Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En enero de 1971 estuve en Washington, Distrito de Columbia, la capital de los Estados Unidos, invitado por la Conferencia de Obispos de esa gran nación.
Cada año se celebraba una reunión promovida por la sección de la Conferencia encargada de América Latina, en la que participaban sacerdotes, religiosos, laicos y representantes de diversos países interesados en los grandes problemas sociales, económicos y políticos del continente.
Yo tenía entonces apenas veintiún años de edad.
Eran años marcados por la Guerra Fría, por la Revolución Cubana, por la Alianza para el Progreso y por los intensos debates sobre el desarrollo que atravesaban toda América Latina.
Fue allí donde conocí a Monseñor Antulio Parrilla Bonilla, jesuita puertorriqueño que se había convertido en una de las voces más firmes contra las políticas de control demográfico impulsadas en Puerto Rico y en otras partes del continente.
Recuerdo con claridad una de sus intervenciones. Hablaba con la fuerza moral de quien había observado directamente una realidad que consideraba profundamente injusta.
Según los datos que presentó en aquella reunión, el 34 por ciento de las mujeres de Puerto Rico habían sido esterilizadas como resultado de programas de control de la natalidad desarrollados durante décadas.
La cifra causó una profunda impresión entre los asistentes.
La fotografía conservada de aquella jornada posee hoy un valor histórico especial.
La leyenda original decía: “Monseñor Antulio Parrilla Bonilla, obispo puertorriqueño, habla en Washington en enero de 1971 sobre los planes de control de la natalidad que han esterilizado al 34 por ciento de las mujeres en Puerto Rico.

Al evento asistió el autor de este trabajo, Víctor Grimaldi (como lo indica la flecha).
La reunión de religiosos y laicos católicos fue auspiciada por el Programa Interamericano de Cooperación (CICOP), de la Conferencia de Obispos de los Estados Unidos”.
Vista más de medio siglo después, aquella fotografía tiene un significado que trasciende el recuerdo personal.
No muestra solamente a Monseñor Parrilla pronunciando una conferencia.
También documenta mi presencia en uno de los grandes debates intelectuales y políticos del siglo XX: la relación entre crecimiento demográfico, desarrollo económico, dignidad humana y políticas públicas.
Yo no conocí estas discusiones únicamente a través de libros leídos años más tarde.
Estuve allí cuando se desarrollaban y cuando comenzaban a influir sobre gobiernos, universidades, organismos internacionales y centros de investigación.
Puerto Rico ocupaba entonces un lugar central en esas controversias.
Desde la década de 1950 la isla había sido utilizada como escenario de extensos programas de control de la natalidad promovidos desde distintos sectores gubernamentales y privados.
Para Monseñor Parrilla, el problema no era únicamente sanitario o estadístico.
Era también moral, social y político. Consideraba que detrás de muchas de aquellas políticas existía una visión que veía a los seres humanos como una carga económica que debía reducirse, en lugar de considerarlos la principal riqueza de una sociedad.
Por eso no resulta extraño que cada cierto tiempo reaparezca una vieja idea presentada como si fuera una revelación científica reciente.
Ocurre ahora con un estudio publicado en 2026 que sostiene que la Tierra tendría una capacidad de carga sostenible de apenas 2,500 millones de habitantes y que la humanidad, con más de 8,000 millones de personas, estaría viviendo muy por encima de sus posibilidades ecológicas.
Para muchos lectores jóvenes la afirmación parece novedosa. Para quienes vivimos los grandes debates intelectuales de los años sesenta y setenta, sin embargo, el argumento resulta familiar. Es, en esencia, una nueva versión del viejo neomalthusianismo que dominó buena parte del pensamiento occidental durante la Guerra Fría.
En realidad, las raíces de esta corriente de pensamiento se remontan mucho más atrás. A finales del siglo XVIII, el economista y clérigo inglés Thomas Robert Malthus formuló una teoría que ejercería una enorme influencia durante más de dos siglos.
Malthus sostenía que la población tendía a crecer en progresión geométrica mientras la producción de alimentos lo hacía en progresión aritmética.
Según su razonamiento, tarde o temprano la humanidad chocaría contra límites insuperables y sufriría hambrunas, epidemias y conflictos inevitables.
Aunque muchos de sus pronósticos fueron desmentidos por la Revolución Industrial y por los extraordinarios avances agrícolas posteriores, la idea de que el crecimiento demográfico constituye una amenaza permanente reapareció una y otra vez bajo nuevas formas.
