Por José Manuel Jerez
Hablar hoy del AIPAC en el contexto de la guerra contra Irán obliga a escapar tanto del reduccionismo conspirativo como de la ingenuidad institucional. No es intelectualmente serio sostener que una sola organización “manda” sobre la política exterior de Estados Unidos; pero tampoco lo es negar que el American Israel Public Affairs Committee constituye uno de los nodos más influyentes de articulación entre lobby, financiamiento político, construcción de consensos legislativos y defensa permanente de una agenda proisraelí en Washington. En la crisis actual, esa capacidad de influencia debe ser analizada como parte de una ecología del poder donde convergen la Casa Blanca, el Congreso, la industria de defensa, la comunidad estratégica, los medios y las redes de donantes.
La coyuntura es extraordinariamente grave. La guerra iniciada el 28 de febrero de 2026 entre Estados Unidos, Israel e Irán ha escalado hasta afectar el equilibrio regional, la seguridad energética global y la agenda estratégica de Washington. En los últimos días, Donald Trump presionó públicamente a aliados de la OTAN y también a China para que cooperen en la reapertura y protección del Estrecho de Ormuz, mientras aplazó su viaje a Pekín por el impacto de la guerra sobre la diplomacia estadounidense. Paralelamente, la confrontación ha producido miles de muertos en distintos teatros, ataques a infraestructura energética del Golfo y una severa alteración del mercado petrolero, lo que demuestra que ya no estamos ante una crisis periférica, sino ante un conflicto con capacidad de irradiación sistémica.
En este marco, AIPAC aparece como un actor central no porque sustituya al Estado norteamericano, sino porque ayuda a estructurar el clima político en que ciertas decisiones se vuelven más plausibles, más financiables y más defendibles. La propia organización se presenta como un movimiento nacional de millones de miembros y reivindica ser el mayor PAC proisraelí de Estados Unidos; además, su agenda pública coloca en el centro el fortalecimiento de la cooperación militar bilateral, el sostenimiento de la asistencia de seguridad a Israel y el endurecimiento de la política frente a Irán. Su portal de recursos recogió recientemente una “AIPAC Statement on U.S. Strikes on Iran”, y en meses previos impulsó memorandos y resúmenes legislativos orientados a reforzar la cooperación defensiva con Israel y a justificar una línea dura frente al programa nuclear iraní.
Desde la teoría del realismo clásico, este fenómeno no debe leerse como una anomalía, sino como una manifestación ordinaria de la lucha por el poder dentro del Estado y entre los Estados. Hans Morgenthau enseñó que la política internacional se mueve por intereses definidos en términos de poder; trasladado al plano doméstico norteamericano, ello significa que la política exterior es también el resultado de coaliciones internas que buscan imponer su definición del interés nacional. AIPAC opera precisamente en ese espacio: no crea por sí sola la razón de Estado, pero compite exitosamente por codificarla en clave de alianza estratégica irrestricta con Israel y de confrontación sostenida con Irán.
Kenneth Waltz permitiría añadir que, en un sistema anárquico, la seguridad tiende a producir conductas de alineamiento y balance. Desde esta óptica, el problema no radica únicamente en el lobby, sino en la inserción de Israel dentro del dispositivo de poder estadounidense en Medio Oriente. Sin embargo, John J. Mearsheimer —especialmente cuando analiza la relación entre grupos de presión y gran estrategia— ofrece una advertencia crucial: cuando la lógica de los intereses sectoriales logra condicionar el debate público, la gran estrategia puede desplazarse desde un cálculo estrictamente nacional hacia compromisos cada vez más costosos. Esa tesis no autoriza simplificaciones mecánicas, pero sí obliga a preguntar si la actual implicación militar norteamericana responde exclusivamente a un interés vital e inmediato de Estados Unidos, o si está mediada también por una estructura política doméstica que penaliza severamente cualquier distancia respecto de la agenda israelí.
El dato político más delicado de esta semana es que la guerra ya está abriendo fisuras en el propio establishment estadounidense. La renuncia del director del National Counterterrorism Center, Joe Kent, en protesta por la guerra y con críticas explícitas a la presión ejercida por Israel y sus aliados en Estados Unidos, revela que el consenso no es monolítico. A ello se suma el debate en las primarias demócratas, donde candidaturas progresistas han cuestionado las donaciones de grupos proisraelíes y de contratistas de defensa. Lo relevante aquí no es la verdad absoluta de cada acusación, sino el hecho de que la guerra ha trasladado al centro del debate estadounidense una cuestión hasta hace poco lateral: hasta qué punto la política hacia Irán se define por inteligencia estratégica autónoma o por una matriz de presión político-financiera extraordinariamente disciplinada.
Desde una perspectiva geopolítica más amplia, Zbigniew Brzezinski y Graham Allison ayudan a entender por qué el dossier iraní no puede separarse de la competencia entre grandes potencias. El Estrecho de Ormuz no es solo un espacio regional; es una arteria de la economía mundial. Por eso Trump intentó involucrar a China en la gestión del conflicto, al tiempo que posponía una visita que debía servir para estabilizar la relación bilateral. El teatro iraní se convierte así en un punto de intersección entre la alianza Washington-Tel Aviv, la seguridad del Golfo, la vulnerabilidad energética de Asia y la transición hegemónica en curso entre Estados Unidos y China. Bajo esa luz, el lobby proisraelí gana peso adicional: influye no solo sobre una disputa regional, sino sobre una decisión que repercute en la arquitectura misma del orden mundial.
Jurídica y constitucionalmente, la cuestión también es de primera magnitud. Toda expansión de la guerra reabre la discusión sobre los límites del poder presidencial, el papel del Congreso en la autorización y supervisión del uso de la fuerza, y la calidad deliberativa de una democracia cuando grupos con alta capacidad de financiamiento y disciplinamiento electoral ocupan una posición privilegiada en la formación de política exterior. El problema no es la existencia del lobby en sí —que forma parte de la libertad de asociación y de petición en una democracia constitucional—, sino la desigualdad material de acceso a la influencia, la opacidad de ciertas cadenas de presión y la posibilidad de que decisiones de guerra adquieran blindaje político antes de ser sometidas a una deliberación pública suficientemente exigente.
Por ello, la tesis de fondo debe formularse con claridad: AIPAC no explica por sí solo la guerra contra Irán, pero sí constituye una pieza de alta densidad en la maquinaria político-estratégica que hace posible su legitimación, su financiación y su reproducción institucional dentro de Estados Unidos. Negarlo sería desconocer la estructura real del poder en Washington; absolutizarlo sería caer en una caricatura analítica. Lo que muestra la actual guerra es algo más complejo y más inquietante: cuando una alianza estratégica se fusiona con un aparato de lobby altamente profesionalizado, una poderosa industria de defensa, una cultura política de excepcionalismo y una coyuntura presidencial propensa a la escalada, el umbral hacia la guerra se reduce y el costo político de la prudencia aumenta.
En definitiva, la guerra en Irán no
solo mide la resistencia del régimen iraní ni la capacidad militar de Estados Unidos e Israel; mide, sobre todo, la forma en que se produce la decisión imperial en una democracia de masas atravesada por intereses organizados. La pregunta decisiva no es simplemente quién dispara, sino quién construye el marco mental, legislativo y electoral que vuelve razonable disparar. Ahí radica la importancia analítica del AIPAC: no como mito omnipotente, sino como institución cardinal de una constelación de poder que hoy empuja a Washington a una guerra cuyas consecuencias pueden desbordar Medio Oriente y acelerar la crisis del orden internacional contemporáneo.
