Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Las guerras modernas tienen un momento peculiar.
No es cuando comienzan.
No es cuando se disparan los primeros misiles.
Es cuando uno de los bandos empieza a decir que ya ganó.
Eso es lo que acaba de ocurrir con la declaración del presidente de los Estados UnidDonald Trump, quien afirmó que Irán está “totalmente derrotado” y que ahora busca un acuerdo.
La frase es típica de la retórica estratégica norteamericana.
Primero se destruye la capacidad militar del adversario.
Luego se declara que el enemigo está vencido.
Y finalmente se negocia desde una posición de fuerza.
Ese patrón se ha repetido muchas veces en la historia militar de Estados Unidos.
Pero esta guerra tiene características particulares.
Durante dos semanas de bombardeos intensivos, las fuerzas estadounidenses y Israel han golpeado con una intensidad extraordinaria la infraestructura militar iraní. Según el Pentágono, más de 15,000 objetivos han sido atacados: fábricas de misiles, bases militares, centros de investigación y buques de guerra.
El objetivo no ha sido solamente destruir armas.
Ha sido impedir que Irán vuelva a producirlas.
La estrategia apunta a algo más profundo que una victoria táctica: busca desmantelar el aparato militar de la República Islámica durante años.
Pero la guerra no ocurre en un vacío.
El mismo día en que Trump hablaba de derrota iraní, las tensiones seguían sacudiendo el Golfo Pérsico. El tráfico marítimo continúa alterado en el Estrecho de Ormuz, por donde normalmente circula cerca del 20% del petróleo mundial.
Y ese dato cambia completamente el significado de la palabra “victoria”.
Porque en el mundo real las guerras no se miden solamente por los misiles destruidos.
Se miden por el precio del petróleo.
Se miden por el flujo de los barcos.
Se miden por la estabilidad de los mercados.
Por eso la afirmación de Trump tiene dos lecturas simultáneas.
La primera es militar.
Estados Unidos quiere demostrar que el régimen iraní ya no puede sostener una guerra convencional contra la coalición occidental. La destrucción de su industria militar y de su marina apunta en esa dirección.
Pero la segunda lectura es política.
Cuando un presidente dice que el enemigo está derrotado, lo que está haciendo en realidad es preparar el terreno para una negociación.
La frase “Irán quiere un acuerdo” es más reveladora que la frase “Irán está derrotado”.
En la historia de las guerras, la victoria casi siempre se anuncia antes de firmarse.
Napoleón lo hizo.
Churchill lo hizo.
Nixon lo hizo en Vietnam.
Y ahora Trump parece estar siguiendo el mismo libreto.
Primero se golpea con fuerza.
Luego se declara que el enemigo ya no tiene capacidad de resistencia.
Y finalmente se abre la puerta de la diplomacia.
Pero hay un detalle que no debe olvidarse.
Irán no es un pequeño país derrotado en una semana.
Es una civilización de más de 80 millones de habitantes, con una historia de miles de años, con redes de aliados regionales y con una cultura política que ha demostrado una gran capacidad de resistencia.
Por eso, incluso si su infraestructura militar ha sido devastada, la historia sugiere prudencia.
Las guerras pueden destruir fábricas.
Pero no destruyen fácilmente a los pueblos.
Y en el Medio Oriente, donde los conflictos suelen durar generaciones, declarar la victoria demasiado pronto puede ser tan peligroso como perder una batalla.
Quizá por eso la frase más importante del mensaje de Trump no fue la primera.
Fue la última.
“Irán quiere un acuerdo…
pero no uno que yo aceptaría”.
En otras palabras, la guerra puede estar acercándose a su punto culminante.
Pero la negociación —la verdadera batalla política— apenas comienza.