The Limits to Growth
Recuerdo haber leído The Limits to Growth en 1976. El libro, publicado cuatro años antes por el Club of Rome y elaborado por investigadores del Massachusetts Institute of Technology, había causado un enorme impacto mundial.
Sus autores utilizaron sofisticados modelos computacionales para la época y concluyeron que el crecimiento exponencial de la población, la industrialización, la contaminación y el consumo de recursos conducirían eventualmente a una crisis global.
Para una generación que acababa de presenciar la crisis petrolera de 1973 y que observaba con preocupación el rápido crecimiento demográfico de Asia, África y América Latina, aquellas conclusiones parecían plausibles. El futuro se imaginaba como una larga lucha contra la escasez.
Sin embargo, las raíces de aquel pensamiento no se encontraban únicamente en los laboratorios del MIT ni en las reuniones del Club de Roma.
Detrás de aquellas preocupaciones existía un poderoso contexto político. Durante la administración de Lyndon B. Johnson, la cuestión demográfica se convirtió en un asunto estratégico para Washington. Estados Unidos observaba con inquietud el crecimiento acelerado de las poblaciones del llamado Tercer Mundo.
Muchos analistas temían que la pobreza, el desempleo y las tensiones sociales derivadas de ese crecimiento terminaran favoreciendo revoluciones, guerras civiles o gobiernos alineados con la Unión Soviética y China.
Fue en ese contexto donde Johnson popularizó la idea de que el control de la población era una herramienta más eficaz para combatir la pobreza que grandes inversiones económicas.
Poco a poco se fue instalando la noción de que el problema fundamental del desarrollo no era la falta de productividad, ni la insuficiencia tecnológica, ni las deficiencias institucionales, sino simplemente el exceso de personas.
Esa visión adquirió todavía mayor influencia cuando Robert McNamara llegó a la presidencia del World Bank en 1968.
Durante los trece años que permaneció al frente de la institución convirtió la cuestión demográfica en una prioridad internacional.
Se financiaron programas de planificación familiar en numerosos países de Asia, África y América Latina. El crecimiento poblacional pasó a considerarse un obstáculo central para el desarrollo económico. La idea de la superpoblación adquirió así una legitimidad científica, financiera y política sin precedentes.
Sin embargo, mientras esas teorías ganaban influencia, la realidad comenzó a seguir un camino mucho más complejo de lo que los modelos anticipaban.
Durante las décadas siguientes la población mundial prácticamente se duplicó. Pero al mismo tiempo ocurrieron transformaciones extraordinarias.
La Revolución Verde multiplicó la productividad agrícola. Nuevas variedades de cereales permitieron alimentar a cientos de millones de personas adicionales.
La informática revolucionó la gestión de recursos. La biotecnología amplió las posibilidades de producción. Más tarde llegaron Internet, la automatización avanzada y la inteligencia artificial.
A medida que avanzaba el tiempo comenzaron a observarse discrepancias importantes entre algunas de las predicciones más alarmistas y la evolución real del mundo.
Muchas materias primas cuya escasez se consideraba inminente continuaron disponibles gracias a nuevos descubrimientos, mejoras tecnológicas y métodos más eficientes de explotación. La producción de alimentos creció mucho más rápido de lo que numerosos expertos habían previsto.
La esperanza de vida aumentó en casi todas las regiones del planeta. La mortalidad infantil descendió de manera espectacular. La pobreza extrema, aunque sigue existiendo y continúa siendo una tragedia para cientos de millones de personas, se redujo proporcionalmente a niveles históricamente inéditos.
Ello no significa que todas las advertencias del Club de Roma fueran erróneas.
Su principal mérito consistió en llamar la atención sobre la relación entre economía, recursos naturales y medio ambiente, contribuyendo al surgimiento de una conciencia ecológica global que hoy resulta indispensable.
El problema surgió cuando algunos interpretaron aquellas proyecciones como si fueran profecías inevitables, olvidando que los modelos matemáticos dependen de supuestos que pueden cambiar cuando aparecen innovaciones tecnológicas o transformaciones institucionales inesperadas.
Lo que muchos de los modelos neomalthusianos habían subestimado era precisamente la capacidad humana para innovar. Los recursos naturales no son simplemente depósitos fijos de riqueza.
Se convierten en recursos cuando el conocimiento descubre nuevas formas de utilizarlos. Durante siglos el petróleo no tuvo prácticamente valor económico.
