Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay que haber vivido alguna vez con una letrina al fondo del patio para entender ciertas frases.
No basta con haber leído sobre la pobreza, ni haberla visto desde la ventanilla de un carro con aire acondicionado.
Hay que haber sentido ese momento en que la dignidad se vuelve un acto cotidiano: caminar de noche, con cuidado de no tropezar, sabiendo que incluso lo más íntimo de la vida tiene un precio que no siempre se puede pagar.
La pobreza no es solo falta de dinero.
Es falta de opciones.
Es falta de distancia.
Es falta de tiempo para equivocarse.
Por eso hay frases que nacen no de los libros, sino de la experiencia acumulada de generaciones enteras. Frases que no buscan ser bellas, sino verdaderas.
Una de ellas —atribuida a Gabriel García Márquez— dice:
“El día que la mierda tenga valor, los pobres nacerán sin culo.”
Dicha así, sin anestesia, parece una grosería. Pero en realidad es una radiografía.
Porque lo que esa frase describe no es la pobreza en sí, sino el mecanismo que la perpetúa: cuando algo adquiere valor, alguien se encarga de que no esté al alcance de todos.
No es la naturaleza la que organiza la desigualdad.
Es la sociedad.
Y sin embargo, en estos tiempos en que todo parece medirse, incluso el afecto ha comenzado a entrar en esa contabilidad invisible.
Hace poco, en un estudio de televisión alguien lo dijo sin rodeos:
“Si un hombre gana menos de 40 mil pesos, no debería pensar en enamorarse.”
La frase no cayó del cielo.
Tampoco es un accidente.
Es la expresión clara de una época que ha decidido que el amor también debe ser solvente.
Que no basta con sentir: hay que poder sostener.
Que no basta con prometer: hay que garantizar.
Y en ese tránsito, casi sin darnos cuenta, el amor —ese viejo territorio libre— ha comenzado a parecerse a un contrato.
Pero la historia, esa vieja que siempre desmiente a las modas, insiste en contar otra versión.
Cuenta que hubo hombres sin camisa que amaron con una intensidad que no cabe en ninguna cuenta bancaria.
Cuenta que hubo mujeres que levantaron familias enteras con la sola fuerza de su ternura.
Cuenta que en los barrios donde faltaba el agua, el amor no faltaba.
Porque el amor, durante mucho tiempo, fue lo único que no se podía privatizar.
Hasta que empezó a costar.
Entonces la frase de Gabriel García Márquez vuelve, como una advertencia que nunca perdió vigencia. No habla del amor, pero lo alcanza. No habla del dinero, pero lo explica.
Habla de poder.
De ese poder silencioso que decide quién entra y quién se queda afuera.
Quién puede estudiar y quién no.
Quién puede curarse y quién debe resignarse.
Quién puede amar sin miedo y quién tiene que calcular cada paso.
Porque cuando la tierra tuvo valor, se cercó.
Cuando la educación tuvo valor, se filtró.
Cuando la salud tuvo valor, se tarifó.
Cuando la tecnología tuvo valor, se restringió.
Y ahora, cuando la estabilidad emocional también empieza a tener precio, se sugiere —con naturalidad inquietante— que el amor debe esperar a que llegue el ingreso correcto.
Pero hay algo que ni la crudeza de aquella frase ni la frialdad de esta lógica logran encerrar del todo.
Porque la historia no es una condena perfecta.
A veces, el pobre se cuela.
A veces rompe el cerco.
A veces aprende, asciende, irrumpe.
A veces convierte su voz en multitud, como ocurrió con José Francisco Peña Gómez, que demostró que la dignidad también puede organizarse.
No siempre gana.
Pero tampoco nace condenado.
Ahí está la fisura que impide que la injusticia sea destino.
Porque si algo se resiste, incluso en las condiciones más adversas, es el amor.
Se cuela por las rendijas.
Aparece donde no hay espacio.
Se sostiene donde no hay garantías.
Pero no vive en el vacío.
Amar en la pobreza no es lo mismo que amar en la abundancia.
No es lo mismo prometer cuando se puede cumplir que cuando todo depende del azar.
No es lo mismo elegir que resistir.
Y en esa diferencia —tan humana como incómoda— se juega el drama de nuestro tiempo.
Entre lo que el ser humano es capaz de sentir…y lo que el sistema le permite sostener.
Entre la ternura que no cuesta…y la vida que sí tiene precio.
Tal vez por eso, la frase más importante no es la más escandalosa, ni la más repetida, sino la que queda flotando después de todas:
Que el mundo todavía no ha aprendido a reconciliar el amor con la economía.
Y mientras no lo haga, seguirá produciendo esa contradicción silenciosa:
Gente que cree que no puede amar porque no tiene dinero…y gente que, sin tener nada, sigue amando como si lo tuviera todo.
Aunque a esas gentes se les tenga, en palabras de Franz Fanon, como a los condenados de la Tierra.
