Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Durante medio siglo los estrategas del petróleo repitieron la misma advertencia con la calma de quienes hablan de un peligro que nunca llega.
Decían que el estrecho de Ormuz era el cuello de botella del mundo moderno.
Decían que por ese paso estrecho, entre las montañas de Irán y las costas áridas de Omán, pasaba la sangre negra que mantenía en movimiento la economía del planeta.
Decían que si alguna vez se cerraba, aunque fuera por unos días, el sistema energético global sufriría un ataque al corazón.
Todos lo sabían.
Y sin embargo, nadie hizo lo suficiente para evitarlo.
El estrecho de Ormuz es una de esas paradojas de la geografía que parecen diseñadas por un novelista caprichoso.
Apenas unas decenas de kilómetros de ancho en su punto más angosto, y sin embargo por allí circula cerca de una quinta parte del petróleo que se comercia en el planeta.
Cada día, antes de que comenzara esta guerra, cruzaban esas aguas decenas de superpetroleros cargados con el crudo de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar e incluso Irán.
Era una autopista líquida que conectaba el Golfo Pérsico con el resto del mundo.
Pero también era una autopista que atravesaba un campo minado político.
Desde hace décadas, los analistas advertían que el estrecho era vulnerable.
Bastaría una guerra regional, una serie de ataques a petroleros o una operación militar para convertirlo en un punto de bloqueo global.
Los estrategas del Pentágono lo sabían.
Los economistas lo sabían.
Las compañías petroleras lo sabían.
Incluso los mercados financieros lo sabían, porque cada vez que una crisis estallaba en la región el precio del petróleo subía como si un fantasma hubiese tocado la campana de alarma.
Sin embargo, el sistema energético mundial siguió funcionando como si el estrecho fuese eterno.
Hubo intentos de escapar de esa trampa geográfica.
Arabia Saudita construyó un gigantesco oleoducto que cruza su territorio hasta el mar Rojo, un conducto nacido en los años ochenta durante la guerra entre Irán e Irak.
Emiratos Árabes Unidos levantó otro oleoducto que lleva el petróleo desde Abu Dabi hasta el puerto de Fujairah, fuera del estrecho.
Esas obras parecían soluciones ingeniosas, pero en realidad eran apenas respiraderos.
La capacidad de esos conductos es grande para un país.
Pero es pequeña para el mundo.
El sistema petrolero del Golfo produce tanto crudo que ninguna red de tuberías puede reemplazar la salida natural del estrecho.
Incluso funcionando al máximo, esos oleoductos solo pueden transportar una fracción del petróleo que normalmente atraviesa Ormuz.
El resto queda atrapado en los tanques, en los puertos o, peor aún, bajo la tierra.
Los países productores conocían esa limitación.
Pero resolverla implicaba algo que en el Golfo siempre ha sido más difícil que perforar petróleo: confiar en el vecino.
Para evitar Ormuz de verdad habría que construir oleoductos que crucen fronteras, que conecten a Qatar con Arabia Saudita, o a Irak con otros puertos, o que unan a varios países en una red energética común.
Pero en una región donde las alianzas cambian con cada guerra, esos proyectos se vuelven casi imposibles.
Las rivalidades entre gobiernos, los conflictos en Yemen, las tensiones entre Irán y las monarquías del Golfo y la desconfianza mutua hicieron que cada país prefiriera depender del estrecho antes que depender del vecino.
Así fue como el mundo entero terminó dependiendo de un pasillo de agua.
Durante años, esa fragilidad se disimuló con otra ilusión: la protección militar de Estados Unidos.
La Quinta Flota patrulla esas aguas desde hace décadas.
Los estrategas occidentales asumían que, en caso de crisis, la marina estadounidense garantizaría el paso de los petroleros.
Era una especie de seguro invisible del sistema energético global.
Pero los seguros solo funcionan mientras nadie tenga la tentación de cobrar la póliza.
La guerra actual cambió esa ecuación.
Cuando los ataques comenzaron y los barcos empezaron a ser amenazados, el estrecho dejó de ser una simple ruta comercial para convertirse en un campo de batalla potencial.
Los petroleros redujeron sus viajes, las refinerías frenaron su actividad y los países comenzaron a acumular reservas de emergencia como quien llena cubos antes de una tormenta.
Entonces ocurrió lo inevitable.
El petróleo empezó a quedarse sin salida.
En cuestión de días la producción del Golfo cayó millones de barriles diarios.
No porque faltara petróleo bajo la arena —que sobra— sino porque no había forma segura de llevarlo al mar.
Es una paradoja digna de la economía del siglo XXI: un mundo hambriento de energía y, al mismo tiempo, un océano de petróleo atrapado detrás de una puerta cerrada.
Los mercados reaccionaron como siempre reaccionan los mercados: con miedo.
El precio del barril volvió a superar los cien dólares, un umbral psicológico que durante años parecía enterrado en el pasado.
Pero el problema no era solo el precio. El verdadero problema era logístico.
Si el petróleo no puede viajar, el dinero tampoco.
Las refinerías se ralentizan.
Los barcos esperan.
Los tanques se llenan.
Y cuando los tanques se llenan, los productores no tienen más remedio que dejar el petróleo bajo tierra.
Así, el sistema energético mundial descubrió algo que había olvidado en la era de la globalización: que el comercio depende tanto de la política como de la geografía.
Porque la tecnología puede perforar a miles de metros bajo el océano, pero no puede ensanchar un estrecho ni reconciliar a enemigos históricos.
Tal vez dentro de unos años los gobiernos del Golfo construyan más oleoductos.
Tal vez el mundo acelere su transición hacia otras fuentes de energía.
Tal vez los estrategas diseñen nuevas rutas para evitar este cuello de botella.
Pero incluso si todo eso ocurre, el episodio ya dejó una lección que no se borrará fácilmente.
Durante décadas los expertos repitieron que el cierre del estrecho de Ormuz era el escenario de pesadilla del sistema energético mundial.
Y como sucede con todas las pesadillas que se repiten demasiado, el mundo terminó creyendo que nunca se harían realidad.
Hasta que una mañana el petróleo siguió brotando de los pozos del Golfo…y descubrió que no tenía por dónde salir.
