobreza debe preguntarse no solamente:
¿Cuánto dinero entregamos?
Sino:
¿Cuántas personas dejaron de necesitar que se lo entregáramos?
La caridad tampoco es ingenuidad
De mi experiencia del domingo extraigo también otra reflexión.
La caridad cristiana obliga a mirar al necesitado como hermano.
Pero la caridad no exige ingenuidad.
Ayudar a una persona no significa aprobar cualquier comportamiento suyo.
Si existe engaño, intimidación, chantaje o explotación de la compasión ajena, esas conductas no se vuelven aceptables porque quien las practica sea pobre.
Como tampoco la explotación, la avaricia o la corrupción se vuelven aceptables porque quien las practica sea rico.
No debemos juzgar a las personas por su cuenta bancaria.
Debemos juzgar los actos por lo que son.
Acabar con la indigencia
Por eso creo que debemos proponernos algo mucho más ambicioso que aprender a convivir con la pobreza.
Hay que acabar con la miseria y la indigencia.
No con discursos.
No exaltando al pobre como categoría social permanente.
No convirtiendo la necesidad en instrumento político.
Hay que hacerlo creando las condiciones para que cada hombre y cada mujer capaces de trabajar puedan ganarse dignamente su sustento.
Y al que no puede trabajar, la comunidad debe sostenerlo.
Ahí se encuentran la justicia y la caridad.
Quizás por eso estos versículos de Proverbios me han impresionado tanto en estos días.
A mis 76 años comprendo mejor aquella oración pronunciada hace tantos siglos:
«Dos cosas te pido, Señor, antes de morir».
Y resulta extraordinario comprobar lo que aquel hombre no pidió.
No pidió poder.
No pidió fama.
No pidió fortuna.
Ni siquiera pidió pobreza.
Pidió dos cosas mucho más difíciles:
Vivir en la verdad y tener lo necesario.
Tal vez también nosotros, en una época obsesionada unas veces con la riqueza y otras con la exaltación de la pobreza, deberíamos recuperar aquella sencilla sabiduría:
Señor, líbranos de la mentira.
No nos des pobreza ni riqueza.
Danos lo necesario.
Y danos también la oportunidad, la voluntad y la dignidad de ganarnos nuestro propio pan.
