
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
- En octubre de 1980 estaba yo en Madrid haciendo escala en el viaje de regreso desde Zúrich, Milán y Roma de los periodistas invitados a conocer el proceso de comercialización del oro y la plata dominicanos de Cotuí.
Aquella gira había sido organizada para explicar a la prensa dominicana cómo los metales preciosos dominicanos entraban en los circuitos financieros de Europa.
El mundo parecía entonces dominado por asuntos económicos, mercados y precios del oro.
Pero al encender el televisor en el hotel de Madrid me encontré con una escena completamente distinta.
En la televisión española aparecían imágenes de buques de guerra que se dirigían al Golfo Pérsico. Irán e Iraq acababan de entrar en guerra.
Aquellas imágenes me causaron asombro. Apenas un año antes, en 1979, se había instalado en Teherán el régimen revolucionario de los ayatolás encabezado por Ruhollah Khomeini, después de la caída del sha Mohammad Reza Pahlavi.
El mundo estaba tratando todavía de entender qué significaba aquella revolución islámica que había derribado a uno de los aliados más importantes de Occidente en el Medio Oriente.
La guerra que comenzaba en 1980 entre Irán y el Iraq de Saddam Hussein duraría ocho años y se convertiría en uno de los conflictos más devastadores de finales del siglo XX.
Centenares de miles de soldados y civiles murieron en aquella guerra que transformó profundamente al nuevo régimen iraní.
En realidad, la guerra contribuyó decisivamente a consolidar la revolución de Jomeini.
Cuando un régimen nacido de una revolución enfrenta una guerra prolongada, el conflicto suele reforzar su cohesión interna. La amenaza externa tiende a fortalecer la disciplina, la ideología y el control político del Estado.
En Irán ocurrió exactamente eso. Durante el conflicto con Iraq se consolidó el poder de los Islamic Revolutionary Guard Corps, conocidos como los Guardianes de la Revolución o Pasdarán.
Esta fuerza paralela al ejército regular había sido creada para proteger la revolución islámica, pero la guerra la convirtió en uno de los pilares del sistema político iraní.
Las guerras largas producen ejércitos disciplinados, cohesionados y profundamente ideologizados. No es un fenómeno exclusivo de Irán. La historia muestra que los conflictos prolongados tienden a moldear el carácter de los Estados.
Algo parecido ocurrió en Cuba después de la revolución de Fidel Castro. Tras la crisis de los misiles de 1962 y durante las intervenciones militares cubanas en África en los años setenta —particularmente en Angola— las fuerzas armadas cubanas desarrollaron una disciplina notable y una fuerte identidad ideológica, influida en gran medida por su estrecha relación con la Unión Soviética.
La comparación no es exacta, pero ayuda a comprender ciertas similitudes.
En ambos casos se trataba de regímenes nacidos de revoluciones que enfrentaban un entorno internacional hostil. La respuesta fue construir estructuras militares altamente ideologizadas y leales al sistema político.
Con el paso del tiempo, Irán desarrolló además una estrategia regional basada en redes de aliados y movimientos armados en distintos países del Medio Oriente.
Desde la perspectiva iraní, esa red constituye una forma de defensa adelantada frente a posibles agresiones externas.
Desde la perspectiva de sus adversarios, en cambio, representa una política de expansión regional.
Aquí es donde aparecen las interpretaciones de algunos académicos occidentales.
El politólogo iraní-estadounidense Vali Nasr ha sostenido que la política regional iraní responde fundamentalmente a cálculos defensivos racionales. Según su tesis, Irán actúa principalmente para evitar ser atacado.
El argumento tiene coherencia académica, pero también refleja una tendencia frecuente en el mundo universitario: la inclinación a interpretar la política internacional como si todos los actores se comportaran de acuerdo con modelos racionales comparables.
La historia rara vez confirma esas simplificaciones.
Los Estados no actúan solo según cálculos estratégicos. Actúan también movidos por ideologías, ambiciones históricas, percepciones de amenaza y proyectos de poder.
Cuando esas variables se combinan, el comportamiento internacional se vuelve mucho más complejo de lo que sugieren los esquemas teóricos.
Aquella noche de octubre de 1980 en Madrid, viendo en la televisión los buques de guerra que se dirigían al Golfo Pérsico, probablemente nadie podía imaginar que aquella guerra marcaría durante décadas el destino del Medio Oriente.
Pero sí era posible intuir algo: que las revoluciones, cuando se combinan con guerras prolongadas, suelen producir Estados que permanecen durante mucho tiempo organizados en torno a la disciplina, la ideología y la seguridad.
Irán es hoy uno de esos Estados. Y comprenderlo exige algo más que teorías elegantes. Exige recordar también las lecciones que la historia suele enseñar a quienes han tenido la oportunidad de verla desarrollarse en tiempo real.
