Por José Manuel Jerez
La República Dominicana ha vivido el segundo apagón nacional en menos de tres meses. No se trata de una simple avería técnica ni de una coincidencia desafortunada. Como bien ha señalado el expresidente Leonel Fernández, estamos ante un “síntoma evidente” de la ausencia de inversiones estratégicas y de la falta de modernización del sistema eléctrico. Cuando un líder con experiencia de Estado utiliza la palabra síntoma, está advirtiendo que el problema es estructural, no coyuntural.
Leonel Fernández no se limitó a describir la oscuridad física que cubrió el país; identificó la raíz del problema: la falta de planificación y la insuficiente diversificación de las fuentes de generación. Esa precisión conceptual es propia de quien comprende que la energía no es un servicio accesorio, sino el eje vertebral de la competitividad nacional. Un sistema eléctrico robusto no se improvisa; se diseña con visión de largo plazo, con planificación técnica y con voluntad política sostenida.
El caos que siguió al apagón —teleférico detenido, estaciones de metro paralizadas, semáforos fuera de servicio y colapso vehicular— revela la interdependencia de la infraestructura moderna. La energía sostiene la movilidad, la producción, la seguridad y la vida cotidiana. Cuando el sistema falla a escala nacional, el mensaje es claro: la planificación no estuvo a la altura del crecimiento del país. Esa lectura estratégica es precisamente la que distingue a un estadista de un administrador circunstancial.
Al afirmar que “aquí hay un grave problema de planificación”, Fernández coloca el debate en el terreno correcto: la responsabilidad pública. Gobernar implica anticiparse a la demanda futura, fortalecer la transmisión, reducir pérdidas técnicas y expandir la generación con criterios de sostenibilidad. La experiencia comparada demuestra que los países que han logrado estabilidad energética lo han hecho mediante pactos nacionales, inversión constante y dirección técnica profesionalizada.
La frase final del mensaje —“las neveras, que ya estaban vacías, ahora están apagadas”— sintetiza la dimensión social de la crisis. No es únicamente una crítica energética; es una denuncia sobre el impacto económico en los hogares dominicanos. El apagón se convierte así en símbolo de una doble precariedad: la del sistema eléctrico y la del poder adquisitivo de la población. Esa sensibilidad social forma parte de una visión integral del Estado.
El liderazgo se mide en momentos de crisis. Mientras algunos intentan reducir el apagón a un evento aislado, la visión del estadista advierte la tendencia. Dos apagones nacionales en menos de un trimestre no son una anécdota; constituyen un patrón. Y los patrones en política pública indican fallas estructurales que requieren rectificación profunda.
La República Dominicana necesita un modelo energético basado en diversificación real: integración inteligente de energías renovables, respaldo térmico eficiente, modernización de redes y transparencia en la gestión. Ese enfoque no puede depender del marketing gubernamental ni de respuestas reactivas; exige conducción estratégica. En el pasado, bajo administraciones con planificación integral, el país dio saltos significativos en infraestructura y conectividad. Esa experiencia histórica no puede ignorarse.
El mensaje de Leonel Fernández no es meramente opositor; es programático. Plantea implícitamente la necesidad de un rediseño del sector eléctrico bajo criterios de previsión, inversión sostenida y dirección institucional sólida. En términos constitucionales, el Estado tiene el deber de garantizar servicios públicos eficientes y continuos. La energía es uno de ellos. Cuando falla, se erosiona la confianza ciudadana y la credibilidad internacional.
En definitiva, cuando la nación se apaga, no solo se oscurecen las ciudades; se evidencia la carencia de planificación estratégica. La advertencia formulada por Leonel Fernández debe leerse como una llamada a recuperar la visión de Estado. El país no necesita improvisación; necesita conducción. No necesita explicaciones tardías; necesita planificación anticipada. En tiempos de incertidumbre, la diferencia entre oscuridad y progreso la marca la presencia de un verdadero estadista.
