José Manuel Jerez
Hay una distancia decisiva entre la adhesión que se expresa y el compromiso que se ejerce. Una candidatura puede despertar simpatías, suscitar admiración y reunir multitudes; pero ninguna de esas expresiones se transforma, por sí sola, en una organización capaz de actuar. La experiencia del diputado brasileño André Janones, durante la segunda vuelta presidencial de 2026, ilumina precisamente esa diferencia. Para el equipo de Leonel Fernández, la verdadera lección no consiste en copiar una plataforma digital, sino en comprender cómo una convicción individual puede encontrar una tarea y convertirse en participación sostenida.
El 25 de octubre de 2026, Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido con 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79 % de los votos válidos, conforme al Tribunal Superior Electoral de Brasil. Según BBC News Brasil, el canal de WhatsApp impulsado por Janones llegó a unos 10,8 millones de seguidores. Son cifras impresionantes, pero de naturaleza distinta: una registra votos; la otra, alcance digital. Su coincidencia no autoriza a atribuir al canal una cantidad determinada de sufragios. Convertir una experiencia útil en explicación absoluta sería comenzar por desfigurarla.
Janones comprendió que no bastaba con informar ni con pedir adhesiones genéricas. Desde el canal “Exército do Lula”, difundió audios, videos y mensajes que asignaban a sus seguidores pequeñas “misiones”: compartir contenidos, promover etiquetas, invitar a otras personas a participar. Aquellas convocatorias, intensificadas después de la primera vuelta, ofrecían continuidad y dirección al entusiasmo. Su importancia no residía solamente en multiplicar publicaciones, sino en responder una pregunta que demasiadas campañas dejan sin contestación: “¿Qué puedo hacer yo, hoy, para contribuir?”.
La política digital no adquiere profundidad por el número de pantallas que ocupa, sino por la relación humana que consigue activar. Cuando el ciudadano recibe una tarea comprensible, conoce su propósito y encuentra una respuesta a su esfuerzo, deja de ser destinatario pasivo de mensajes. Empieza a reconocerse como parte de una empresa colectiva. Ahí reside el hallazgo organizativo: no es la plataforma la que crea el compromiso; es el sentido de la participación el que da valor a la plataforma.
Sería, sin embargo, un error trasladar mecánicamente el modelo brasileño a la República Dominicana. Ni las estructuras partidarias, ni los hábitos de participación, ni los públicos de las plataformas son idénticos. La lección de Janones debe asumirse como un principio que necesita adaptación y comprobación: una parte del respaldo político permanece inactiva no porque falte convicción, sino porque nadie ha indicado con claridad cómo colaborar, cuánto tiempo se requiere y qué utilidad tendrá esa colaboración. Entre la disposición y la acción suele faltar un puente; construirlo es una responsabilidad de la organización.
En 2012, W. Lance Bennett y Alexandra Segerberg explicaron la “acción conectiva”: formas de coordinación en las que el intercambio personalizado de contenidos adquiere relevancia organizativa. Su perspectiva ayuda a entender por qué comunicar también puede significar convocar y articular. Pero un canal de seguidores no es, por definición, una comunidad que delibera. Si la dirección emite y el ciudadano se limita a retransmitir, la participación queda empobrecida. El desafío para Leonel es combinar orientación política con iniciativa ciudadana, sin perder la capacidad de escuchar.
Una invitación auténtica no debería limitarse a solicitar que se comparta un video. Puede proponer que alguien explique una idea con palabras propias, participe en una conversación pública, identifique una preocupación de su comunidad o formule una pregunta al equipo programático. Son contribuciones modestas, pero adquieren sentido cuando existe una instancia que las recibe, examina y responde. Lo importante no es mantener ocupados a los simpatizantes, sino hacer políticamente significativo el tiempo que entregan.
Las metas y los reconocimientos, propios de la llamada gamificación, pueden ayudar a sostener el entusiasmo, siempre que no sustituyan el juicio crítico. Una campaña que recompensa únicamente la cantidad de publicaciones acaba confundiendo volumen con influencia y ruido con deliberación. Vale más una colaboración reflexiva y constante que una sucesión de impulsos digitales incapaces de sobrevivir al siguiente ciclo de noticias. La calidad de la participación debe importar tanto como su extensión.
