Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay una ley no escrita de la historia internacional que rara vez falla: cuando las grandes potencias entran en conflicto, los países pequeños no son invitados a la mesa principal; son arrastrados por las consecuencias.
Los grandes negocian, se amenazan, pactan, se reparten esferas de influencia, reorganizan mercados y redefinen reglas; mientras tanto, a los pequeños se los llevan las crisis.
Los grandes se tragan el pastel; a los demás les toca resistir las migajas, los costos colaterales o los golpes de la tormenta.
Esa es una verdad tan antigua como el equilibrio de poder europeo del siglo XIX, tan visible en Yalta en 1945 y tan vigente hoy en la rivalidad entre los Estados Unidos y China.
Precisamente por eso escribí en el Listín Diario, el 10 de julio de 2018, un artículo titulado “Interrogante en la diplomacia mundial”, donde formulé una pregunta que en aquel momento algunos pudieron considerar exagerada: “Alineados… o neutrales… ¿en qué posición quedamos los dominicanos en la guerra comercial con todas sus consecuencias que se inicia entre China y los Estados Unidos de América?”
Ocho años después, esa interrogante ya no parece una especulación periodística, sino una lectura temprana de una transformación histórica.
En mayo de 2018, la República Dominicana decidió establecer relaciones diplomáticas con la China, abandonando el reconocimiento oficial de Taiwán.
Aquella decisión fue presentada como una apertura natural hacia la segunda economía del planeta, un paso pragmático dentro de la lógica de diversificación internacional.
Desde una mirada puramente económica, la decisión podía parecer razonable.
Pero el problema de la política internacional nunca es solo qué se hace, sino cuándo se hace.

Y el momento era extraordinariamente delicado.
La administración de Donald Trump acababa de abrir una confrontación comercial con Beijing mediante sucesivas rondas de aranceles y represalias documentadas oficialmente por la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos (USTR).
Lo que algunos presentaban como un conflicto comercial pasajero era, en realidad, el inicio de una confrontación sistémica entre la potencia dominante y la potencia ascendente.
Para un país como la República Dominicana, la cuestión nunca fue sentimental ni ideológica.
Fue estructural. Nuestra economía, nuestra seguridad y buena parte de nuestra estabilidad están profundamente entrelazadas con los United States: remesas, turismo, inversión, sistema financiero, exportaciones, cooperación antinarcóticos y vínculos migratorios.
Pensar que podíamos movernos en ese tablero como si fuésemos una potencia mediana con amplio margen estratégico habría sido un error de apreciación.
Los países pequeños no gozan del lujo de la abstracción geopolítica.
Tienen que sobrevivir en un mundo donde las decisiones de otros pueden alterar su destino sin consultarles.
Por eso aquella pregunta de 2018 no era un gesto retórico; era una advertencia diplomática.
El problema fue que mientras el mundo cambiaba aceleradamente, el poder dominicano parecía mirar con más intensidad hacia sus disputas internas que hacia el terremoto geopolítico en curso.
El gobierno de Danilo Medina abrió relaciones con China sin que pareciera calibrar plenamente que Washington ya había decidido contener el ascenso estratégico chino.
No era simplemente una discusión sobre comercio; se trataba de tecnología, poder naval, cadenas de suministro, influencia hemisférica y control del orden económico internacional.
Esa subestimación estratégica coincidió con otro error todavía más inmediato: la fractura interna del Partido de la Liberación Dominicana.
La confrontación entre Danilo Medina y el doctor Leonel Fernández terminó destruyendo el principal activo del oficialismo: la unidad del poder.
Durante años, el PLD había construido una maquinaria electoral formidable, disciplinada y eficaz.
Pero cuando la lucha sucesoral degeneró en ruptura, el partido dejó de ser una estructura monolítica para convertirse en un campo de batalla.
La crisis de las primarias, la salida de Leonel Fernández y la fragmentación del voto oficialista transformaron el escenario electoral de 2020.
La oposición no solo enfrentó a un gobierno desgastado; enfrentó a un gobierno dividido.
Es perfectamente defendible sostener que si el PLD hubiese preservado la unidad, la historia política reciente habría sido distinta.
No porque la victoria estuviese asegurada, sino porque la correlación de fuerzas habría cambiado significativamente.
Pero la política no premia las hipótesis contrafactuales; premia la lectura correcta del momento histórico. Y ahí convergieron dos errores: subestimar el cambio internacional y dinamitar la cohesión interna.
El gobierno de Luis Abinader heredó un escenario completamente distinto.
Ya no se trataba de interpretar señales; la rivalidad entre Washington y Beijing era una realidad inocultable.
La pandemia aceleró todo: ruptura de cadenas logísticas, tensiones tecnológicas, competencia por minerales críticos, nearshoring y nuevas prioridades de seguridad hemisférica.
La política exterior dominicana pareció entonces reacomodarse con mayor claridad hacia Washington, sin romper con China, pero entendiendo mejor la naturaleza del tablero.
No era ideología; era lectura estratégica del mundo real.
Luego llegaron los efectos colaterales del cambio político: investigaciones, expedientes judiciales y prisión preventiva para figuras relevantes del antiguo oficialismo.
Cada proceso debe evaluarse conforme a sus méritos jurídicos, pero políticamente el impacto fue demoledor.
La derrota electoral abrió paso a un desmontaje del aparato de poder anterior y consolidó la percepción de cierre de ciclo.
Vista desde hoy, la lección es dura pero clara.
Los países pequeños no pueden darse el lujo de equivocarse simultáneamente en política exterior y política interna.
Cuando los gigantes pelean, las ondas expansivas golpean primero a quienes tienen menos margen de maniobra.
Y cuando además el liderazgo nacional se fractura, el costo se multiplica.
La historia dominicana demuestra que hemos sobrevivido a invasiones, ocupaciones, presiones internacionales y conflictos regionales.
Pero sobrevivir no significa ignorar las reglas del poder. Significa comprenderlas a tiempo.
Porque cuando los grandes se reparten el pastel del mundo, los pequeños no reciben invitación.
Si no actúan con inteligencia, terminan siendo parte de la cuenta.
