Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hasta enero de 2017 los saludos al Papa del nuevo año los celebrabámos los embajadores en una especial sala del Palacio Apostólico.
Muy curiosa sala por su alegoría a las guerras. Contrasta con el actual espíritu pacifista que moldea la diplomacia vaticana después de la desaparición del Estado Pontificio en 1870.
Yo tomé varias fotos de las pinturas que la adornan.
El origen de esta Sala Regia viene de cuando el Papa Pío V logró reunir una coalición cristiana que incluía a España, Venecia y los aliados italianos del Estado Pontificio.
Aquella alianza, conocida como la Liga Santa, reunió una de las mayores flotas jamás vistas en el Mediterráneo.
Entre sus barcos destacaban las galeras venecianas y, sobre todo, las enormes galeazas.
Las galeazas eran embarcaciones más grandes y pesadas que las galeras tradicionales. Estaban fuertemente artilladas y podían disparar cañones desde varias direcciones.
En Lepanto fueron colocadas al frente de la formación cristiana.
Cuando la flota otomana avanzó para el combate, aquellas plataformas flotantes de artillería abrieron fuego y rompieron su formación.
Lo que siguió fue una batalla brutal, cuerpo a cuerpo, entre cientos de barcos y decenas de miles de hombres.
Al final del día, la flota otomana fue destruida.
La victoria cristiana fue celebrada en toda Europa.
Pero la verdadera historia de Lepanto no se encontraba solamente en el campo de batalla.
La flota que combatió allí era el resultado de décadas de organización económica, industrial y naval. Era el producto del Arsenal.
Sin embargo, mientras Venecia defendía su imperio marítimo en el Mediterráneo, el mundo estaba cambiando silenciosamente.
A finales del siglo XV, los viajes de Cristóbal Colón y Vasco da Gama habían abierto rutas oceánicas completamente nuevas.
El centro del comercio mundial comenzó a desplazarse del Mediterráneo hacia el Atlántico.
Las riquezas del Nuevo Mundo llegaban a España y Portugal. Los puertos del norte de Europa, especialmente en los Países Bajos e Inglaterra, empezaban a construir imperios comerciales globales.
El viejo Mediterráneo, que durante siglos había sido el corazón económico del mundo, comenzaba lentamente a perder su centralidad.
Venecia había ganado Lepanto.
Pero el comercio global ya estaba cambiando de escenario.
Sin embargo, siglos después de aquella batalla, su memoria sigue viva en un lugar inesperado: una gran sala ceremonial en el corazón del Vaticano.
Allí, en el Palacio Apostólico, existe este salón monumental donde la historia parece respirar en los muros.
Es la Sala Regia.
Construida en el siglo XVI como gran sala de recepción diplomática del papado, la Sala Regia fue concebida como un escenario donde el poder espiritual de Roma se encontraba con el poder político del mundo.
Sus paredes están cubiertas por enormes frescos renacentistas que narran episodios decisivos de la historia de la Iglesia y de Europa.
Pintores como Giorgio Vasari y Taddeo Zuccari llenaron aquellos muros de batallas, reyes, papas, alegorías y multitudes que parecen moverse bajo la luz dorada del Renacimiento.
Entre esas escenas, una domina el espacio con una fuerza extraordinaria.
La Batalla de Lepanto.
En el fresco, las galeras chocan unas contra otras en medio del humo de los cañones.
Los soldados caen al mar, los estandartes se agitan en el viento y las flotas parecen avanzar hacia el espectador desde las aguas turbulentas del Mediterráneo.
No es solamente una pintura.
Es una declaración histórica.
Para el papado del siglo XVI, Lepanto simbolizaba la resistencia de la cristiandad frente a la expansión otomana.
Pero los muros de la Sala Regia cuentan también otras historias.
En otro fresco aparece el rey Enrique IV de Francia arrodillado ante el Papa, símbolo de su reconciliación con la Iglesia después de las guerras religiosas que habían desgarrado Europa.
En otro panel, multitudes se agitan en escenas de conflicto que evocan las luchas entre católicos y protestantes.
Más arriba, figuras alegóricas representan el triunfo de la Iglesia sobre la herejía, el tiempo y la muerte.
Todo el salón es un relato visual del poder espiritual y político de Roma en la edad de las grandes convulsiones religiosas de Europa.
Pero la historia tiene a veces una manera curiosa de cerrarse sobre sí misma.
Siglos después de Lepanto, tuve el privilegio de caminar por esa misma sala.
Como embajador de la República Dominicana ante la Santa Sede, participé en ceremonias oficiales en el Palacio Apostólico, y en varias ocasiones me encontré en la Sala Regia, bajo aquellos frescos que narran la historia de Europa.
El suelo de mármol dibujaba figuras geométricas que reflejaban la luz de las lámparas.
Las paredes estaban cubiertas por aquellas escenas monumentales del Renacimiento. A un lado, los guardias suizos con sus uniformes de colores permanecían inmóviles como figuras de otro tiempo.
En medio de ese escenario, tuve también la ocasión de saludar al Papa Francisco.
Fueron momentos cargados de una profundidad histórica difícil de describir.
