Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
A primera vista, la frase parece un disparate cuidadosamente fabricado para provocar.
Como si alguien hubiese decidido mezclar en una misma copa agua bendita con whisky de Florida y esperar, con una sonrisa maliciosa, la reacción del mundo.
Se trata de Donald Trump y el Papa León XIV como figuras con afinidades profundas.
Uno representa, para sus admiradores, la voluntad de restaurar una nación que sienten amenazada, y para sus detractores, el nacionalismo agresivo, la confrontación verbal y la teatralización permanente del poder.
El otro encarna la continuidad de una institución bimilenaria, la diplomacia de los silencios, el peso de la tradición espiritual y esa vieja maquinaria romana que lleva siglos administrando almas, conflictos y equilibrios.
Parecen, a simple vista, hombres fabricados para no parecerse jamás.
Sin embargo.
La frase no la dijo un analista político.
Ni un vaticanista.
Ni un estratega republicano.
Ni uno de esos cardenales discretamente indiscretos que en Roma siempre saben más de lo que aparentan.
La pronunció Louis Prevost, hermano mayor del Papa, veterano de la Marina estadounidense, residente en Florida, amigo político de Donald Trump, invitado incluso a Mar-a-Lago, y descrito ya por parte de la prensa como el hermano trumpista del Pontífice.
Habló para ABC de España esta semana.
“Trump y mi hermano León XIV tienen más en común de lo que la gente piensa.”
Y de pronto la historia, que disfruta fabricando paradojas con paciencia artesanal, obligó a mirar con menos ideología y más atención a dos personajes aparentemente incompatibles.
Porque Louis Prevost no habla como teórico.
Habla como hermano.
Y los hermanos, cuando no mienten, suelen revelar cosas que los analistas no alcanzan a ver.
Contó que estaba enfermo, acostado, cuando apareció la fumata blanca sobre el Vaticano.
Su esposa Deborah le avisó.
Encendió el televisor desde la cama.
Escuchó al cardenal anunciar el Habemus Papam.
Oyó “Roberto” y pensó que debía tratarse de otro cardenal.
Luego escuchó “Francisco” y comprendió que hablaban de su hermano Robert Francis.
Saltó de la cama como si la fiebre hubiera recibido una orden superior de retirarse.
“Quizá fue su primer milagro”, bromeó.
Ese detalle doméstico humaniza al Pontífice.
Pero políticamente lo importante vino después.
Porque Louis describe a León XIV no como un teólogo encerrado en solemnidades doctrinales, sino como un hombre empeñado en conseguir que la gente dialogue incluso cuando no se soporta.
Y añadió una frase que merece atención:
“Algunos podrían ver esto como una debilidad, pero es una fortaleza.”
Ahí aparece la clave.
Porque Trump, a su manera brutal, también cree en la negociación personal.
No en el consenso académico.
No en la delicadeza burocrática.
No en los seminarios interminables donde el lenguaje diplomático termina diciendo menos que un silencio.
Trump cree en el trato directo.
En sentar adversarios frente a frente.
En la conversación entre hombres fuertes.
En esa vieja intuición, a veces acertada y a veces peligrosa, de que ciertos conflictos no se resuelven con documentos sino con personalidades.
Quizá por eso Louis no percibe animadversión real entre ambos.
Incluso expresó el deseo de que pronto Trump y el Papa puedan sentarse juntos, hablar y conocerse mejor.

No es una frase menor.
Especialmente porque Trump había criticado públicamente al Pontífice en abril, aunque simultáneamente dijo que Louis le agradaba más.
En cualquier familia mediterránea semejante comentario habría provocado una pequeña guerra doméstica con consecuencias memorables.
En esta familia estadounidense, aparentemente, no.
Louis admite desacuerdos políticos con su hermano, pero sin dramatismo.
Hablan. Se contradicen. Se ríen.
Una madurez escasa en tiempos de polarización histérica.
Ahora bien: ¿en qué podrían parecerse realmente Donald Trump y León XIV?

No en doctrina.
No en lenguaje.
No en visión institucional.
Pero sí en estructuras más profundas.
La primera coincidencia es el origen.
Ambos son hijos de Estados Unidos.
Y eso importa más de lo que parece.
Estados Unidos ha producido presidentes que gobiernan como directores ejecutivos y predicadores que hablan como jefes de Estado. Es un país donde la religión y el espectáculo jamás han vivido demasiado separados.
Trump emerge del negocio, la televisión, la marca personal y el combate político convertido en entretenimiento.
León XIV emerge de la tradición católica estadounidense, menos visible que la europea pero disciplinada, organizada, ambiciosa y crecientemente influyente.
Ambos son, en el fondo, productos de una cultura que cree en la misión.
Trump en la misión nacional.
El Papa en la misión universal.
Pero misión al fin.
La segunda coincidencia es la comprensión del mando.
Trump decide golpeando la mesa.
Roma decide con siglos de protocolo.
Pero quien imagine al Papa como una figura puramente contemplativa no entiende cómo funciona el Vaticano.
Lo digo con experiencia personal.
Viví once años en Roma como embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede y aprendí que el Vaticano es oración, sí, pero también gobierno.
Gobierno antiguo.
Gobierno sofisticado.
Gobierno con memoria de imperios.
Un Papa sonríe, bendice y abraza.
Pero también nombra obispos.
Arbitra conflictos.
Decide orientaciones doctrinales.
Calcula equilibrios diplomáticos.
Interviene silenciosamente donde otros solo hacen ruido.
Trump ejerce otro tipo de mando.
Más inmediato.
Más estridente.
Menos incienso.
Pero mando al fin.
La tercera semejanza es la narrativa de restauración.
Trump habla a millones que sienten que Estados Unidos ha perdido identidad, control y soberanía.
El Papa habla a millones que sienten que el mundo ha perdido orientación moral, sentido trascendente y estabilidad espiritual.

Uno promete restauración nacional.
El otro restauración ética.
Distintas liturgias.
Mismo mecanismo emocional.
Hay además una coincidencia curiosa: la teatralidad.
Trump domina el escenario televisivo.
Roma domina el escenario ritual.
Trump entra como espectáculo.

El Papa aparece como liturgia.
La Casa Blanca tiene su dramaturgia.
San Pedro la suya.
Bernini entendió hace siglos lo que la televisión descubriría mucho después: que el poder necesita representación.
Y ambos lo saben.
Por supuesto, existen diferencias profundas.
Trump improvisa.
Roma calcula.
Trump divide para movilizar.
El Vaticano intenta unir para gobernar.
Trump piensa desde el interés nacional inmediato.
El Papa desde horizontes civilizatorios.
Trump combate como empresario político.
La Iglesia negocia como institución histórica.
Pero incluso allí aparece un parentesco inesperado.
Ambos hablan a públicos que sienten amenaza.
Trump a quienes temen perder país.
El Papa a quienes temen perder sentido.
Distintos lenguajes.
Mismo miedo.
Por eso quizá Louis Prevost no exagera.
Tal vez simplemente expresó, con lenguaje familiar y sin pretensiones académicas, algo que muchos observadores sofisticados no terminan de admitir.
Que el poder moderno y el poder antiguo, aunque hablen idiomas distintos, comparten ciertas arquitecturas emocionales.
Y que a veces un empresario populista de Nueva York y un Papa estadounidense pueden parecer menos opuestos de lo que dicta la caricatura.
Porque la historia, como Roma, nunca es tan simple como parece.