Janones entendió, además, que movilizar exige atender el ánimo colectivo. En una contienda reñida, la incertidumbre, el cansancio y el desaliento pueden debilitar la voluntad de participar. La comunicación cotidiana ofrece la oportunidad de orientar, reconocer el esfuerzo ajeno y explicar con franqueza las dificultades. En el caso de Leonel, esa cercanía debe preservar la seriedad de su palabra pública: el razonamiento no tiene por qué desaparecer para que el mensaje resulte próximo. La esperanza inspira más confianza cuando no oculta los obstáculos, sino que propone cómo afrontarlos.
Los algoritmos importan, pero conviene devolverlos a su justa dimensión. Las acciones coordinadas pueden aumentar la circulación de un contenido; no garantizan que sea creído, comprendido o discutido fuera del círculo de los convencidos. La visibilidad es un medio, nunca una victoria en sí misma. Una publicación puede suscitar miles de reacciones y dejar intacta la conversación pública. Por eso, el criterio decisivo no debe ser cuántas veces apareció un mensaje, sino qué comprensión, confianza o disposición al diálogo dejó a su paso.
Tampoco basta con hablarles a quienes ya están persuadidos. Una comunidad de simpatizantes puede mostrarse extraordinariamente activa y, a la vez, encerrarse en la repetición de sus propias certezas. La campaña necesita espacios abiertos, preguntas que no tengan respuestas previamente ensayadas y disposición a escuchar objeciones legítimas. El ciudadano que discrepa no debe convertirse automáticamente en adversario. Escuchar no debilita la identidad de un proyecto; permite reconocer aquello que todavía no ha sabido explicar o comprender.
Leonel cuenta con una trayectoria de gobierno que puede enriquecer esa conversación, siempre que se vincule con los problemas presentes y las decisiones futuras. Los antecedentes no bastan por sí solos: necesitan traducirse en compromisos verificables. Ante inquietudes como el costo de la vida, la calidad de los servicios públicos o las oportunidades económicas, cada propuesta ha de explicar qué busca resolver, con qué instrumentos y bajo cuáles límites. La experiencia gana actualidad cuando ayuda a interpretar el presente y acepta rendir cuentas por el porvenir.
El equipo de comunicación debe dar acceso a ese contenido mediante formatos complementarios. Un video breve puede abrir una pregunta; una conversación extensa, desarrollar sus fundamentos; un documento público, permitir comprobar cifras y compromisos. La síntesis no exige trivialidad, del mismo modo que el rigor no obliga a hablar exclusivamente para especialistas. Leonel puede ampliar el diálogo con la ciudadanía mediante intervenciones claras, respuestas directas y presencia regular, sin renunciar a su estilo reflexivo. La coherencia debe permitir reconocer una misma propuesta detrás de cada mensaje.
La investigación de Robert Bond y sus colaboradores, publicada en Nature en 2012, aporta una advertencia útil. Su experimento, realizado durante las elecciones legislativas estadounidenses de 2010, mostró que determinados mensajes en Facebook podían influir en la participación electoral y que buena parte de su transmisión social se producía a través de vínculos cercanos. El estudio no midió preferencias por una candidatura ni permite trasladar automáticamente sus resultados a WhatsApp o a otro país. Su enseñanza pertinente es más prudente: detrás de las métricas digitales siguen contando las relaciones humanas de confianza.
De ahí que la conversación digital deba prolongarse en espacios de encuentro y colaboración. Una reunión presencial puede originar preguntas que luego se respondan públicamente; una convocatoria en línea puede abrir un diálogo sobre propuestas; una inquietud recibida debe encontrar a alguien responsable de examinarla. Cuando esos momentos se conectan, la participación deja de depender del entusiasmo fugaz de una publicación. La campaña, a su vez, aprende de quienes la acompañan y puede corregir sus propias insuficiencias.
