Por José Manuel Jerez
La evolución del conflicto entre Estados Unidos e Irán ha entrado, hasta este 16 de marzo de 2026, en una fase cualitativamente distinta: ya no se trata solamente de una guerra bilateral ampliada por la participación israelí, sino de un proceso acelerado de internacionalización estratégica. La clave del momento no está solo en los bombardeos, en las represalias cruzadas o en la devastación material, sino en el desplazamiento del centro de gravedad hacia el Estrecho de Ormuz y, con ello, hacia la economía mundial, la arquitectura atlántica de seguridad y la competencia entre Washington y Pekín. En otras palabras, el teatro militar se ha convertido en una prueba de fuerza sobre quién paga, quién protege y quién define las reglas del orden internacional en una crisis sistémica.
Desde el lanzamiento de la “Operación Epic Fury”, anunciado por la Casa Blanca el 1 de marzo, la narrativa oficial estadounidense ha presentado la campaña como una operación de fuerza decisiva orientada a “aplastar” la capacidad nuclear, misilística, naval y de proyección regional del régimen iraní. Sin embargo, la realidad sobre el terreno muestra una guerra menos lineal y más expansiva: Israel ha dejado saber que tiene planes operacionales para al menos tres semanas adicionales; las fuerzas israelíes siguen golpeando objetivos en Teherán, Shiraz y Tabriz; e Irán, aunque severamente castigado, ha mantenido capacidad de respuesta mediante drones y misiles contra Israel y contra posiciones o infraestructuras vinculadas a Estados aliados de Washington en el Golfo. La guerra, por tanto, no ha concluido; se ha regionalizado.
El punto neurálgico de esta nueva etapa es Ormuz. Ese corredor marítimo no es simplemente un paso geográfico; es una arteria crítica por la que transita alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. Cuando Trump exige que otros países contribuyan a reabrir la ruta, no está formulando una petición táctica menor, sino reconociendo que la guerra ya no puede medirse solamente por destrucción militar, sino por su impacto sobre los flujos energéticos, las cadenas logísticas, la inflación global y el costo político interno para las grandes potencias. De ahí que el conflicto haya saltado del lenguaje de la “disuasión” al lenguaje de la “seguridad de abastecimiento”.
En ese contexto deben leerse sus últimas declaraciones. Trump ha pedido abiertamente una coalición internacional para proteger o reabrir el Estrecho de Ormuz y, según reportes coincidentes, ha advertido que la OTAN tendría un futuro “muy malo” si sus miembros no acuden en apoyo de Washington. La frase no es menor. Supone un intento de reinterpretar la solidaridad atlántica no ya en función de una agresión directa sobre territorio aliado, sino como obligación de acompañar a Estados Unidos en la gestión militar de las consecuencias globales de una guerra iniciada sin un marco clásico de seguridad colectiva. La Casa Blanca procura convertir una intervención liderada por Washington en una carga estratégica compartida por terceros.
Pero precisamente ahí aparece la primera gran resistencia internacional. El Reino Unido ha evitado comprometerse a una ampliación bélica y ha preferido un lenguaje de coordinación prudente; Japón ha dicho que no prevé enviar buques; Australia ha descartado desplegar su marina para esa misión; Alemania ha rechazado participar en actividades militares ligadas a la guerra; y España ha ido más lejos al descartar toda implicación en operaciones en Ormuz y al cuestionar la legalidad de la ofensiva. Esto revela un hecho central: la OTAN, como organización, no ha asumido la guerra como propia, y varios de sus principales socios no desean que la crisis iraní se transforme en una obligación militar atlántica de facto.
La segunda gran presión de Trump se dirige a China. Su razonamiento es transparente: si Pekín depende intensamente del petróleo que circula por el Golfo, debe asumir también el costo de proteger la navegación. Desde esta lógica transaccional, Trump ha insinuado que podría posponer su reunión prevista con Xi Jinping si China no ayuda a desbloquear Ormuz. No obstante, la propia Casa Blanca ha matizado después que la cumbre no está en peligro, aunque sí podría aplazarse por la centralidad que la guerra ocupa en la agenda presidencial. China, por su parte, ha confirmado que sigue en comunicación con Washington, pero mantiene una posición distinta: condena los ataques estadounidenses e israelíes por considerarlos violatorios del derecho internacional y reclama un cese inmediato de las operaciones militares.
Este punto merece una lectura más profunda. Trump no solo quiere apoyo naval o político; busca arrastrar a China hacia una definición estratégica incómoda. Si Pekín coopera con una operación auspiciada por Washington, validaría parcialmente la gestión estadounidense de la crisis. Si se niega, quedaría expuesto al argumento de beneficiarse de la seguridad marítima producida por otros. Por eso la amenaza de no asistir a la reunión con Xi debe entenderse menos como un gesto diplomático aislado y más como un instrumento de coerción geopolítica: guerra, comercio, energía y liderazgo internacional aparecen fundidos en una sola negociación de poder.
Entretanto, el resto del mundo observa con una mezcla de temor, cálculo y fatiga normativa. Los mercados energéticos reaccionan a la posibilidad de un shock prolongado; los importadores asiáticos miden su vulnerabilidad; Europa teme una nueva espiral inflacionaria; y buena parte del Sur Global percibe que el sistema internacional vuelve a operar bajo lógicas selectivas de legalidad y fuerza. A ello se suma una dificultad metodológica central para cualquier análisis serio: muchas afirmaciones provienen de partes beligerantes o de vocerías interesadas, por lo que la verificación independiente sigue siendo parcial. Aun así, el patrón general es inequívoco: la guerra ha desbordado el marco estrictamente militar y se ha transformado en una crisis de gobernanza global.
La conclusión es clara. Lo acontecido hasta hoy entre EE. UU., Irán y el resto del mundo muestra que el verdadero salto de la crisis no reside únicamente en la intensidad de los ataques, sino en la tentativa estadounidense de convertir el conflicto en un examen de alineamientos internacionales. Trump quiere que la OTAN asuma costos, que China abandone la cómoda ambigüedad, y que la comunidad internacional trate la reapertura de Ormuz como prioridad superior incluso antes de resolver la legitimidad y los fines últimos de la guerra. Esa estrategia puede ampliar la capacidad de presión de Washington, pero también corre el riesgo de profundizar el desacople entre aliados, endurecer la prudencia china y acelerar la percepción global de que estamos entrando en una fase del orden mundial donde la energía, la guerra y la diplomacia coercitiva vuelven a estar unidas de manera brutal y explícita.
