Por José Manuel Jerez
La aparente cautela de China frente a la invasión estadounidense en Irán no constituye un gesto de debilidad, sino una manifestación calculada de ambigüedad estratégica. Mientras múltiples actores internacionales han elevado el tono de condena, Beijing ha optado por un lenguaje diplomático moderado, invocando la “estabilidad regional” y el “diálogo entre las partes”, sin confrontar de manera frontal a Washington. En geopolítica, el silencio relativo también es un mensaje.
China es, hoy por hoy, el mayor importador de petróleo del mundo y uno de los principales compradores del crudo iraní, incluso bajo regímenes de sanciones. La variable energética constituye el núcleo duro de su cálculo estratégico. Si, como todo parece indicar, Estados Unidos ha ofrecido garantías indirectas sobre la continuidad del suministro energético hacia el mercado asiático, el incentivo chino para escalar retóricamente el conflicto disminuye considerablemente.
Desde la teoría realista de las relaciones internacionales —Waltz y Mearsheimer— los Estados actúan conforme a la preservación de su poder y seguridad, no por afinidades ideológicas. China no tiene interés en convertirse en el campeón retórico de Teherán si ello compromete su estabilidad económica interna, su recuperación post‑pandemia o su delicada competencia tecnológica y comercial con Washington.
La ambigüedad china también responde a su tradicional doctrina de “no injerencia” y a su narrativa histórica de respeto a la soberanía estatal. Sin embargo, Beijing aplica esta doctrina con flexibilidad pragmática. Condena principios abstractos, pero evita confrontaciones directas que puedan afectar sus intereses estratégicos. En el caso iraní, la prioridad no es el alineamiento ideológico, sino la preservación del equilibrio energético y financiero.
Existe además un cálculo sistémico más amplio. China aspira a consolidarse como potencia estabilizadora en el Sur Global, particularmente tras su mediación entre Arabia Saudita e Irán en 2023. Una condena vehemente contra Estados Unidos podría cerrar espacios diplomáticos futuros y arrastrarla a una lógica de bloques rígidos que Beijing, hasta ahora, ha intentado administrar con cautela.
No debe descartarse, asimismo, un entendimiento tácito entre Washington y Beijing bajo la lógica de la interdependencia compleja. A pesar de su rivalidad estructural, ambas potencias comparten intereses en evitar un colapso descontrolado del mercado energético global. Una guerra regional que dispare los precios del petróleo afectaría tanto la economía estadounidense como la china. El pragmatismo puede más que la retórica.
Desde la perspectiva iraní, esta ambigüedad podría interpretarse como una señal de que Teherán no puede depender ilimitadamente del respaldo chino. El eje euroasiático no es una alianza militar formal, sino una convergencia coyuntural de intereses. Cuando estos divergen, prevalece la racionalidad estratégica nacional.
En términos estructurales, el sistema internacional actual ya no opera bajo la lógica rígida del bipolarismo clásico. Nos encontramos ante un escenario de multipolaridad imperfecta, donde las potencias gestionan simultáneamente competencia y cooperación. China puede rivalizar con Estados Unidos en el Indo‑Pacífico y, al mismo tiempo, coordinar silenciosamente la estabilidad energética en Medio Oriente.
La ambigüedad china en torno a Irán no es indecisión: es cálculo. Es la manifestación de una potencia que entiende que el poder en el siglo XXI no solo se ejerce mediante confrontación abierta, sino también mediante silencios estratégicos, equilibrios discretos y negociaciones invisibles. En el ajedrez geopolítico contemporáneo, a veces la jugada más decisiva es aquella que no se anuncia.
