
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hablamos cada vez menos en un mundo que nunca había producido tantas palabras.
Hoy, 28 de septiembre de 2026, se produce en Santo Domingo una coincidencia que invita a reflexionar.
El Instituto de Educación Superior en Formación Diplomática y Consular (INESDYC) celebra, dentro de la Feria Internacional del Libro, el coloquio «La palabra en el ejercicio diplomático», con la participación de los embajadores Tony Raful, Marino Berigüete y Dionicio Ditrén.
Y precisamente la liturgia católica de hoy nos presenta una de las expresiones más impresionantes sobre el valor de la palabra.
Job, después de perder sus bienes y sus hijos, exclama:
«Desnudo salí del vientre de mi madre
y desnudo volveré allá.
El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó;
esa fue su voluntad:
¡Bendito sea el nombre del Señor!»
Cuando Job casi no tiene nada, todavía le queda la palabra.
La coincidencia adquiere mayor significado porque estamos viviendo una época paradójica: nunca la humanidad había producido tantas palabras y, sin embargo, existen indicios de que estamos hablando menos.
Una investigación de los psicólogos Valeria Pfeifer y Matthias Mehl, basada en datos de 2,197 participantes de estudios realizados entre 2005 y 2019, encontró que la cantidad estimada de palabras pronunciadas diariamente disminuía en promedio unas 338 palabras por cada año transcurrido.
Acumulada durante el período estudiado, la diferencia equivale a más de 120,000 palabras al año. Los investigadores advierten que las muestras proceden principalmente de Estados Unidos y otras sociedades occidentales y que todavía no puede afirmarse que el fenómeno sea universal.
Pero la señal resulta inquietante.
Tenemos teléfonos inteligentes, WhatsApp, redes sociales, videoconferencias y ahora inteligencia artificial.
Podemos enviar instantáneamente un mensaje desde Santo Domingo hasta Roma, Beijing o Washington.
Sin embargo, muchas actividades que anteriormente exigían una conversación pueden realizarse hoy sin pronunciar una sola palabra.
Nos comunicamos más, pero no necesariamente conversamos más.
Y existe otra paradoja. Un adulto educado puede reconocer decenas de miles de palabras, aunque buena parte de la conversación cotidiana se construya con un núcleo mucho más reducido de centenares o pocos miles de términos frecuentes.
No estamos necesariamente perdiendo nuestro vocabulario. Lo que puede estar disminuyendo es el ejercicio cotidiano de la palabra hablada.
Por eso el coloquio de los embajadores tiene una actualidad extraordinaria.
La diplomacia ha sido siempre el arte de utilizar la palabra antes que la fuerza.
Una palabra puede abrir una negociación. Otra puede cerrarla. Una frase cuidadosamente escogida puede impedir una ruptura entre dos gobiernos. Una expresión irresponsable puede producir una crisis.
Durante siglos también existió una expresión que encerraba todo un código moral: «dar la palabra». La palabra comprometía el honor. Quien daba su palabra debía sostenerla.
Hoy sucede algo diferente. Se pronuncian declaraciones solemnes por la mañana y se contradicen por la tarde.
Se anuncian decisiones irrevocables que desaparecen al día siguiente. Y cuando alguien recuerda lo dicho, comienzan las explicaciones para demostrar que aquellas palabras nunca significaron lo que todos entendimos.
Se comen las palabras.
Y ahora descubrimos que también podríamos estar pronunciándolas menos.
La cuestión no consiste únicamente en contar palabras.
Una conversación significa escuchar, responder, discrepar, explicar, recordar.
La comunicación transmite información; la conversación construye convivencia.
Job necesitó pocas palabras para dejarnos un mensaje que ha atravesado milenios.
Quizás esa sea también una lección para periodistas, escritores, políticos y diplomáticos.
Llegamos desnudos y desnudos nos marcharemos.
Entre un momento y el otro quedarán nuestras obras, pero quedarán también nuestras palabras: las que pronunciamos, las que cumplimos y aquellas que nos comimos.