El uranio era una curiosidad mineral. La arena parecía un material ordinario hasta que se transformó en la base física de la revolución digital.
La historia económica moderna es, en gran medida, la historia de cómo la inteligencia humana redefine constantemente los límites materiales que parecían inamovibles.
La comparación internacional ofrece además una lección reveladora.
Si la densidad de población fuera por sí misma la causa principal de la pobreza, algunos de los países más prósperos del mundo deberían encontrarse entre los más despoblados.
Sin embargo, la experiencia demuestra exactamente lo contrario. Países densamente poblados como Japan, South Korea, Singapore o Netherlands han alcanzado niveles extraordinarios de desarrollo económico y bienestar social.
Al mismo tiempo, numerosas regiones con abundantes recursos naturales y baja densidad demográfica continúan enfrentando enormes dificultades económicas. La diferencia fundamental no reside en el número de habitantes, sino en la calidad de las instituciones, la educación, la capacidad tecnológica y la organización productiva.
La verdadera lección de la historia no es que los límites no existan.
La física, la química y la biología continúan imponiendo restricciones reales.
Pero también es cierto que esos límites no permanecen inmóviles.
La ciencia y la tecnología modifican continuamente las condiciones dentro de las cuales opera la humanidad.
Cada generación hereda problemas reales, pero también herramientas nuevas para resolverlos.
Quizás la pregunta fundamental para el siglo XXI no sea cuántas personas puede sostener el planeta, sino qué tipo de civilización queremos construir.
Una civilización capaz de producir energía limpia y abundante, reciclar materiales a gran escala, utilizar la inteligencia artificial para optimizar recursos, desarrollar una agricultura más eficiente y armonizar crecimiento económico con protección ambiental.
Existe además una paradoja histórica que rara vez se menciona. Mientras muchos expertos anunciaban durante los años setenta que el crecimiento poblacional conduciría inevitablemente al colapso, la humanidad pasó de aproximadamente 3,700 millones de habitantes en 1970 a más de 8,000 millones en la actualidad.
Y durante ese mismo período aumentó la esperanza de vida, mejoró la nutrición promedio, se expandió la educación, se multiplicó la producción agrícola y se redujo significativamente la pobreza extrema mundial.
No fue una evolución perfecta ni exenta de problemas, pero tampoco fue la catástrofe que muchos consideraban inevitable.
Cuando vuelvo a contemplar aquella fotografía tomada en Washington en enero de 1971, donde aparezco escuchando a Monseñor Antulio Parrilla Bonilla denunciar la esterilización del 34 por ciento de las mujeres puertorriqueñas, tengo la impresión de estar observando una discusión que nunca terminó.
Han cambiado los nombres, los modelos matemáticos y las tecnologías, pero la pregunta esencial sigue siendo la misma. ¿Es el ser humano el problema o es la solución?
Los profetas de la superpoblación tendían a ver cada nuevo nacimiento principalmente como una boca adicional que alimentar. La experiencia histórica de las últimas décadas parece sugerir algo distinto.
Cada nuevo ser humano representa también dos manos capaces de trabajar, una inteligencia capaz de aprender y una creatividad potencial capaz de descubrir soluciones que las generaciones anteriores no podían imaginar.
Mi experiencia, mi lectura de la historia y los hechos observados durante más de medio siglo me llevan a inclinarme por esta segunda interpretación. No ha sido el exceso de humanidad lo que ha permitido alimentar, educar y prolongar la vida de miles de millones de personas.
Ha sido precisamente la creatividad humana, la ciencia, la tecnología y la capacidad de innovación. El recurso más extraordinario del planeta no se encuentra en los yacimientos minerales ni en los océanos. Se encuentra en la inteligencia creadora del ser humano. Y, hasta ahora, no ha mostrado señales de agotamiento.
Por eso aquella fotografía de Washington adquiere hoy una dimensión histórica singular. No solo registra una conferencia sobre control demográfico. Captura un momento en que dos concepciones opuestas del desarrollo humano comenzaban a enfrentarse.
De un lado, quienes veían el crecimiento de la población como una amenaza. Del otro, quienes sostenían que la dignidad, la libertad y la creatividad de la persona humana constituyen la principal riqueza de las naciones. Más de medio siglo después, ese debate continúa abierto, pero la historia ha mostrado que la capacidad de innovación del ser humano ha resultado mucho más poderosa de lo que imaginaban los modelos más pesimistas del siglo XX.
