
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
¿Hubo realmente un principio? ¿Existió un momento en que no había estrellas, galaxias, materia, espacio ni siquiera tiempo? ¿Tiene sentido preguntar qué había antes?
Roger Penrose, Premio Nobel de Física de 2020 y uno de los grandes físicos matemáticos contemporáneos, ha llevado estas preguntas hasta las fronteras mismas de nuestro conocimiento.
En 1965 demostró que, bajo determinadas condiciones, el colapso gravitacional conduce inevitablemente a singularidades. Sus investigaciones, continuadas posteriormente junto a Stephen Hawking, transformaron nuestra comprensión de los agujeros negros, la relatividad y el universo.
Pero Penrose ha propuesto algo todavía más sorprendente: quizás nuestro Big Bang no haya sido el comienzo absoluto.
Su Cosmología Cíclica Conforme plantea que el universo atraviesa inmensos períodos llamados «eones». Nuestro universo constituiría uno de ellos. En un futuro extraordinariamente remoto desaparecerían las estrellas y finalmente se evaporarían los agujeros negros. Bajo determinadas condiciones matemáticas, ese futuro podría conectarse con otro Big Bang y, por tanto, con un nuevo eón.
Un final convertido en otro comienzo.
La propuesta continúa siendo discutida y no constituye el modelo cosmológico generalmente aceptado. Pero abre nuevamente una pregunta formidable: si hubo algo antes de nuestro Big Bang, ¿qué había antes de aquello?
Hace unos mil seiscientos años, san Agustín advirtió que quizá la pregunta estuviera mal formulada.
En el libro XI de sus Confesiones reflexionó sobre qué hacía Dios antes de crear el cielo y la tierra. Su respuesta fue filosóficamente extraordinaria: el tiempo mismo pertenece a la creación. Si el tiempo comienza con el mundo, no existe propiamente un «antes» de la creación.
Agustín no estaba anticipando el Big Bang. Pero comprendió que no necesariamente debemos imaginar el tiempo como un recipiente eterno dentro del cual, en determinado momento, apareció el universo.
Muchos siglos después, Albert Einstein transformó científicamente nuestra concepción del espacio y del tiempo. La relatividad general mostró que ambos forman parte de una estructura dinámica relacionada con la materia y la energía.
Después apareció Georges Lemaître, sacerdote católico y extraordinario físico belga. En 1927 propuso un universo en expansión y posteriormente desarrolló su hipótesis del «átomo primitivo», antecedente fundamental de nuestra cosmología del Big Bang.
Lemaître tuvo además una cautela intelectual ejemplar: rechazó convertir una teoría científica sobre el comienzo físico del universo en una demostración religiosa de la Creación.
Esa distinción continúa siendo fundamental.
Santo Tomás de Aquino había establecido siglos antes una diferencia todavía más profunda. Crear no significa simplemente fabricar algo en determinado momento. Creación significa que aquello que existe recibe el ser. Por eso Tomás consideraba que la razón filosófica no podía demostrar por sí sola que el universo necesariamente hubiese comenzado temporalmente.
Incluso un universo hipotéticamente eterno podría ser un universo creado.
Esta idea adquiere una actualidad extraordinaria frente a Penrose. Supongamos que su cosmología fuera algún día confirmada. Supongamos que antes de nuestro universo hubiera existido otro eón y antes de aquel otro.
La pregunta fundamental permanecería intacta:
¿Por qué existe algo en vez de nada?
Benedicto XVI insistió repetidamente sobre otra dimensión de este misterio: la inteligibilidad de la naturaleza. Podemos estudiar el universo porque posee estructura, regularidad y relaciones matemáticas que nuestra razón consigue descubrir.
Precisamente a descubrirlas ha dedicado Penrose su vida.
Resulta asombroso que ecuaciones concebidas por la mente humana puedan describir acontecimientos ocurridos hace miles de millones de años y objetos situados a distancias inconcebibles. Einstein también manifestó su admiración ante el hecho de que el universo resulte comprensible.
La ciencia continuará avanzando. Quizás la Cosmología Cíclica Conforme sea confirmada, modificada o sustituida. Tal vez descubramos antecedentes de nuestro Big Bang que hoy ni siquiera imaginamos.
Pero conocer lo que ocurrió antes no necesariamente responde por qué existe aquello que ocurrió.
Einstein transformó nuestra comprensión del espacio y del tiempo. Lemaître comprendió la expansión del universo. Hawking exploró sus límites. Penrose pregunta si antes de nuestro eón existió otro.
San Agustín preguntó qué significa realmente el tiempo. Santo Tomás preguntó por el fundamento del ser. Benedicto XVI reflexionó sobre la racionalidad del universo.
Después de tantos siglos seguimos mirando hacia el mismo misterio.
¿Hubo un principio?
Tal vez exista una pregunta todavía más profunda:
¿Por qué hubo algo que pudiera comenzar?
