Por José Manuel Jerez
La historia geopolítica del Caribe demuestra que las pequeñas naciones sobreviven no necesariamente por la fuerza de sus recursos, sino por la inteligencia con la que administran sus alianzas estratégicas. La República Dominicana, ubicada en una de las zonas más sensibles del hemisferio occidental, ha logrado consolidar estabilidad política, crecimiento económico y expansión de su clase media precisamente dentro del sistema económico internacional liderado por Estados Unidos y las democracias occidentales. Pretender ignorar esa realidad histórica en nombre de una supuesta “neutralidad multipolar” podría conducirnos a errores estratégicos de enormes proporciones.
Es cierto que el orden internacional atraviesa un proceso de recomposición. El ascenso de China, la expansión de los BRICS y el desgaste relativo de algunas capacidades estadounidenses son fenómenos visibles. Sin embargo, confundir redistribución del poder con sustitución del liderazgo global constituye una lectura precipitada. El sistema financiero internacional, las rutas comerciales, la innovación tecnológica, los mercados de capitales y la arquitectura de seguridad mundial continúan girando, de manera predominante, alrededor de Washington y del dólar estadounidense. La economía norteamericana sigue siendo la más innovadora, dinámica y resiliente del planeta.
El pragmatismo verdadero no consiste en abandonar al socio histórico para apostar emocionalmente a nuevas potencias emergentes. El pragmatismo real consiste en comprender dónde están nuestros intereses vitales. Más de dos millones de dominicanos residen en Estados Unidos; las remesas provenientes de ese país sostienen miles de hogares dominicanos; el turismo estadounidense continúa siendo el principal motor de entrada de divisas; nuestras exportaciones dependen en gran medida del acceso preferencial al mercado norteamericano; y buena parte de la inversión extranjera que llega al país está vinculada directa o indirectamente al ecosistema financiero occidental.
Desde esa perspectiva, debilitar el eje estratégico con Washington para enviar señales ambiguas en medio de la creciente confrontación geopolítica global podría generar incertidumbre económica, tensiones diplomáticas y riesgos innecesarios para un país cuya estabilidad depende, en gran medida, de la confianza internacional. Las naciones pequeñas no tienen margen para improvisaciones ideológicas en política exterior. La supervivencia geopolítica exige claridad estratégica.
Además, pese a los discursos sobre desdolarización, la realidad demuestra que el dólar sigue siendo la principal moneda de reserva mundial, instrumento dominante del comercio internacional y refugio financiero en tiempos de crisis. Cuando ocurren guerras, recesiones o turbulencias globales, el capital internacional no huye hacia monedas emergentes: se refugia en bonos del Tesoro estadounidense y en activos denominados en dólares. Eso revela una verdad fundamental: el sistema aún confía en la fortaleza institucional, militar y económica de Estados Unidos.
Incluso muchos de los países que públicamente hablan de sustituir el dólar continúan acumulando activos estadounidenses y dependiendo del sistema financiero occidental. La propia economía china mantiene enormes niveles de exposición comercial con el mercado norteamericano. Por tanto, presentar el ascenso de los BRICS como el inminente reemplazo del orden occidental simplifica excesivamente una realidad mucho más compleja e interdependiente.
Por otro lado, la experiencia histórica latinoamericana demuestra que las relaciones económicas con potencias autoritarias suelen carecer de los mecanismos institucionales, democráticos y jurídicos que caracterizan al ecosistema occidental. Mientras Occidente exige transparencia, seguridad jurídica y reglas relativamente previsibles, muchos proyectos de expansión geoeconómica impulsados desde Eurasia responden exclusivamente a lógicas de influencia estratégica. La República Dominicana debe actuar con prudencia para evitar quedar atrapada en disputas entre grandes potencias que no controla.
Esto no significa rechazar relaciones comerciales con China ni cerrar espacios de cooperación con economías emergentes. Todo lo contrario. La diversificación comercial es positiva y necesaria. Pero diversificar no equivale a sustituir nuestras alianzas fundamentales ni a enviar mensajes de alejamiento del bloque occidental. Una cosa es ampliar vínculos económicos; otra muy distinta es alterar el eje geopolítico que ha garantizado estabilidad macroeconómica y acceso privilegiado a los principales mercados del mundo.
La política exterior dominicana debe construirse sobre una lógica de realismo estratégico, no sobre entusiasmos coyunturales derivados de narrativas antioccidentales. En un mundo marcado por tensiones crecientes, conflictos tecnológicos, guerras comerciales y disputas militares, la prioridad de un país como República Dominicana debe ser preservar estabilidad, atraer inversiones, fortalecer su seguridad económica y mantener la confianza de sus principales aliados.
Al final, la verdadera pregunta no es si el mundo está cambiando; eso es evidente. La pregunta correcta es: ¿qué posición garantiza mejor los intereses nacionales dominicanos? Y la respuesta, desde una perspectiva pragmática y responsable, parece clara: profundizar nuestras relaciones con Estados Unidos, fortalecer nuestra inserción en el sistema financiero occidental y continuar apostando por el dólar como principal instrumento de estabilidad y confianza internacional.
