
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
A Euclides Gutiérrez Félix fue al primero como Profesor a quien escuché en la UASD hablar de la Prensa y la creación de opinión pública.
Era el año 1968 y andábamos Tony Raful y yo tratando de aprender Periodismo como estudiantes libres y oyentes en la Escuela de la Universidad.
Euclides recomendó un libro de un autor soviético que adquirí en el economato universitario.
Luego estaba yo en Quito en 1972 estudiando en CIESPAL cuando descubrí a un autor cuyo nombre, en aquel momento, comenzaba a circular en casi todas las discusiones académicas sobre prensa, radio y televisión en América Latina.
Se trataba de Wilbur Schramm. En aquellos años muchos de nosotros recibíamos libros, manuales y materiales de estudio que llegaban a través de programas internacionales de formación para periodistas.
Recuerdo haber tenido casi todos sus libros traducidos al español. Con el paso del tiempo, entre dos ciclones con mucha agua, mudanzas, viajes y responsabilidades profesionales, la mayoría se perdieron o los regalé y hoy apenas me queda uno.
Pero su recuerdo permanece ligado a un momento muy particular de mi formación intelectual.
Wilbur Lang Schramm, nacido en 1907 en Marietta, Ohio, fue considerado uno de los fundadores de los estudios modernos de comunicación de masas. Su importancia no radica solamente en los libros que escribió, sino en algo más profundo: contribuyó a transformar el estudio de la comunicación en una disciplina científica autónoma.
Hasta mediados del siglo XX, la comunicación se analizaba de forma dispersa desde la sociología, la psicología o la literatura. Schramm ayudó a integrarla en un campo de estudio propio.
Su trayectoria académica comenzó en la Universidad de Iowa, donde se formó como especialista en literatura y donde también fundó el famoso Iowa Writers’ Workshop, uno de los centros de escritura creativa más prestigiosos del mundo.
Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial su atención se dirigió hacia el papel de los medios de comunicación en la sociedad moderna.
La guerra había demostrado el enorme poder de la propaganda y de la información para movilizar poblaciones enteras.
En 1947 fundó en la Universidad de Illinois el primer instituto dedicado exclusivamente al estudio de la comunicación. Posteriormente impulsó centros similares en la Universidad de Stanford y en la Universidad de Hawái, especialmente en el East‑West Center.
Aquellas instituciones formaron a la primera generación de investigadores profesionales de la comunicación.
Las ideas de Schramm partían de una observación sencilla pero profunda: comunicar no es simplemente transmitir información.
Comunicar significa construir comprensión entre las personas. Para que un mensaje funcione debe existir un “campo de experiencia común” entre quien lo emite y quien lo recibe.
Si ese campo cultural o social no existe, el mensaje se distorsiona o se pierde.
Sus investigaciones se concentraron también en el papel de los medios de comunicación en la educación, en la persuasión política y en el desarrollo económico.
En uno de sus libros más conocidos, Mass Media and National Development, publicado en 1964, sostenía que la radio, la prensa y la televisión podían convertirse en instrumentos decisivos para el progreso de los países en vías de desarrollo.
Aquellas ideas tuvieron enorme influencia en América Latina durante las décadas de 1960 y 1970.
Instituciones como CIESPAL, en Quito, difundieron ampliamente sus textos entre periodistas y profesores universitarios de todo el continente. Durante varios años, muchos cursos de comunicación social en América Latina se estructuraron a partir de sus modelos teóricos.
Sin embargo, la evolución histórica demostraría que el problema de la comunicación era aún más complejo.
Mientras Schramm analizaba los mecanismos mediante los cuales los medios transmiten información y producen efectos en la sociedad, otros pensadores comenzaron a preguntarse quién controla esos medios y cómo influyen en la formación de la opinión pública.
Entre esos pensadores destacó el filósofo alemán Jürgen Habermas. Habermas desarrolló el concepto de la “esfera pública”, entendida como el espacio donde los ciudadanos debaten libremente los asuntos de interés común.
En teoría, ese espacio debería ser el resultado del intercambio racional de ideas entre ciudadanos libres. Pero en la práctica, la expansión de los grandes medios de comunicación y, más tarde, de las redes digitales, ha modificado profundamente ese proceso.
Hoy sabemos que la opinión pública no surge únicamente del debate espontáneo entre ciudadanos.
Los grandes medios, las corporaciones tecnológicas y los actores políticos participan activamente en la formación de percepciones colectivas.
En ese sentido, las intuiciones iniciales de Schramm sobre el poder de los medios siguen siendo extraordinariamente actuales.
Mirando hacia atrás, aquel período de estudio en Quito aparece como una etapa fundacional. América Latina vivía entonces un intenso proceso de reflexión sobre el papel de la comunicación en el desarrollo, la democracia y la cultura.
Los libros de Schramm formaban parte de ese momento intelectual en el que muchos jóvenes periodistas buscábamos comprender cómo circula la información en el mundo moderno.
Hoy, décadas después, la revolución digital ha transformado radicalmente el ecosistema de la comunicación. Internet, las redes sociales y la inteligencia artificial han multiplicado la velocidad y la escala de la circulación de mensajes.
Sin embargo, el principio básico sigue siendo el mismo que Schramm formuló hace más de medio siglo: la comunicación solo existe cuando un mensaje logra ser comprendido dentro de un contexto cultural compartido.
Por eso, cuando vuelvo a mirar el único libro suyo que aún conservo, recuerdo no solo a un autor, sino también una época.
Una época en la que creíamos que comprender el funcionamiento de los medios de comunicación era una tarea esencial para fortalecer la democracia y el desarrollo de nuestras sociedades.
