
Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Mientras los misiles vuelan sobre el Golfo Pérsico y los portaviones cruzan el estrecho de Ormuz como gigantes silenciosos de acero, el mundo observa una escena que, en realidad, no es nueva en la historia: las grandes potencias hablando entre sí mientras las guerras se desarrollan en los márgenes de su conversación.
La guerra contra Irán —que Washington y Tel Aviv han bautizado como Operación Epic Fury— ha entrado ya en una fase que el presidente Donald Trump describe como decisiva.
Según sus propias declaraciones, la campaña militar conjunta de Estados Unidos e Israel ha destruido buena parte de la infraestructura militar iraní: misiles, drones, bases navales e incluso segmentos completos de su cadena de mando.
Trump afirma que la operación ha provocado una caída del 90 % en los lanzamientos de misiles iraníes y un 83 % en el uso de drones, mientras que decenas de buques de la marina iraní habrían quedado destruidos.
En su narrativa, el objetivo central ha sido evitar que Irán alcanzara la capacidad de fabricar un arma nuclear que —según él— habría puesto en riesgo la propia existencia del Estado de Israel.
Pero en medio de esa ofensiva militar apareció una escena diplomática reveladora.
Trump habló por teléfono con Vladimir Putin.
El presidente norteamericano describió la conversación como “muy positiva” y afirmó que el líder ruso manifestó su deseo de “ser útil” en relación con la crisis de Medio Oriente.
La frase puede parecer diplomática, incluso trivial. Pero en la lógica del poder mundial contiene un significado mucho más profundo.
Porque cuando un líder ruso dice que quiere “ser útil” en una guerra que involucra a Estados Unidos, Israel e Irán, lo que está diciendo en realidad es que Moscú quiere estar presente en la mesa donde se definirá el resultado político del conflicto.
En otras palabras: Rusia no quiere quedarse fuera del nuevo equilibrio que podría surgir en Medio Oriente.
Putin sabe que el sistema internacional está entrando en una fase de reorganización acelerada. Y también sabe que las grandes guerras regionales suelen convertirse en momentos de negociación entre las potencias mayores.
Eso ocurrió en Yalta en 1945, cuando Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido decidieron el orden del mundo de la posguerra. Y podría volver a ocurrir ahora, aunque bajo formas distintas.
La guerra contra Irán no es solamente una guerra regional. Es un episodio dentro de una competencia estratégica mucho más amplia que involucra energía, rutas marítimas, tecnología y, cada vez más, inteligencia artificial.
Aquí aparece el tercer actor de esta historia: China.
El estrecho de Ormuz —por donde pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial— es una arteria vital para la economía china. Pekín es hoy el mayor importador de energía del planeta y depende en gran medida de los flujos petroleros provenientes del Golfo.
Por eso las declaraciones de Trump sobre China resultan particularmente interesantes.
El presidente estadounidense afirmó que su país está ayudando a mantener abierto el estrecho “para otras partes del mundo, incluyendo países como China”, recordando además que Estados Unidos posee abundantes reservas propias de petróleo y gas.
La frase tiene un doble significado.
Por un lado, reconoce un hecho estructural del sistema energético mundial: China depende mucho más del Golfo Pérsico que Estados Unidos.
Pero por otro lado también contiene un mensaje estratégico:
Washington sigue siendo la potencia capaz de garantizar —o bloquear— el funcionamiento de las principales rutas energéticas del planeta.
Es el mismo principio que ha definido la hegemonía naval estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.
Quien controla los estrechos controla el comercio mundial. En el mapa de los estrechos estratégicos —Ormuz, Malaca, Bab el-Mandeb, Suez— la presencia naval de Estados Unidos sigue siendo dominante.
Por eso la guerra en el Golfo tiene implicaciones que van mucho más allá de Irán.
Si el conflicto altera de forma duradera el flujo energético mundial, China sería uno de los países más afectados. Y esa vulnerabilidad energética se convierte automáticamente en una variable geopolítica.
Mientras tanto Rusia observa la situación con una mezcla de interés y cautela.
En el corto plazo, el aumento de los precios del petróleo puede beneficiar a Moscú, que sigue siendo uno de los grandes exportadores energéticos del mundo.
Pero al mismo tiempo el Kremlin comprende que una derrota completa del régimen iraní podría alterar el equilibrio de poder en Eurasia y debilitar a uno de los socios estratégicos de Rusia en la región.
De ahí la oferta de Putin de “ser útil”.
Rusia intenta mantener una posición de mediador potencial sin romper completamente con Irán ni enfrentarse directamente a Estados Unidos.
China, por su parte, observa la guerra con una preocupación distinta.
Su prioridad es que las rutas energéticas continúen funcionando.
No tiene interés en una guerra prolongada en el Golfo.
Tampoco desea que Estados Unidos refuerce su control estratégico sobre los principales corredores energéticos del mundo.
Así, mientras las bombas caen sobre bases militares iraníes y los drones son derribados en el cielo del Golfo, en la superficie visible de la guerra aparecen tres figuras que representan las tres grandes potencias del sistema internacional actual: Trump, Putin y Xi Jinping.
Uno dirige la ofensiva militar.
Otro ofrece ayuda diplomática.
El tercero observa con atención porque sabe que de la estabilidad del Golfo depende una parte fundamental del futuro energético de China.
En realidad, la escena recuerda a muchas otras que se han repetido a lo largo de la historia.
Las guerras regionales suelen convertirse en escenarios donde las grandes potencias ajustan silenciosamente el equilibrio del mundo.
En ese sentido, lo que ocurre hoy en el Golfo Pérsico podría ser menos una guerra aislada que un capítulo de algo mucho más amplio: la lenta reorganización del sistema internacional que está naciendo en el siglo XXI.