Existe, además, un desafío de dirección. Si el discurso público, las propuestas programáticas y la organización avanzan por caminos separados, la campaña termina convertida en una colección de voces que compiten por atención. Una conducción eficaz debe conseguir que la respuesta rápida tenga fundamento, que las ideas rigurosas lleguen oportunamente a la conversación ciudadana y que cada colaborador sepa a quién acudir cuando surge una duda. No se trata de uniformar todas las voces, sino de sostener una actuación coherente y responsable.
El protagonismo de Janones también aconseja una precaución: una organización no debe depender de una sola figura ni de un solo canal. Formar portavoces, distribuir responsabilidades, documentar procedimientos y establecer mecanismos de coordinación puede parecer menos vistoso que lograr una publicación viral, pero resulta más importante para la continuidad del proyecto. Los movimientos aliados y los voluntarios necesitan espacios que respeten su identidad y les permitan contribuir con autonomía a propósitos compartidos. Una comunidad política no debería extinguirse cuando cambia quien administra su plataforma.
Evaluar esa construcción exige distinguir alcance, comprensión, incorporación al voluntariado y permanencia. No son sinónimos ni se miden del mismo modo. Las interacciones en una plataforma no equivalen a intención de voto, y una consulta entre seguidores no representa automáticamente al electorado. Tampoco la menor abstención que registró el TSE en la segunda vuelta brasileña puede atribuirse por entero a una sola intervención: coincidieron diferentes campañas, condiciones de participación y medidas de acceso al sufragio. Aprender de una experiencia exige reconocer sus límites; las fórmulas infalibles suelen ser las más engañosas.
La experiencia brasileña deja asimismo una advertencia jurídica y ética. Las controversias en torno al canal de Janones no autorizan a condenarlo sin pruebas ni a extender una certificación general sobre todo lo difundido. Según Agência Brasil, un examen técnico del TSE no encontró, entre las publicaciones revisadas del 2 al 11 de octubre, reproducciones de las afirmaciones denunciadas que fueron objeto de análisis. El propio tribunal precisó, por otro lado, que admitir una investigación no equivalía a tener por ciertas las acusaciones. La firmeza política y el debido proceso no se excluyen: una democracia necesita ambos.
La credibilidad de una candidatura se construye también en sus procedimientos. Cada dato requiere respaldo; cada error, una corrección visible; cada convocatoria, claridad sobre quién la promueve y cómo serán utilizados los datos personales de quienes participan. Defender un proyecto no exige degradar al adversario ni convertir toda discrepancia en hostilidad. La calidad de los medios empleados forma parte de la calidad del proyecto que se ofrece a la ciudadanía. Una organización que pretende inspirar confianza debe empezar por practicarla.
Hay, finalmente, una obligación menos ruidosa, pero quizá más difícil: responder. Si se invita a presentar propuestas, hay que explicar qué ocurrió con ellas; si se solicita colaboración, debe informarse qué produjo; si se convoca a participar, corresponde ofrecer cauces para continuar haciéndolo. Una comunidad no madura por recibir mensajes constantes, sino por saber que su voz encuentra interlocución y que su esfuerzo no cae en el vacío. Para Leonel, constituir desde ahora esa relación significaría preparar una forma de interlocución que conserve utilidad después de la jornada electoral, cualquiera que sea el resultado.
El caso de Janones plantea una responsabilidad concreta al equipo de Leonel Fernández: construir una organización en la que el ciudadano encuentre información confiable, una tarea con sentido y una respuesta a su esfuerzo. La fuerza de Leonel podrá crecer si el reconocimiento de su liderazgo se convierte en una experiencia compartida de participación. Ese es el trabajo que una dirección de campaña debe hacer posible todos los días, no mediante el automatismo de las consignas, sino a través de una práctica constante de escuchar, orientar y responder. Porque un liderazgo admirado convoca voluntades; una organización que cumple con los ciudadanos consigue que esas voluntades permanezcan. Allí comienza el paso de la simpatía a la fuerza política.
