Por José Manuel Jerez
La guerra ha comenzado y, con ella, se abre una fase de transformación estructural en el sistema regional del Medio Oriente. No estamos ante un episodio táctico aislado, sino frente a un punto de inflexión histórico que puede redefinir la arquitectura de poder surgida tras la Revolución Islámica de 1979. La convergencia estratégica entre Estados Unidos e Israel no responde únicamente a una lógica reactiva, sino a una lectura sistémica del equilibrio regional y de la necesidad de impedir la consolidación de un actor revisionista con capacidad nuclear latente.
Desde la perspectiva del realismo estructural de Kenneth Waltz, el sistema internacional se caracteriza por la anarquía y la distribución de capacidades entre los Estados. Cuando un actor altera significativamente esa distribución, los demás tienden a equilibrarlo. Irán, mediante su programa nuclear, su red de milicias regionales y su influencia en Siria, Líbano, Irak y Yemen, había acumulado poder suficiente para modificar el balance regional. La guerra actual puede interpretarse como un movimiento clásico de “balancing” liderado por Estados Unidos e Israel.
Sin embargo, si seguimos la tesis del realismo ofensivo de John Mearsheimer, las grandes potencias no solo buscan equilibrar, sino maximizar su poder para garantizar su supervivencia. Desde esta óptica, Washington no puede tolerar la emergencia de un hegemón regional hostil en el Golfo Pérsico, zona neurálgica para la economía global. La ofensiva contra Irán responde, entonces, a la lógica de impedir la consolidación de un polo de poder autónomo capaz de desafiar la primacía occidental.
Hans Morgenthau advertía que la política internacional se rige por el interés definido en términos de poder. Bajo esa premisa clásica, la alianza EE. UU.–Israel actúa movida por cálculos estratégicos más que por consideraciones ideológicas. La guerra contra Irán no es una cruzada moral, sino un ejercicio de racionalidad estratégica orientado a preservar posiciones relativas de poder en un entorno de competencia creciente.
Zbigniew Brzezinski, en su visión geoestratégica de Eurasia, subrayaba que el control de los espacios intermedios resulta esencial para la primacía global. El Medio Oriente, en tanto corredor energético y puente entre Asia, África y Europa, conserva un valor geopolítico central. La actual confrontación debe analizarse también como parte de la competencia sistémica más amplia entre Estados Unidos, China y Rusia. Una derrota o debilitamiento sustancial de Irán afectaría indirectamente la proyección euroasiática de Moscú y Beijing.
Desde el punto de vista jurídico-internacional, la escalada tensiona los límites del artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas en materia de legítima defensa. La ampliación del concepto de “amenaza inminente” y la doctrina de ataques preventivos consolidan una práctica que desplaza la seguridad colectiva multilateral hacia esquemas de coaliciones estratégicas. Este fenómeno refleja la primacía del poder sobre la normatividad en contextos de transición sistémica.
Israel, por su parte, ha evolucionado doctrinalmente desde una estrategia de contención hacia una de disuasión extendida. La denominada “guerra entre guerras” se transforma ahora en confrontación abierta. La superioridad tecnológica, la inteligencia artificial aplicada a la guerra y la integración de sistemas de defensa antimisiles configuran un modelo de supremacía cualitativa que busca redefinir las reglas del conflicto regional.
Las monarquías del Golfo enfrentan un dilema estratégico. Si bien perciben a Irán como amenaza estructural, también temen que una guerra prolongada desestabilice mercados energéticos y economías internas. La normalización de relaciones con Israel adquiere así una dimensión funcional dentro de la arquitectura de seguridad emergente.
Históricamente, los grandes reordenamientos regionales han sido precedidos por guerras decisivas. Tras la Primera Guerra Mundial emergió el orden de Sykes-Picot; tras 1945, el sistema bipolar; tras 1979, la expansión de la influencia iraní. La guerra actual podría marcar el cierre de ese ciclo revolucionario iniciado hace más de cuatro décadas.
No obstante, ningún orden se consolida únicamente por la fuerza. La legitimidad, la estabilidad socioeconómica y la resolución de conflictos estructurales —incluida la cuestión palestina— serán determinantes para la sostenibilidad del nuevo equilibrio. Si el reordenamiento se percibe como mera imposición, la resistencia adoptará formas asimétricas prolongadas.
En definitiva, la guerra contra Irán inaugura una fase de transición sistémica en el Medio Oriente. Estados Unidos e Israel apuestan a rediseñar la arquitectura regional bajo parámetros de supremacía tecnológica, alianzas selectivas y contención estratégica. Si logran imponer su diseño, estaremos ante el nacimiento de un nuevo orden regional. Si fracasan, la región podría precipitarse en una espiral de confrontación extendida. Lo indiscutible es que el equilibrio anterior ha quedado atrás y que la historia vuelve a acelerarse en uno de los espacios más decisivos del planeta.
