Por José Manuel Jerez
Durante décadas, el “Día de la Victoria” constituyó la máxima ceremonia político-militar del nacionalismo ruso contemporáneo. No se trataba únicamente de una conmemoración histórica vinculada a la derrota de la Alemania nazi en 1945, sino de una representación cuidadosamente construida del poder imperial ruso, de su capacidad de disuasión militar y de la narrativa geopolítica que Vladimir Putin convirtió en eje central de su legitimidad interna. Sin embargo, el reciente desfile celebrado en la Plaza Roja dejó una imagen profundamente distinta: más que una exhibición de fuerza, pareció una demostración de vulnerabilidad estratégica. Moscú, rodeada de sistemas antiaéreos, restricciones digitales, amenazas de drones y temores constantes a posibles ataques ucranianos, evidenció que la guerra ha trasladado el miedo al propio corazón simbólico del Kremlin.
La paradoja resulta demoledora para la narrativa oficial rusa. Putin inició la invasión bajo la premisa de restaurar la grandeza estratégica de Rusia, neutralizar a Ucrania y frenar la expansión occidental en Europa del Este. Sin embargo, tres años después, el conflicto ha terminado provocando exactamente lo contrario: la OTAN se ha fortalecido, Europa ha incrementado su gasto militar, Finlandia y Suecia abandonaron décadas de neutralidad para integrarse a la alianza atlántica y Ucrania ha desarrollado una capacidad tecnológica y militar que hoy representa una amenaza real para la seguridad estratégica rusa. La guerra que debía consolidar la hegemonía regional del Kremlin ha terminado erosionando su capacidad de control geopolítico.
Uno de los elementos más reveladores de este desgaste es la revolución tecnológica impulsada por Ucrania. El conflicto dejó atrás la lógica clásica de las guerras convencionales del siglo XX y abrió paso a un nuevo paradigma dominado por drones, inteligencia artificial, guerra electrónica, vigilancia satelital y ataques de precisión de bajo costo. Ucrania, apoyada tecnológicamente por Occidente, ha logrado convertir herramientas relativamente económicas en instrumentos capaces de afectar infraestructura crítica rusa, atacar depósitos militares, inutilizar embarcaciones en el Mar Negro e incluso penetrar espacios considerados antes inaccesibles para la seguridad del Kremlin. El hecho de que Moscú deba blindar militarmente su desfile más importante demuestra que la guerra ya no se libra únicamente en el frente oriental, sino también en el espacio psicológico y simbólico.
Desde la perspectiva estratégica, Rusia enfrenta además un problema estructural de desgaste prolongado. Las guerras modernas no se ganan únicamente por superioridad numérica o capacidad industrial, sino por sostenibilidad política, económica y tecnológica. Aunque Rusia mantiene ventajas en recursos humanos y producción militar, el costo acumulativo del conflicto comienza a generar fisuras visibles. Las sanciones occidentales, la dependencia creciente de economías como China e Irán, la presión sobre el gasto público y el aislamiento progresivo respecto de Europa han reducido considerablemente el margen de maniobra ruso. La economía rusa continúa funcionando, pero lo hace bajo condiciones de tensión permanente y militarización creciente del aparato estatal.
En términos políticos, Putin enfrenta un escenario mucho más complejo del que proyecta la propaganda oficial. El Kremlin aún conserva control institucional y capacidad represiva suficiente para evitar una fractura inmediata del sistema; sin embargo, la guerra ha alterado profundamente la percepción de invulnerabilidad que Rusia intentó proyectar durante años. El desfile del 9 de mayo evidenció precisamente eso: un poder que necesita demostrar fortaleza porque teme exhibir debilidad. La constante amenaza de drones ucranianos sobre Moscú tiene un efecto psicológico devastador, porque rompe la sensación de distancia entre la guerra y la población rusa. La guerra dejó de ser una operación externa para convertirse en una preocupación interna.
A esto se suma un fenómeno particularmente relevante: Europa comienza a mirar a Ucrania no solo como una nación que resistió la invasión, sino como una futura potencia militar regional. La experiencia acumulada por las fuerzas ucranianas en combate real, su adaptación tecnológica y su capacidad de innovación bélica han transformado completamente su posición dentro del esquema de seguridad europeo. Ucrania ha adquirido un conocimiento táctico y operacional que muchas potencias occidentales observan hoy con enorme interés. De hecho, algunos sectores estratégicos europeos consideran que el ejército ucraniano podría convertirse en uno de los más experimentados y tecnológicamente avanzados del continente tras el conflicto.
El extraño “alto el fuego” informal alrededor del 9 de mayo reflejó precisamente esa atmósfera ambigua: una mezcla de cálculo político, temor a escaladas mayores y necesidad propagandística de evitar que el desfile terminara convertido en un desastre internacional para Putin.
Desde la óptica doctrinal de las relaciones internacionales, Rusia enfrenta hoy uno de los mayores problemas que puede sufrir una potencia: la pérdida gradual de capacidad disuasiva. Hans Morgenthau, Kenneth Waltz y John Mearsheimer sostienen que el poder de un Estado depende tanto de sus capacidades materiales como de la percepción que otros actores tengan sobre su fortaleza. Cuando una potencia comienza a exhibir vulnerabilidades internas, dificultades operacionales y limitaciones estratégicas, su capacidad de intimidación disminuye progresivamente. Eso es exactamente lo que está ocurriendo con Rusia. La imposibilidad de obtener una victoria rápida, el desgaste humano y económico, y la creciente dependencia de tácticas defensivas han debilitado la imagen de supremacía militar que Moscú cultivó durante décadas.
Nada de esto significa que Rusia esté cerca de colapsar o de perder completamente la guerra en términos absolutos. Rusia continúa siendo una potencia nuclear, posee enormes recursos energéticos y conserva capacidad militar suficiente para prolongar el conflicto durante años. Pero una cosa es resistir y otra muy distinta es ganar. La realidad estratégica demuestra que Moscú no logró sus objetivos fundamentales: no sometió a Ucrania, no fracturó a Occidente, no debilitó a la OTAN y no restauró plenamente su influencia imperial sobre Europa del Este. Por el contrario, terminó enfrentando una guerra prolongada que consume recursos, deteriora su prestigio internacional y redefine el equilibrio de poder europeo en su contra.
El desfile del 9 de mayo dejó así una imagen histórica profundamente incómoda para Vladimir Putin. Lo que debía simbolizar la continuidad del poder ruso terminó revelando sus temores, sus tensiones internas y el peso acumulado de una guerra que ya transformó por completo la arquitectura estratégica europea. La Plaza Roja, tradicional escenario de invulnerabilidad imperial, apareció esta vez como una fortaleza sitiada. Y quizás esa sea la señal más clara de todas: cuando una potencia necesita blindar su símbolo más importante contra el miedo, comienza también a perder la batalla por la percepción global del poder.
