Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Cuando cientos de españoles llegaron a la República Dominicana durante el siglo XX, escapando de la pobreza, de las secuelas de la Guerra Civil o de las limitaciones económicas de una España todavía atrasada y aislada, encontraron un país muy distinto del que muchos imaginan hoy.
No llegaron únicamente a una isla tropical del Caribe.
Llegaron a una nación que ya había comenzado un proceso de modernización impulsado en gran medida por su cercanía geográfica, económica y política con los Estados Unidos.
Muchos de aquellos inmigrantes españoles, que en su patria de origen enfrentaban enormes dificultades, prosperaron en Santo Domingo, Santiago, La Vega, San Pedro de Macorís o Puerto Plata.
Lo hicieron gracias a su trabajo, a su disciplina y a su talento, pero también porque encontraron una economía que, con todas sus limitaciones, estaba integrada en una dinámica hemisférica de crecimiento cuya locomotora principal era Estados Unidos.
A veces los debates ideológicos deforman la comprensión de los procesos históricos.
Hay quienes explican el desarrollo exclusivamente por las virtudes internas de cada nación y quienes lo atribuyen únicamente a factores externos.

La realidad suele ser más compleja. Los pueblos construyen su destino, pero lo hacen dentro de estructuras internacionales que pueden acelerar o frenar su progreso.
Si observamos con serenidad la historia económica del siglo XX y de las primeras décadas del siglo XXI, resulta difícil negar que Estados Unidos ha sido el principal centro de gravedad económico del mundo moderno y que buena parte de las transformaciones ocurridas en países tan distintos como España, China y la República Dominicana han estado vinculadas, directa o indirectamente, a esa realidad.
La propia historia de España ofrece un ejemplo notable.
Después de la Guerra Civil de 1936-1939, el país quedó devastado materialmente y dividido moralmente.
La autarquía económica de los años cuarenta produjo escasez, atraso industrial y aislamiento internacional.
Mientras Europa Occidental recibía los beneficios del Plan Marshall, España permanecía marginada.
Sin embargo, la Guerra Fría alteró las prioridades estratégicas. Washington comprendió que la ubicación geográfica de España era demasiado importante para ser ignorada.
Los acuerdos militares de 1953 y la posterior visita de Dwight Eisenhower a Madrid en 1959 marcaron un punto de inflexión histórico.
España dejó de ser un paria internacional y comenzó a integrarse gradualmente al sistema económico occidental.
El turismo europeo, las inversiones extranjeras, las remesas de los emigrantes y las reformas económicas de los años sesenta produjeron el llamado milagro español.
Detrás de aquel proceso había esfuerzo español, sin duda, pero también una decisión geopolítica norteamericana que abrió las puertas de la modernización.
China
Algo semejante ocurrió, aunque a una escala incomparablemente mayor, con China.
Durante décadas la narrativa ideológica presentó la historia china como una demostración del triunfo exclusivo de la planificación estatal.
Sin embargo, los hechos muestran un panorama mucho más complejo. La transformación iniciada por Deng Xiaoping después de 1978 fue posible porque China decidió integrarse a la economía mundial dominada por Estados Unidos.
Millones de productos fabricados en fábricas chinas encontraron su principal mercado en consumidores norteamericanos.
Las empresas estadounidenses aportaron inversiones, tecnología, conocimientos gerenciales y acceso a redes comerciales globales.
Durante cuarenta años, una parte importante del ascenso económico chino estuvo vinculada a la capacidad de vender mercancías en el mercado más grande y más rico del planeta.
China construyó su éxito con trabajo, disciplina, planificación y visión estratégica, pero lo hizo dentro de un sistema económico internacional cuyo centro era Washington y no Pekín.
República Dominicana
La República Dominicana ofrece una tercera variante de la misma historia. Desde finales del siglo XIX y especialmente durante el siglo XX, la economía dominicana evolucionó en estrecha relación con Estados Unidos.
Los puertos, las exportaciones agrícolas, las zonas francas, el turismo, las telecomunicaciones, las remesas y las inversiones extranjeras estuvieron profundamente conectados con el mercado norteamericano.
Después de la muerte de Trujillo y de las turbulencias políticas de los años sesenta, el país logró construir una estabilidad relativa que permitió aprovechar esa cercanía económica. Millones de dominicanos emigraron a Nueva York, Nueva Jersey, Florida y otros estados.
Las remesas transformaron comunidades enteras. Las exportaciones crecieron. El turismo internacional se expandió. Las zonas francas se multiplicaron. El capital humano y financiero generado por esa relación contribuyó decisivamente a la modernización nacional.
Por supuesto, reconocer ese hecho no implica ignorar errores, conflictos o intervenciones discutibles de la política exterior estadounidense.
La historia nunca es un relato de santos y demonios. Estados Unidos ha cometido equivocaciones graves y ha defendido intereses propios como toda gran potencia.
Pero una cosa es debatir sus errores y otra muy distinta negar una realidad histórica evidente: durante más de un siglo ha sido el principal motor económico del sistema internacional. Muchas naciones crecieron gracias a su capacidad para conectarse con ese motor. Otras quedaron rezagadas precisamente porque no pudieron hacerlo.
La paradoja es que algunos de los países que hoy cuestionan la influencia norteamericana son también algunos de los que más se beneficiaron de ella. España encontró una vía de salida al aislamiento cuando fue incorporada al bloque occidental durante la Guerra Fría.
China protagonizó el mayor proceso de industrialización de la historia moderna gracias a su inserción en los mercados globales liderados por Estados Unidos.
La República Dominicana consolidó buena parte de su desarrollo contemporáneo apoyándose en una relación económica, comercial y humana extraordinariamente intensa con la potencia norteamericana.
Quizás por eso conviene observar la historia con menos consignas y más memoria.
Los inmigrantes españoles que llegaron a la República Dominicana no prosperaron únicamente porque abandonaron una España empobrecida; prosperaron porque encontraron una economía que ya estaba conectada a la corriente principal del crecimiento hemisférico.
China no se convirtió en potencia mundial encerrándose en sí misma, sino abriéndose al comercio con el mundo liderado por Estados Unidos.
Y la República Dominicana no alcanzó los niveles de estabilidad y crecimiento que hoy exhibe por generación espontánea, sino porque supo aprovechar, mejor que muchos otros países de la región, las oportunidades derivadas de su inserción en la órbita económica norteamericana.
La historia contemporánea demuestra que el progreso rara vez es el resultado de una sola causa.
Pero también demuestra que existen fuerzas capaces de alterar el destino de naciones enteras.
Durante gran parte de los siglos XX y XXI, una de esas fuerzas ha sido Estados Unidos. No la única. No siempre la más virtuosa. Pero sí, probablemente, la más influyente.
