Por José Manuel Jerez
En la geopolítica contemporánea existen espacios geográficos cuya importancia supera con creces su tamaño físico. El Estrecho de Ormuz es uno de ellos. Este corredor marítimo que conecta el Golfo Pérsico con el Océano Índico constituye uno de los nodos energéticos más críticos del planeta, pues por él transita cerca del veinte por ciento del petróleo que se comercializa diariamente en el mundo. Por esta razón, cualquier escalada militar entre Estados Unidos e Irán convierte automáticamente a este estrecho en el epicentro de la seguridad energética global.
Desde la teoría del realismo estructural, la centralidad del Estrecho de Ormuz puede comprenderse como la lucha por el control de los “puntos de estrangulamiento” del sistema internacional. El politólogo John J. Mearsheimer ha sostenido que las grandes potencias buscan dominar los espacios estratégicos que les permitan proyectar poder y limitar la capacidad de sus adversarios. En este sentido, el estrecho no es solo un corredor marítimo, sino un instrumento potencial de presión geopolítica.
Para Estados Unidos, la estabilidad del Estrecho de Ormuz forma parte de una estrategia global que busca garantizar la libertad de navegación y la seguridad de las rutas energéticas internacionales. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha asumido el papel de garante del orden marítimo global, desplegando poder naval en las principales rutas comerciales. La presencia permanente de la Quinta Flota estadounidense en el Golfo Pérsico responde precisamente a esta lógica estratégica.
Irán, por su parte, percibe la presencia militar estadounidense en la región como una amenaza directa a su seguridad nacional. En consecuencia, ha desarrollado durante décadas una doctrina de guerra asimétrica orientada a convertir el Estrecho de Ormuz en un instrumento de disuasión. Mediante el uso de minas navales, misiles antibuque, drones y lanchas rápidas, Teherán busca demostrar que posee la capacidad de interrumpir el tránsito marítimo en caso de un conflicto abierto.
El estratega Zbigniew Brzezinski advertía que quien controle los nodos geopolíticos clave del sistema internacional tendrá una ventaja decisiva en la competencia global por el poder. El Golfo Pérsico, debido a su centralidad energética, ha sido históricamente uno de esos espacios críticos. Dentro de ese tablero, el Estrecho de Ormuz funciona como la puerta de salida del petróleo de la región hacia el resto del mundo.
Sin embargo, el impacto de un eventual cierre del estrecho no se limitaría al Medio Oriente. Grandes economías asiáticas como China, Japón, Corea del Sur e India dependen en gran medida del petróleo proveniente del Golfo. En consecuencia, una interrupción prolongada del tránsito marítimo provocaría una crisis energética global, elevando abruptamente los precios del petróleo y generando fuertes presiones inflacionarias en la economía mundial.
El académico Graham Allison ha popularizado el concepto de la “Trampa de Tucídides” para describir el riesgo de conflicto cuando una potencia dominante percibe el ascenso de nuevos actores o amenazas estratégicas. Aunque el caso Irán–Estados Unidos no corresponde exactamente a ese modelo, sí refleja cómo las percepciones de amenaza pueden intensificar la rivalidad estratégica y aumentar el riesgo de escaladas militares en espacios geopolíticos sensibles.
Paradójicamente, el mismo valor estratégico del Estrecho de Ormuz también actúa como un factor de contención. Un cierre total del paso marítimo desencadenaría una respuesta militar masiva por parte de Estados Unidos y probablemente de una coalición internacional interesada en proteger la seguridad energética global. Por ello, la amenaza de bloqueo funciona más como herramienta de presión estratégica que como una opción militar sostenible en el largo plazo.
En definitiva, el Estrecho de Ormuz representa mucho más que una simple vía marítima. Es un punto de intersección entre geografía, energía y poder militar. Mientras persista la confrontación estratégica entre Estados Unidos e Irán, este estrecho seguirá siendo uno de los escenarios más sensibles de la política internacional contemporánea y un indicador permanente de la estabilidad del sistema geopolítico global.
