
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Por primera vez estuve cerca —muy cerca— del proceso electoral de los Estados Unidos en el año 1972, de lo que he hablado en otras ocasiones, cuando fui invitado por el United States Department of State a realizar un recorrido por ese país entre los meses de mayo y junio de 1972 para conocer directamente el proceso de elecciones primarias.
Para un joven observador político proveniente del Caribe, aquel viaje fue una experiencia reveladora. No se trataba solamente de asistir a conferencias o escuchar explicaciones académicas sobre el sistema electoral norteamericano. Se trataba de ver en funcionamiento la maquinaria política de una de las democracias más influyentes del mundo: reuniones de partido, actos de campaña, debates en universidades y el peculiar ambiente político que se respiraba en los estados donde se celebraban las primarias.
Recuerdo que en aquellos días se respiraba todavía el eco de los dramáticos acontecimientos que habían sacudido la política estadounidense pocos años antes. El país seguía marcado por las convulsiones de la década de 1960: la guerra de Vietnam, los conflictos raciales, las protestas estudiantiles y los asesinatos de figuras que habían despertado enormes esperanzas en la sociedad norteamericana.
En aquel viaje tuve incluso una experiencia que, vista con la perspectiva del tiempo, posee un fuerte valor simbólico. En junio de 1972, la noche del triunfo del senador George McGovern en las primarias de California, estuve en el Ambassador Hotel, en la ciudad de Los Angeles, el mismo hotel donde cuatro años antes había sido asesinado el senador Robert F. Kennedy, quien aspiraba entonces a convertirse en el candidato del Democratic Party (United States) a la presidencia de los Estados Unidos.
El asesinato de Robert Kennedy, ocurrido en la madrugada del 5 de junio de 1968, fue uno de los episodios más traumáticos de la historia política norteamericana del siglo XX.
Muchos estadounidenses creían que Robert Kennedy representaba la posibilidad de reconciliar a un país profundamente dividido por la guerra de Vietnam y por los conflictos sociales que atravesaban la nación.
Su hermano, el presidente John F. Kennedy, había sido asesinado el 22 de noviembre de 1963, en un hecho que conmocionó al mundo y dejó una profunda huella en la conciencia política de los Estados Unidos.
Pero la historia tomó otro rumbo. En las elecciones de 1968 el candidato presidencial del Partido Demócrata terminó siendo el senador por Minnesota Hubert Humphrey, quien había servido como vicepresidente de los Estados Unidos desde 1965 bajo la presidencia de Lyndon B. Johnson.
Johnson, quien había sido vicepresidente desde 1961 con Kennedy, enfrentado a una creciente oposición dentro de su propio partido debido a la guerra de Vietnam, tomó una decisión que sorprendió al país: en marzo de 1968 anunció que no aspiraría a la reelección presidencial.
Aquella renuncia abrió una intensa lucha interna dentro del Partido Demócrata y marcó el comienzo de uno de los procesos electorales más dramáticos en la historia política de los Estados Unidos.
Desde entonces he seguido durante más de medio siglo las elecciones norteamericanas con el interés de quien ha tenido la oportunidad de observar de cerca aquel sistema político en funcionamiento.
Con el paso de los años he visto cómo algunas elecciones se convierten simplemente en alternancias de poder, mientras otras terminan marcando verdaderos puntos de inflexión en la historia de los Estados Unidos.
Por eso, al observar hoy el clima político que comienza a formarse alrededor de la elección presidencial de 2028, no puedo evitar recordar aquellas experiencias de principios de la década de 1970 y preguntarme si el país se encuentra nuevamente ante uno de esos momentos en que una elección termina definiendo el rumbo político de toda una época.
Las elecciones que realmente cambian la historia casi nunca parecen extraordinarias cuando comienzan. A simple vista se presentan como una campaña más, con discursos, promesas, viajes por estados rurales y entrevistas en televisión.
Sin embargo, con el paso de los años los historiadores descubren que detrás de aquellos meses aparentemente rutinarios se estaba gestando un cambio profundo en el rumbo de una nación y, a veces, del mundo entero.
En los Estados Unidos han ocurrido varios momentos de ese tipo. Uno de ellos fue el año 1968. El país se encontraba entonces sumergido en una tormenta política y moral. La guerra de Vietnam desgarraba la conciencia nacional; las protestas estudiantiles y los conflictos raciales recorrían las ciudades; y el asesinato de líderes políticos había sembrado un sentimiento de incertidumbre colectiva.
En ese contexto llegó al poder el presidente Richard Nixon, quien prometía restablecer el orden en una sociedad que parecía haber perdido el rumbo. Nixon había sido vicepresidente desde 1953 hasta 1961 bajo la presidencia del general y héroe de la Segunda Guerra Mundial Dwight D. Eisenhower, y en 1960 había sido derrotado en las elecciones presidenciales por John Kennedy.
Otro momento decisivo llegó en 1980 con la elección de Ronald Reagan. El país atravesaba entonces una crisis económica marcada por inflación, desempleo y una sensación de declive internacional. Reagan apareció en el escenario político con un mensaje sencillo pero poderoso: recuperar la confianza nacional, reducir el peso del Estado en la economía y reafirmar el liderazgo estadounidense en el mundo.
Hoy, muchos analistas comienzan a preguntarse si la elección presidencial de 2028 podría convertirse en un momento comparable. No se trata únicamente de una disputa entre partidos. El contexto mundial ha cambiado profundamente y Estados Unidos se encuentra nuevamente ante una encrucijada histórica.