Mientras estrechábamos las manos, los muros de la Sala Regia parecían recordar silenciosamente las batallas, las reconciliaciones y las crisis que habían pasado por ese mismo lugar durante siglos.
Allí estaban Lepanto, las guerras de religión, los reyes arrepentidos y las alegorías del triunfo espiritual de la Iglesia.
Y allí estábamos también nosotros, representantes de un mundo completamente distinto, nacido en otros continentes y en otras épocas.
La historia tiene esa extraña continuidad.
Las batallas se libran en el mar, los barcos se construyen en los arsenales, los imperios se levantan y se desplazan, pero los lugares donde la memoria se guarda permanecen.
En los muelles del Arsenal de Venecia nació el poder naval que hizo posible Lepanto.
Y en los muros de la Sala Regia del Vaticano, ese momento quedó transformado en memoria eterna.
Porque las grandes potencias no nacen solamente en los campos de batalla.
Nacen en los talleres donde se fabrica el poder que mueve la historia.
Y a veces, siglos después, ese poder vuelve a aparecer silenciosamente en una sala donde el pasado y el presente se dan la mano.
Lepanto y la Fábrica Veneciana:
Hay momentos en la historia en que una batalla parece resumir el destino de una época.
La Batalla de Lepanto, librada el 7 de octubre de 1571 en las aguas del golfo de Patras, fue uno de esos momentos.
Durante siglos se la ha recordado como el gran choque entre la flota cristiana de la Liga Santa y el poder naval del Imperio otomano.
Las crónicas evocan la figura de Don Juan de Austria, el fervor religioso que recorrió Europa, los estandartes bendecidos por el Papa y el estruendo de los cañones sobre el Mediterráneo.
Pero detrás de aquella batalla, detrás de las velas infladas por el viento y de los remos que golpeaban el agua al unísono, existía una historia más profunda.
Una historia que no se escribía solamente en el campo de combate, sino también en los muelles, en los talleres, en los depósitos y en los bosques donde se cortaba la madera de los barcos.
En el corazón de esa historia estaba Venecia.
Durante siglos, la República de Venecia había sido una de las grandes potencias comerciales del mundo.
Su ciudad surgía del agua como una maravilla improbable, sostenida por pilotes de madera y por una red infinita de canales.
Pero su verdadero poder no estaba en sus palacios ni en sus iglesias, sino en el mar.
Desde el siglo XIII hasta el XVI, los barcos venecianos dominaron gran parte del comercio entre Europa y Oriente.
Por sus puertos pasaban las especias de la India, las sedas de China, los perfumes de Arabia, los tejidos del Levante y las riquezas que viajaban por las antiguas rutas asiáticas.
Ese comercio convirtió a Venecia en una de las ciudades más ricas del planeta.
Sin embargo, aquella riqueza dependía completamente de algo frágil y peligroso: el control del mar.
Los venecianos comprendieron muy pronto que el comercio y la guerra estaban unidos por el mismo destino.
Para proteger sus rutas comerciales necesitaban una flota poderosa, y para mantener esa flota necesitaban algo que ninguna otra potencia europea poseía todavía.
Una industria naval organizada. Así nació el Arsenale di Venezia.
Quien cruzaba las puertas monumentales del Arsenal no entraba simplemente en un astillero. Entraba en una ciudad dentro de la ciudad.
Allí trabajaban miles de hombres. Carpinteros, herreros, cordeleros, fundidores, veladores, artesanos del metal y de la madera. Cada uno tenía una tarea precisa dentro de un sistema sorprendentemente ordenado para su tiempo.
Los talleres producían piezas específicas: remos, mástiles, velas, timones, anclas, cuerdas, piezas de artillería. Todo se fabricaba previamente y se almacenaba en enormes depósitos.
Cuando el Estado necesitaba un barco, las piezas se trasladaban hacia los muelles donde comenzaba el ensamblaje.
El casco avanzaba lentamente mientras distintos equipos añadían cada componente.
Era un sistema que recordaba, siglos antes de existir, a la lógica de las cadenas de montaje industriales.
Mientras en otros puertos europeos construir una galera podía tomar meses, Venecia podía producir barcos con una rapidez que parecía milagrosa.
Aquella organización convirtió al Arsenal en el mayor complejo industrial del mundo premoderno.
Pero el Arsenal no había nacido para la economía civil. Había nacido para la guerra.
Desde la caída de Constantinopla en 1453, el Imperio otomano se había convertido en la gran potencia del Mediterráneo oriental.
Sus flotas dominaban el Egeo, amenazaban el Adriático y presionaban constantemente las rutas comerciales de Venecia.
El Mediterráneo se había transformado en un espacio de tensión permanente entre dos mundos.
Por un lado, los reinos cristianos de Europa. Por el otro, el poder expansivo de Estambul.
Para Venecia, perder el mar significaba perderlo todo.
Por eso el Arsenal funcionaba como una fábrica militar permanente.
Los bosques de los Alpes eran administrados cuidadosamente para asegurar el suministro de madera naval.
Los depósitos acumulaban hierro, alquitrán, cáñamo, velas, cuerdas y piezas de repuesto.
La flota veneciana no se improvisaba cuando estallaba una guerra. Se preparaba durante años.
En ese contexto surgió la gran confrontación que culminaría en Lepanto.
