Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay momentos en la historia en que las civilizaciones parecen caminar con paso seguro hacia el progreso, mientras por debajo del suelo comienzan a abrirse grietas invisibles.
Durante mucho tiempo Europa creyó vivir uno de esos momentos luminosos.
Las guerras mundiales habían quedado atrás, el comunismo se había derrumbado y el continente parecía haber encontrado finalmente la fórmula de la paz: democracia liberal, prosperidad económica y una cultura política basada en los derechos humanos.
Sin embargo, mientras esa confianza se extendía por las capitales europeas, algo más profundo estaba ocurriendo. Europa comenzaba a perder lentamente la conciencia de sí misma.
El problema no era económico ni militar. Era más antiguo y más difícil de definir: Europa estaba olvidando las raíces espirituales que habían formado su civilización.
Esta advertencia fue formulada con claridad por el teólogo alemán que más tarde se convertiría en el papa Benedict XVI.
Mucho antes de ocupar la cátedra de Pedro, cuando todavía era el joven profesor Joseph Ratzinger, había observado con preocupación la acelerada secularización de Occidente.
En 1969 escribió una reflexión que con el tiempo se volvió célebre: la Iglesia del futuro —decía— sería más pequeña, más pobre y menos influyente socialmente, pero también más espiritual.
No era una profecía apocalíptica. Era un diagnóstico.
Europa estaba entrando en una nueva etapa histórica.
Durante siglos el continente había sido la cuna de una civilización formada por la síntesis entre el pensamiento griego, el derecho romano y la fe cristiana.
De esa mezcla nacieron las universidades, el concepto de persona humana, la idea de dignidad inherente al individuo y buena parte del derecho internacional moderno.
Pero a partir de la segunda mitad del siglo XX esa memoria comenzó a diluirse.
Cuando se discutió la Constitución de la Unión Europea a comienzos del siglo XXI, varios líderes cristianos propusieron que el texto reconociera explícitamente las raíces cristianas del continente. La propuesta fue rechazada.
Europa decidió construir su identidad política como si su historia espiritual no existiera.
Benedicto XVI consideraba ese gesto profundamente revelador.
No se trataba de imponer una religión en la política, sino de reconocer un hecho histórico evidente: el cristianismo había sido una de las fuerzas culturales que habían dado forma al continente.
Olvidar ese pasado podía tener consecuencias.
La historia se encargaría de demostrarlo de una forma inesperada.
Mientras Europa debatía su identidad cultural, el Medio Oriente se hundía en una serie de guerras que terminarían produciendo uno de los fenómenos más violentos del siglo XXI: el surgimiento del llamado Estado Islámico.
El grupo nació en el caos generado tras la invasión de Irak en 2003.
El colapso del Estado iraquí, la guerra civil siria y la radicalización de sectores del islam político crearon las condiciones para el ascenso de una organización que proclamaba abiertamente el restablecimiento de un califato.
En 2014, bajo el liderazgo de Abu Bakr al-Baghdadi, el Estado Islámico tomó la ciudad de Mosul y anunció la restauración de una institución desaparecida desde 1924.
Durante un breve período controló territorios equivalentes a un país mediano y atrajo combatientes de todo el mundo.
Lo más sorprendente fue descubrir que miles de jóvenes europeos abandonaban París, Bruselas o Londres para unirse a la guerra santa.
Muchos habían nacido en Europa.
Hablaban perfectamente los idiomas europeos.
Habían estudiado en escuelas occidentales.
Y sin embargo sentían que no pertenecían a la civilización en la que habían crecido.
El Estado Islámico supo aprovechar esa fractura cultural.
Su propaganda afirmaba que Occidente era una civilización decadente, sin fe ni valores.
Frente a esa supuesta decadencia ofrecía una identidad absoluta, una causa trascendente y la promesa de participar en una misión histórica.
Era una paradoja inquietante: mientras Europa se alejaba de sus raíces religiosas, una ideología religiosa radical ganaba fuerza en los márgenes de su propia sociedad.
Esa tensión cultural no pasó desapercibida para algunos observadores contemporáneos.
Entre ellos el político estadounidense J. D. Vance, quien ha señalado repetidamente lo que considera una incoherencia fundamental de la Europa actual: un continente que disfruta de las instituciones y valores que nacieron de su tradición cristiana, pero que al mismo tiempo se muestra incómodo al reconocer ese origen.
Para Vance, Europa vive una especie de vacío cultural.
Sin memoria histórica, una civilización pierde la capacidad de defenderse.
Esta crítica coincide en parte con la preocupación que Benedicto XVI expresó durante años.
Pero la crisis espiritual de Occidente no se limita al mundo político.
También ha golpeado duramente a la Iglesia.
Los escándalos de abusos homosexuales, especialmente el caso del ex cardenal Theodore McCarrick, revelaron fallos institucionales graves dentro de la jerarquía eclesiástica.
Benedicto XVI fue el primer papa que impulsó medidas disciplinarias sistemáticas contra clérigos implicados en abusos.
Sin embargo, la magnitud de la crisis afectó profundamente la credibilidad moral de la Iglesia.
En 2013, agotado físicamente y consciente de la gravedad de los desafíos que enfrentaba la institución, Benedicto XVI tomó una decisión que sorprendió al mundo: renunció al pontificado.
Su sucesor sería el cardenal argentino Jorge Mario Bergoglio.
La transición no puso fin a las tensiones internas dentro de la Iglesia.
Algunos sectores consideran que el lenguaje pastoral centrado en la misericordia de Francisco era la respuesta adecuada para una época de secularización.
Otros temieron que ese enfoque pudiera interpretarse como una dilución de la doctrina.
Mientras tanto, la diplomacia del Vaticano continuaba actuando en el escenario internacional.
Uno de los episodios más singulares de esos años fue la mediación de la Holy See en el acercamiento entre United States y Cuba durante la presidencia de Barack Obama.
El Vaticano fue el único actor internacional que tenía canales de confianza simultáneos con ambos gobiernos.
Aquella mediación culminó con el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana en 2014.
Pero la historia rara vez es simple.
El mismo gobierno estadounidense que buscaba el diálogo con Cuba impulsaba en su política exterior agendas culturales —como la promoción internacional del matrimonio entre personas del mismo sexo— que provocaban tensiones en países con fuerte tradición cristiana.
En la República Dominicana, la designación como embajador de James Wally Brewster Jr. provocó una polémica pública que involucró a sectores políticos, religiosos y diplomáticos.
Aquella controversia fue un pequeño reflejo de una transformación global más profunda: la política internacional comenzaba a incorporar temas culturales y morales que antes rara vez formaban parte de la diplomacia.
Así, el siglo XXI se ha convertido en un escenario donde se cruzan tres grandes crisis simultáneas.
La crisis espiritual de Occidente.
La radicalización religiosa en ciertas regiones del mundo.
Y las tensiones internas dentro de las instituciones que durante siglos dieron forma a la civilización europea.
La historia enseña que las civilizaciones no mueren sólo por derrotas militares.
A veces mueren por agotamiento cultural.
Benedicto XVI lo dijo con una claridad que hoy resulta inquietante: una sociedad que pierde completamente el sentido de la verdad termina perdiendo también el sentido de sí misma.
Europa todavía posee una herencia cultural extraordinaria.
Pero toda herencia necesita memoria para sobrevivir.
Sin memoria, incluso las civilizaciones más brillantes pueden convertirse lentamente en una civilización cansada.
