Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Bajo las piedras de Roma siguen caminando los fantasmas.
En la vieja Roma de hace doscientos años hubo un hombre a quien casi todos conocían sin necesidad de presentaciones, aunque pocos deseaban encontrarlo de cerca.
No llevaba uniforme de gala, ni anillo episcopal, ni capa cardenalicia, ni escolta diplomática.
No presidía sínodos ni pronunciaba bendiciones apostólicas desde balcones barrocos.
Sin embargo, cuando aparecía, la multitud guardaba una atención más inmediata que ante muchos prelados.
Se llamaba Giovanni Battista Bugatti, pero Roma, que acostumbra rebautizar a sus personajes con apodos más duraderos que los nombres de bautismo, lo inmortalizó como Mastro Titta.

Durante casi siete décadas, aquel hombre fue el brazo terminal de la justicia papal.
Sí: papal.
No municipal.
No privada.
No clandestina.
Papal.
Ese detalle, que hoy produce una incomodidad que algunos prefieren disolver entre tecnicismos jurídicos y discretos silencios archivísticos, es históricamente central.
Porque cuando Mastro Titta ejercía su oficio, el Papa no era solamente Vicario de Cristo para millones de fieles.
Era también soberano temporal, príncipe italiano, jefe de Estado con cárceles, tribunales, impuestos, soldados y verdugo oficial.
Y aquel verdugo cruzaba Roma sabiendo que alguien no regresaría a casa.
Pero sería demasiado fácil convertir esta historia en una simple acusación retrospectiva.
La historia rara vez es tan sencilla.
Porque la Europa donde Mastro Titta trabajaba no era una anomalía pontificia aislada.

Era un continente entero donde la pena capital formaba parte de la normalidad jurídica.
Francia decapitaba.
Austria ejecutaba.
España ajusticiaba.
Los Borbones napolitanos reprimían.
Rusia castigaba con dureza imperial.
La diferencia incómoda estaba en otro lugar.
El soberano de Roma no era solamente un príncipe.
Era el Papa.
Y eso cambiaba la textura moral de cada ejecución.
No porque el acto fuese jurídicamente distinto.
Sino porque provenía de una institución que predicaba misericordia eterna.
Allí estaba la contradicción.
No inventada por historiadores modernos.
Vivida por la propia historia.
En ese mundo apareció Giuseppe Gioachino Belli.
No llevaba capucha de verdugo.
Llevaba pluma.
Pero su violencia literaria no era menor.
Mientras Mastro Titta aplicaba la ley, Belli desnudaba la sociedad que la toleraba.
El gran poeta romano no escribía para salones aristocráticos.
Escribía desde el barro del habla popular.
Sus sonetos no describen una Roma idealizada.
Describen una ciudad donde el miedo convivía con la risa.
Donde el clero podía inspirar devoción y burla al mismo tiempo.
Donde el verdugo era tan conocido como el Pontífice.
“Er boja lo conosco com’er Papa.”
Esa frase debería figurar en cualquier tratado serio sobre sociología política romana.
Porque resume mejor que cien ensayos la naturaleza del poder papal de entonces.
No era solo espiritual.
Era corporal.
Con consecuencias físicas.
Con capacidad de vida y muerte.
Pero esa misma Roma que parecía eterna estaba muriendo.
Italia, fragmentada durante siglos, comenzaba a cansarse de sí misma.
Aquella península no era una nación.
Era un rompecabezas.
Reinos.
Ducados.
Dominios austríacos.
Territorios clericales.
Fragmentos de soberanía.
Lenguas próximas pero identidades dispersas.
Fronteras interiores que hacían de Italia una expresión geográfica antes que política.
Y en medio de ese mosaico, los Estados Pontificios ocupaban una enorme franja central como un recordatorio de la vieja alianza entre altar y poder temporal.
Decir que la unificación italiana ocurrió únicamente para acabar con las brutalidades pontificias sería una simplificación torpe.
Pero negar que el fin del poder temporal papal formó parte esencial del proyecto moderno italiano sería igualmente falso.
El Risorgimento fue más que anticlericalismo.
Fue hambre de nación.
Fue reacción contra el atraso administrativo.
Fue rechazo a tutelas extranjeras.
Fue modernización.
Fue romanticismo político.
Fue ambición monárquica.
Fue liberalismo.
Fue cálculo geopolítico.
Y sí: también fue una rebelión contra estructuras políticas premodernas.
Entre ellas, el Estado pontificio.
Porque el problema no era simplemente que existiera un verdugo.
El problema era el sistema completo.
Un poder espiritual convertido en maquinaria estatal coercitiva.
No por accidente.
Por diseño histórico.
Y aquí aparece la conclusión incómoda.
La unificación italiana no fue simplemente conquista territorial.
Fue también una operación histórica para clausurar un modelo de soberanía donde una autoridad religiosa universal ejercía poder penal directo como cualquier monarquía del ancien régime.
Eso no convierte automáticamente a Garibaldi, Cavour o Mazzini en santos civiles.
La Italia unificada también cometió errores.
Hubo represión brutal en el sur.
Hubo desigualdades persistentes.
Hubo corrupción.
Hubo clientelismo.
Y décadas después llegó Mussolini.
La historia nunca ofrece finales limpios.
Pero una cosa sí parece clara.
Porta Pia cerró un ciclo histórico.
Y probablemente era inevitable.
Porque el papado, tal como había funcionado como soberanía territorial extensa, pertenecía a un orden político que Europa estaba dejando atrás.
La paradoja más extraordinaria vino después.
Cuando perdió provincias, ejércitos y aparato territorial, el papado no desapareció.
Se transformó.
El supuesto “prisionero del Vaticano” terminó convirtiéndose en un soberano mucho más libre internacionalmente que muchos monarcas con ejércitos.
El Vaticano nacido en 1929 es pequeño en territorio.
Pero gigantesco en proyección.
No es el viejo Estado pontificio.
Pero tampoco es históricamente ajeno a él.
Esa es la tensión.
Porque la continuidad existe.
No en hectáreas.
En soberanía institucional.
En memoria histórica.
En legitimidad acumulada.
En diplomacia.
En personalidad jurídica internacional.
Y aquí volvemos a Francisco.
Cuando abolió formalmente la pena de muerte del ordenamiento vaticano, no estaba corrigiendo una ficción ajena.
Estaba cerrando simbólicamente un capítulo heredado.
Ese acto, precisamente, confirma la continuidad histórica.
No la niega.
Porque solo se reforma lo que se reconoce como parte de la propia tradición institucional.
Por eso la pregunta sobre Mastro Titta no es anecdótica.
Es profundamente histórica.
Porque obliga a mirar de frente una verdad que las instituciones prefieren administrar con elegancia.
Durante siglos, el Papa fue simultáneamente pastor y soberano coercitivo.
Y luego dejó de serlo territorialmente.
Quizás para poder volver a ser más plenamente lo primero.
Tal vez esa sea la ironía final que Roma, maestra de contradicciones, nos deja.
El papado perdió el imperio para salvar el púlpito.
Perdió al verdugo.
Ganó autoridad moral.
O al menos la posibilidad de reclamarla con mayor coherencia.
Pero bajo las piedras de Roma siguen caminando los fantasmas.
Belli aún escucha obscenidades en dialecto.
Mastro Titta aún cruza el puente al amanecer.
Y el pequeño Estado que hoy predica misericordia universal todavía habla desde una historia en la que, durante siglos, el sucesor de Pedro también fue César.