La presidencia de Donald Trump ha alterado el debate político norteamericano. Sus políticas han fortalecido tendencias que ya existían en la sociedad estadounidense: el nacionalismo económico, la desconfianza hacia las instituciones internacionales y la crítica a las viejas élites políticas de Washington.
Mientras tanto, el aparato del Democratic National Committee atraviesa tensiones internas después de la derrota electoral de 2024, y varias figuras comienzan a posicionarse con la mirada puesta en el año 2028. Gobernadores, senadores y dirigentes emergentes recorren discretamente el país, publican libros, visitan universidades y consolidan redes de apoyo político.
Pero antes de llegar a esa elección presidencial habrá otra cita decisiva en el calendario político estadounidense: las elecciones de medio término de 2026.
En los Estados Unidos, cada dos años se renueva la totalidad de la United States House of Representatives y aproximadamente un tercio del United States Senate.
Estas elecciones de 2026, conocidas como elecciones de medio término, constituyen una especie de referéndum político sobre la administración presidencial en funciones.
Históricamente, el partido que ocupa la Casa Blanca suele perder escaños en estas elecciones intermedias. Ello se debe a que las elecciones de medio término movilizan con frecuencia a los votantes descontentos con el gobierno y permiten a la oposición canalizar ese malestar político.
Las elecciones de 2026, por lo tanto, servirán como una primera gran prueba para la administración de Trump y para el clima político del país.
Si el Partido Republicano logra mantener o ampliar su control en el Congreso, ello reforzaría la influencia política del presidente y consolidaría el movimiento político que lo llevó nuevamente al poder. Pero si los demócratas logran recuperar terreno en la Cámara de Representantes o en el Senado, el equilibrio de poder en Washington podría cambiar de manera significativa.
Además, esas elecciones de medio término funcionarán como un ensayo general para la gran confrontación presidencial de 2028. Muchos de los dirigentes que aspiran a convertirse en candidatos presidenciales utilizarán la campaña de 2026 para fortalecer su visibilidad nacional, apoyar a candidatos aliados y construir las redes políticas que serán indispensables dos años después.
El trasfondo de estas elecciones no es solamente político. También es económico y geopolítico.
La economía mundial atraviesa un período de transformación profunda. Durante más de treinta años el mundo vivió bajo el paradigma de la globalización iniciado después del final de la Guerra Fría.
Las cadenas de suministro se expandieron, el comercio internacional creció de manera acelerada y muchas economías emergentes se integraron al sistema económico global. Ese modelo, sin embargo, ha comenzado a mostrar signos de agotamiento.
La rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China se ha convertido en uno de los ejes centrales del nuevo sistema internacional.
China, bajo el liderazgo de Xi Jinping, ha consolidado su posición como la principal potencia industrial del planeta y como el mayor exportador de bienes del mundo.
Al mismo tiempo, Washington intenta reconstruir su capacidad productiva en sectores estratégicos como los semiconductores, la inteligencia artificial, la energía y las industrias de defensa.
A esa competencia tecnológica se suma una creciente fragmentación del comercio internacional. Las sanciones económicas, las guerras comerciales y las restricciones a la exportación de tecnologías sensibles han creado un escenario que algunos economistas describen como una nueva guerra fría económica.
Al mismo tiempo, el mundo vive una etapa de conflictos regionales que influyen directamente en la política exterior estadounidense. Las guerras y tensiones en el Medio Oriente —particularmente el conflicto entre Israel y organizaciones armadas apoyadas por Irán, así como las tensiones en el Golfo Pérsico— continúan siendo uno de los principales focos de inestabilidad internacional.
A ello se suman las guerras y crisis en otras regiones, como el prolongado conflicto entre Rusia y Ucrania y diversas tensiones estratégicas en Asia.
La transición energética constituye otro factor que influirá en el panorama de los próximos años. La lucha por el control de minerales estratégicos —litio, cobre, níquel y tierras raras— se ha convertido en un componente fundamental de la política internacional, pues de esos recursos depende el desarrollo de baterías, vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento energético.
Al mismo tiempo, el avance de la inteligencia artificial amenaza con transformar profundamente los mercados laborales y la estructura productiva de muchas economías. Empresas tecnológicas y gobiernos compiten por dominar esta nueva frontera tecnológica que algunos consideran comparable a la revolución industrial del siglo XIX.
En ese contexto global incierto, la elección presidencial estadounidense de 2028 podría definir la estrategia con la que Estados Unidos enfrentará esos desafíos durante las próximas décadas. No se tratará únicamente de escoger a un nuevo presidente, sino de decidir qué modelo económico, tecnológico y geopolítico adoptará la principal potencia del mundo.
Los ciudadanos que voten en esa elección probablemente pensarán que participan en un proceso político más dentro de la larga tradición democrática estadounidense. Pero es posible que, con el paso del tiempo, los historiadores concluyan que en aquellos meses se estaba decidiendo algo más profundo: el lugar que ocupará Estados Unidos en el nuevo orden internacional del siglo XXI.
Así ocurre siempre con las grandes decisiones históricas. En el momento en que suceden parecen parte de la rutina de la política. Solo años después se comprende que en aquellas campañas, en aquellos discursos y en aquellas urnas, se estaba escribiendo una página decisiva de la historia del mundo.
