
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La madrugada del 17 de mayo de 1990, en el pequeño Social Club situado al lado de la casa de Juan Bosch en la calle Paseo de los Locutores, parecía que la historia dominicana estaba a punto de girar en una dirección distinta.
Allí, entre conversaciones, rumores y esperanzas, varios amigos firmaron una hoja con una frase sencilla que resumía el espíritu de aquella vigilia: “Los que amanecimos esperando el triunfo de Juan Bosch.”
Entre las firmas estaban Leonel Fernández, Víctor Grimaldi, Mildred Guzmán y Eduardo Selman, entre otros.
Sin embargo, los acontecimientos posteriores demostrarían que la historia política dominicana rara vez sigue el camino que parece trazado en una noche electoral.
Después de aquellas elecciones de 1990 se produjeron tensiones políticas importantes.
Las denuncias de irregularidades llevaron a que un grupo de observadores internacionales encabezados por el expresidente de los Estados Unidos, Jimmy Carter, examinara el proceso electoral.
El informe que se conoció posteriormente fue prudente en sus conclusiones.
Reconocía que habían existido irregularidades, pero señalaba que el conjunto de los datos disponibles no permitía determinar con certeza que esas irregularidades hubieran sido suficientes para cambiar el resultado final ni para declarar un fraude electoral concluyente.
Esa formulación, que parecía técnica, tuvo un gran impacto político porque dejó abierta la discusión sobre lo ocurrido sin invalidar formalmente el proceso.
La vida política del país siguió su curso.
En 1994, cuatro años después, el Partido de la Liberación Dominicana volvió a presentar como candidato presidencial a Bosch.
Esta vez el candidato vicepresidencial era, por primera vez, el joven dirigente Leonel Fernández.
Pero el resultado electoral no fue favorable para el partido. Según los resultados oficiales, el primer lugar correspondió nuevamente a Joaquín Balaguer; en segundo lugar quedó José Francisco Peña Gómez; y en tercer lugar Juan Bosch.
Para entonces ya yo encontraba desvinculado de una participación activa dentro del PLD, aunque seguía manteniendo una relación de respeto y conversación con Bosch.
En algunas recepciones coincidíamos y conversábamos brevemente. Pero ocurrió un episodio que quedó grabado en mi memoria.
Era marzo de 1994, pocas semanas antes de las elecciones. Un día sonó el teléfono en mi casa. Mi esposa atendió la llamada y me dijo con cierta sorpresa:
—Víctor, te está llamando Juan Bosch.
Tomo el teléfono. Del otro lado estaba la voz pausada del viejo maestro. Después de saludarnos cortésmente, Bosch fue directo al punto:
—Víctor, quiero hablar contigo. Cuando puedas ven por mi casa.
Fui a visitarlo a su residencia del Paseo de los Locutores, donde ya llevaba varios años viviendo. Tras los saludos habituales, Bosch hizo un comentario que revelaba que seguía de cerca mi trabajo.
—Víctor, estás haciendo un buen trabajo con los empresarios.
En ese momento yo participaba en proyectos con el sector privado y había publicado el libro “Cambios Mundiales, Desarrollo y Concertación Social”, fruto de encuentros entre empresarios, sector público y organizaciones de la sociedad civil realizados en el Club de Ejecutivos de Santo Domingo. Bosch incluso había recibido un ejemplar.
Conversamos sobre distintos temas. En un momento de la conversación Bosch hizo una pregunta directa:
—Víctor, ¿qué sabes de las encuestas?
Y añadió con cierta convicción:
—Oye, Víctor, yo creo que nosotros vamos a ganar las elecciones.
Después de una breve pausa continuó:
—Si ganamos las elecciones, yo quiero que tú participes en mi gobierno, que tengas un cargo público.
Mi respuesta fue franca, como siempre había sido en mi relación con él:
—Mire, don Juan, usted sabe que yo siempre le he dicho la verdad. Usted y el PLD no van a ganar las elecciones de este año 1994, porque las encuestas los colocan en tercer lugar.
Bosch escuchó en silencio. No discutió la afirmación. Como era su costumbre, escuchaba con atención incluso cuando no coincidía con lo que se le decía.
Luego la conversación continuó sobre otros temas y la visita terminó con una despedida cordial.
Los acontecimientos confirmaron lo que señalaban las encuestas.
Las elecciones de mayo de 1994 produjeron una crisis política importante que condujo a una reforma constitucional en agosto de ese mismo año.
Entre los cambios introducidos estuvo la segunda vuelta electoral, un mecanismo destinado a evitar resultados disputados cuando ningún candidato alcanzara mayoría absoluta.
Esa reforma cambiaría profundamente el panorama político dominicano.
Dos años después, en 1996, el PLD volvió a competir en elecciones presidenciales, pero esta vez el candidato ya no era Bosch, sino Leonel Fernández, acompañado por Jaime David Fernández Mirabal como candidato vicepresidencial.
En la primera vuelta electoral el resultado colocó en primer lugar a José Francisco Peña Gómez, pero sin alcanzar el 50 % más un voto necesario para ganar en primera ronda.
El PLD quedó en segundo lugar y el Partido Reformista en tercero.
Fue entonces cuando ocurrió uno de los episodios más sorprendentes de la política dominicana contemporánea.
El líder reformista Joaquín Balaguer decidió apoyar al candidato peledeísta.
La alianza entre ambos partidos produjo imágenes que pocos años antes habrían parecido imposibles.
Hubo actos públicos y mítines multitudinarios. En uno de ellos, celebrado en el Palacio de los Deportes del Centro Olímpico, se vio a Juan Bosch y Joaquín Balaguer levantando juntos la mano de Leonel Fernández ante miles de personas.
La escena simbolizaba un cambio profundo en el equilibrio político del país.
En 1990, quienes estaban en el Social Club al lado de la casa de Bosch amanecían esperando su triunfo.
En 1996, apenas seis años después, el escenario había cambiado completamente: Bosch ya no era candidato, Balaguer apoyaba al PLD y un dirigente joven, Leonel Fernández, se convertía en presidente de la República.
La política dominicana había recorrido en pocos años un camino que a veces toma décadas en otros países.
Hoy, mirando hacia atrás, impresiona la rapidez con que se transformó el panorama político entre 1990 y 1996.
Han pasado ya 36 años desde aquella madrugada de 1990 y 30 años desde las elecciones de 1996, pero la memoria de esos momentos sigue mostrando una verdad sencilla de la política: los escenarios cambian, las alianzas se transforman y lo que parece imposible en un momento puede convertirse en realidad pocos años después.
Aquella hoja firmada en la madrugada del 17 de mayo de 1990 sigue siendo un testimonio de una esperanza colectiva.
Pero también es un recordatorio de que la historia política no avanza en línea recta; avanza a través de giros inesperados, silencios prudentes y decisiones que solo el tiempo termina revelando en toda su dimensión.
