Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hubo un tiempo en que los presidentes de Estados Unidos hablaban del mundo como si fuera una promesa.
Era un lenguaje solemne, lleno de palabras que parecían escritas para tranquilizar la conciencia de los vencedores: libertad, democracia, autodeterminación, reconstrucción, progreso.
Después de la Segunda Guerra Mundial ese vocabulario se convirtió casi en una liturgia diplomática.
Pero como ocurre tantas veces en la historia, la liturgia terminó por separarse de la realidad, y la realidad regresó un día vestida con el viejo traje del poder.
Ese retorno del poder desnudo es lo que muchos observadores creen ver hoy en la política exterior del presidente Donald Trump, articulada con disciplina y dureza por su secretario de Estado Marco Rubio.
No se trata exactamente del aislacionismo tradicional estadounidense, ni tampoco del intervencionismo ideológico que dominó Washington durante décadas.
Es otra cosa. Algo más antiguo. Algo que recuerda a la diplomacia de hierro del siglo XIX.
La fórmula que algunos analistas han utilizado para describir esta política es simple y brutal: destruir y negociar.
Primero golpear.
Después sentarse a la mesa.
No se busca necesariamente transformar al enemigo ni reconstruir su sociedad.
No se pretende convertirlo en una democracia ejemplar ni en un aliado ideológico.
Se busca algo mucho más simple y mucho más antiguo: su sometimiento estratégico.
El adversario puede seguir siendo autoritario, revolucionario o teocrático.
Puede incluso seguir proclamando su ideología.
Lo único que importa es que acepte una nueva correlación de poder.
Esta lógica marca una diferencia profunda con la política exterior que dominó Estados Unidos desde mediados del siglo XX.
Franklin Delano Roosevelt imaginó el mundo de la posguerra como un sistema de cooperación entre grandes potencias bajo el paraguas de las Naciones Unidas.
Era un proyecto que mezclaba idealismo y realismo: derrotar a los imperios expansionistas para crear un orden internacional basado en reglas.
Roosevelt hablaba de las “cuatro libertades” con la misma convicción con que reorganizaba la arquitectura del poder mundial.
Harry Truman heredó ese mundo recién nacido y lo enfrentó a una nueva realidad: la expansión de la Unión Soviética.
Así nació la política de contención. Truman no buscaba destruir a Moscú sino impedir que su influencia se expandiera.
Era una estrategia de largo plazo, una especie de cerco político, económico y militar destinado a contener el comunismo hasta que se agotara por sus propias contradicciones.
Dwight Eisenhower, general victorioso de la Segunda Guerra Mundial, comprendía mejor que nadie el precio real de la guerra. Su política exterior fue una mezcla de firmeza estratégica y prudencia militar. Prefería las alianzas, la disuasión nuclear y la presión económica antes que las invasiones directas.
John Kennedy introdujo un elemento nuevo: el combate global por la influencia política. Su gobierno vio el mundo como un escenario donde la democracia y el comunismo competían por la lealtad de los pueblos. La Alianza para el Progreso en América Latina fue parte de ese intento de ganar el futuro sin necesidad de conquistar territorios.
Pero la Guerra Fría también generó sus propias sombras.
Lyndon Johnson llevó a Estados Unidos al abismo de Vietnam, convencido de que la derrota en Asia significaría el colapso de la credibilidad estadounidense en todo el planeta.
Richard Nixon, con su instinto geopolítico y la fría inteligencia de Henry Kissinger, cambió el tablero mundial al acercarse a China y negociar con la Unión Soviética. Era una diplomacia de equilibrio entre potencias, más cercana al realismo europeo que al idealismo americano.
Jimmy Carter intentó devolver a la política exterior estadounidense un fundamento moral. Habló de derechos humanos cuando muchos gobiernos preferían no escuchar esa palabra. Su visión era profundamente ética, pero también vulnerable en un mundo donde los imperios no se desarman por convicción.
Ronald Reagan devolvió a Estados Unidos el lenguaje del poder, aunque envuelto en una narrativa moral. Llamó a la Unión Soviética “imperio del mal”, pero al mismo tiempo abrió el camino para las negociaciones que terminarían acelerando el final de la Guerra Fría.
Con Bill Clinton surgió la ilusión de una era distinta. El colapso soviético parecía anunciar el triunfo definitivo de la democracia liberal. Clinton imaginó un mundo integrado por mercados, instituciones internacionales y expansión económica. La globalización fue el nombre de ese sueño.
Barack Obama intentó corregir los excesos de las guerras posteriores al 11 de septiembre del 2001. Habló de diplomacia, de multilateralismo, de reducir el papel de la fuerza militar en la política exterior. Su enfoque buscaba equilibrar poder y legitimidad.
Sin embargo, la historia tiene la costumbre de regresar a sus raíces más profundas. Y la política internacional, cuando se despoja de su retórica, siempre vuelve a la misma pregunta: quién tiene el poder y quién está dispuesto a usarlo.
En ese sentido, la política exterior actual de Estados Unidos parece mirar más hacia el siglo XIX que hacia el siglo XX.
La comparación inevitable es con el gran canciller prusiano Otto von Bismarck, el arquitecto de la unificación alemana.
Bismarck no creía en las guerras interminables ni en las cruzadas ideológicas.
Sus conflictos eran breves, calculados y limitados.
Primero derrotaba al adversario en el campo de batalla y luego lo invitaba a negociar un nuevo equilibrio político.
No buscaba destruir a sus enemigos. Buscaba obligarlos a aceptar una nueva realidad.
Esa misma lógica aparece hoy en la estrategia estadounidense frente a países como Irán, Venezuela o Cuba.
La presión militar, económica o política se utiliza para modificar el comportamiento de esos gobiernos, no necesariamente para reemplazarlos.
Es una política que prescinde del idealismo y abraza el pragmatismo.
No pretende rediseñar el mundo. Pretende dominarlo.
En lugar de hablar de democratización, habla de obediencia estratégica.
En lugar de construir naciones, busca imponer correlaciones de poder.
Por eso algunos analistas sostienen que el actual enfoque de Washington no es neoconservador en el sentido clásico de la era de George W. Bush.
Aquella doctrina pretendía transformar el Medio Oriente mediante la difusión de la democracia.
La nueva doctrina es mucho más simple: presionar, golpear, negociar.
La guerra deja de ser un instrumento para cambiar sistemas políticos y se convierte en un método para imponer acuerdos.
Es, en esencia, una diplomacia de imperio.
Pero la historia también enseña que estas estrategias contienen siempre una paradoja peligrosa.
Funcionan mientras el equilibrio de poder se mantiene estable. Cuando ese equilibrio se rompe, el sistema puede entrar en una espiral de confrontaciones cada vez mayores.
Bismarck mantuvo la estabilidad europea durante dos décadas. Después de su caída del poder, el continente comenzó a deslizarse lentamente hacia la catástrofe que estallaría en 1914.
Nadie puede saber si el mundo actual seguirá ese mismo camino.
Pero lo que sí parece claro es que la política internacional ha vuelto a un lenguaje que creíamos olvidado.
El lenguaje del poder desnudo.
Ese lenguaje no habla de utopías ni de redención. Habla de intereses, de miedo, de fuerza y de negociación.
En otras palabras, habla el idioma más antiguo de la historia humana.
