
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Donald Trump acaba de introducir una expresión que puede tener consecuencias mucho mayores de lo que parece.
Después de reunirse en Washington con el presidente chino Xi Jinping, Trump calificó el encuentro como muy productivo para Estados Unidos y China y aseguró que ocurrirán cosas extraordinarias.

Pero agregó algo todavía más interesante: dijo que Xi parecía sentirse cómodo llamando a la Inteligencia Artificial por el nombre que Trump considera más apropiado: “Super Intelligence”, Superinteligencia.
No es simplemente una cuestión de palabras.
Trump había anunciado antes de recibir a Xi que la Superinteligencia sería uno de los grandes temas de la reunión. Y días antes, ante las Naciones Unidas, había planteado sustituir en documentos estadounidenses el término Artificial Intelligence por Super Intelligence.
Aquí debemos hacer una precisión.
En el lenguaje científico y tecnológico, Inteligencia Artificial y Superinteligencia no significan exactamente lo mismo. La IA comprende los sistemas que realizan tareas asociadas con capacidades humanas. La llamada Inteligencia Artificial General —AGI— describe hipotéticamente sistemas capaces de desempeñarse ampliamente a nivel humano. Y la Superinteligencia —ASI— suele reservarse para una inteligencia que superaría considerablemente las capacidades intelectuales humanas.
Trump está utilizando el concepto de otra manera: quiere convertir “Super Intelligence” prácticamente en una nueva denominación política de la Inteligencia Artificial.
Pero lo verdaderamente histórico no es la semántica.
Es que los presidentes de Estados Unidos y China han colocado directamente esta tecnología en la mesa de las relaciones entre las dos grandes potencias del siglo XXI.
Xi Jinping expresó su propia concepción. China y Estados Unidos, dijo, son países líderes en Inteligencia Artificial y poseen tanto la capacidad como la responsabilidad de desarrollarla y administrarla para el bien, procurando que permanezca bajo control humano y al servicio del bienestar de las personas.
Existe, por tanto, una diferencia importante.
Trump enfatiza la aceleración tecnológica y rechaza nuevas estructuras internacionales destinadas a frenar su desarrollo.
Xi utiliza un lenguaje más orientado al control humano, la cooperación y la prevención del mal uso.
Sin embargo, detrás de esas diferencias aparece algo nuevo: Washington y Beijing reconocen que tienen que hablar sobre Inteligencia Artificial.
Y aquí regreso a una comparación que he planteado anteriormente.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética descubrieron que poseer armas nucleares cada vez más poderosas no era suficiente. Necesitaban también mecanismos de comunicación.
La crisis de los misiles de Cuba de octubre de 1962 demostró hasta dónde podía conducir un error de cálculo. En 1963 Washington y Moscú establecieron la famosa línea directa, popularmente conocida como el “teléfono rojo”.
No acabó con la Guerra Fría.
No eliminó las armas nucleares.
No convirtió a Estados Unidos y la Unión Soviética en aliados.
Simplemente reconoció una realidad: cuando dos potencias poseen tecnologías capaces de producir consecuencias catastróficas, también necesitan poder comunicarse rápidamente.
Algo semejante comienza a plantearse con la Inteligencia Artificial.
Antes incluso de la reunión Trump-Xi, funcionarios estadounidenses y chinos habían discutido mecanismos de diálogo sobre IA. Estados Unidos propuso incluso un sistema de notificación para incidentes relacionados con Inteligencia Artificial que pudieran afectar la seguridad nacional.
Ese podría ser el embrión del “teléfono rojo” de la Inteligencia Artificial.
No debemos exagerar. La reunión de Washington no produjo un tratado internacional para controlar la IA. Tampoco Trump quiere actualmente semejante estructura. Por el contrario, ha rechazado mecanismos globales que, según él, puedan frenar el desarrollo tecnológico estadounidense.
Pero las grandes transformaciones históricas no siempre comienzan con tratados.
A veces empiezan simplemente cuando los adversarios reconocen que existe un problema sobre el cual necesitan hablar.
Estados Unidos y China compiten por los semiconductores, los centros de datos, los modelos avanzados, las aplicaciones militares, la robótica y la infraestructura tecnológica del futuro.
También compiten por Taiwán, precisamente donde se encuentra una parte fundamental de la capacidad mundial para fabricar los semiconductores más avanzados.
Por eso Inteligencia Artificial, Taiwán y seguridad internacional ya no pueden analizarse separadamente.
La gran competencia del siglo XXI será simultáneamente económica, militar, tecnológica y geopolítica.
Y aquí aparece la paradoja.
Trump quiere acelerar.
Xi habla de mantener el control humano.
Estados Unidos quiere conservar su liderazgo.
China quiere alcanzar —y en determinados sectores superar— a Estados Unidos.
Pero ambos saben que una Inteligencia Artificial cada vez más poderosa podría producir consecuencias que no respetarían fronteras nacionales.
Durante el siglo XX aprendimos a convivir con la bomba atómica.
En el siglo XXI tendremos que aprender a convivir con máquinas cuya capacidad intelectual puede llegar a superar en determinados campos la de quienes las construyeron.
Por eso quizás la frase más importante de la cumbre Trump-Xi no haya sido sobre aranceles, tierras raras, agricultura o incluso Taiwán.
Puede haber sido una expresión que hasta hace pocos años pertenecía principalmente a científicos y escritores de ciencia ficción:
Superinteligencia.
Donald Trump quiere cambiarle el nombre a la Inteligencia Artificial.
La historia decidirá si solamente cambió una palabra.
O si, sin advertirlo todavía completamente, Trump y Xi acaban de comenzar a definir las reglas de una nueva era.
