Por José Manuel Jerez
La intensificación del conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos no constituye un episodio aislado, sino la manifestación más reciente de una reconfiguración estructural del sistema internacional. La evidencia empírica reportada por medios internacionales confirma una escalada militar sostenida que trasciende lo táctico para inscribirse en una lógica sistémica de poder.
Desde la óptica del realismo clásico de Hans Morgenthau, el comportamiento de los Estados en este conflicto responde a una búsqueda permanente de poder como fin en sí mismo. La política internacional, entendida como una lucha por el poder, encuentra en Medio Oriente un escenario paradigmático donde las consideraciones morales o jurídicas quedan subordinadas a imperativos estratégicos.
La ofensiva del eje EE.UU.–Israel y la respuesta iraní mediante misiles y drones reflejan una dinámica de acción-reacción propia de sistemas anárquicos, donde la desconfianza estructural impulsa la escalada. La guerra deja de ser una anomalía para convertirse en una herramienta racional de política exterior.
La lectura geopolítica de Zbigniew Brzezinski permite comprender este conflicto como parte de un tablero más amplio, donde Eurasia constituye el eje estratégico del poder global. Medio Oriente, como nodo energético y geográfico, se convierte en un espacio de disputa indirecta entre grandes potencias.
En este contexto, la posición de China no debe interpretarse como neutralidad, sino como cálculo estratégico. Beijing observa, mide costos y beneficios, y se prepara para capitalizar cualquier debilitamiento relativo de Estados Unidos en la región.
La noción de la “Trampa de Tucídides”, desarrollada por Graham Allison, ilumina el trasfondo estructural de esta crisis. Cuando una potencia emergente desafía a una potencia establecida, el riesgo de conflicto aumenta significativamente. Aunque la confrontación directa aún no se ha materializado, los indicios de tensión sistémica son cada vez más evidentes.
Desde el Derecho Internacional, la situación revela una crisis de eficacia normativa. Los principios de soberanía, no intervención y prohibición del uso de la fuerza se ven desplazados por una lógica de seguridad y supervivencia estatal.
La dimensión energética refuerza el carácter sistémico del conflicto. El Estrecho de Ormuz emerge como punto crítico cuya eventual interrupción tendría efectos devastadores en la economía global, afectando tanto a grandes potencias como a economías dependientes.
En este escenario, Medio Oriente deja de ser un teatro regional para convertirse en un espacio de proyección de poder global. La guerra ya no se explica únicamente por dinámicas locales, sino por la interacción de intereses estratégicos de alcance mundial.
La conclusión es directa y debe ser asumida sin ambigüedades: estamos ya en una fase de pre-guerra sistémica entre Estados Unidos y China, cuyo teatro operativo se despliega, en buena medida, en Medio Oriente. El conflicto Irán–EE.UU.–Israel no es el problema en sí mismo, sino el síntoma visible de una transición hegemónica en curso. La estabilidad internacional posterior a la Guerra Fría ha sido definitivamente erosionada, dando paso a una nueva era caracterizada por la competencia estratégica, la incertidumbre estructural y la creciente probabilidad de confrontación entre grandes potencias.
