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Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
La guerra ha entrado en una de esas fases en que las bombas siguen cayendo, pero el lenguaje empieza a cambiar.
Después de semanas de ultimátums, amenazas contra plantas eléctricas, anuncios de nuevas ofensivas y promesas de “aniquilación”, el presidente Donald Trump introdujo de pronto una pausa de cinco días para los ataques estadounidenses contra la infraestructura energética iraní, alegando conversaciones “muy buenas y productivas” con Teherán y la existencia de “puntos mayores de acuerdo”.
Reuters y AP coinciden en que Trump ordenó aplazar los golpes contra la red eléctrica iraní mientras Washington explora una posible salida diplomática, aunque Irán ha negado públicamente que existan negociaciones directas en los términos anunciados por la Casa Blanca.
Ahí está la primera verdad de este momento: la guerra no ha terminado, pero ya no puede seguir presentándose solo como una secuencia de éxitos militares.
La propia administración estadounidense insiste en que sus objetivos están cerca: degradar la capacidad misilística iraní, destruir parte de su base industrial de defensa, anular su fuerza naval y aérea y asegurar que Irán no se acerque al umbral nuclear.
Al mismo tiempo, Washington sigue acumulando fuerza en la región.
Fox News reporta el despliegue adicional de 2,500 marines, unos 3,000 paracaidistas, tres buques anfibios y cerca de 2,000 marineros, mientras CENTCOM afirma haber ejecutado más de 9,000 ataques y haber destruido o dañado más de 140 embarcaciones iraníes desde el inicio de la operación.
Esa combinación de pausa diplomática y refuerzo militar no es contradictoria.
Es precisamente la forma moderna de negociar una guerra: hablar mientras se bombardea, aplazar mientras se despliega, ofrecer una salida mientras se recuerda al adversario que el aparato de destrucción sigue intacto.
Reuters informó además que podrían celebrarse contactos directos entre estadounidenses e iraníes en Islamabad esta misma semana, después de días de mensajes transmitidos por intermediarios como Egipto, Pakistán y varios Estados del Golfo.
Pero el centro real de esta crisis sigue siendo el mismo: el Estrecho de Ormuz.
No porque allí se libre la batalla más espectacular, sino porque allí se juega la economía del mundo.
Reuters señala que el cierre de facto del estrecho y los ataques o amenazas contra la navegación comercial siguen siendo el núcleo de la crisis energética actual, mientras Bahréin ha hecho circular en Naciones Unidas un borrador de resolución que condena los ataques contra buques y autorizaría a los Estados miembros, actuando solos o en asociaciones marítimas multinacionales, a usar “todos los medios necesarios” para garantizar la libertad de navegación.
Eso significa que la guerra está cambiando de naturaleza.
Al comienzo parecía una campaña de castigo contra Irán. Luego se convirtió en una guerra de desgaste regional.
Ahora empieza a parecer una negociación armada sobre el flujo energético mundial.
Trump lo ha dicho sin rodeos: el estrecho tendrá que ser vigilado y “policiado” por otras naciones que lo usan, no por Estados Unidos, aunque Washington ayudaría si se le pide.
Con esa frase, el presidente intenta mover la carga estratégica de la seguridad marítima hacia Europa, Japón, Corea del Sur y las monarquías del Golfo, es decir, hacia quienes dependen más directamente de esa vía para su abastecimiento. Esa línea coincide con la evolución diplomática de los últimos días: varios aliados europeos y asiáticos ya habían expresado disposición a contribuir a los esfuerzos para garantizar el paso seguro por Ormuz.
Sin embargo, la realidad no se deja domesticar tan fácilmente por una frase presidencial.
Por un lado, Trump afirma que podría estarse cerca del fin de las operaciones. Por otro, la administración sigue pidiendo más recursos, reforzando bases y moviendo tropas.
Además, dice que no quiere una guerra interminable.
Por otro lado, el sistema de seguridad occidental empieza a adaptarse a la idea de una vigilancia prolongada del Golfo.
Fox News reporta, además, que el Reino Unido ha reforzado a Chipre con el destructor HMS Dragon y sistemas de defensa aérea adicionales, mientras la embajada estadounidense en Omán llegó a ordenar a sus ciudadanos buscar refugio por la actividad en curso.
A esto se suma un elemento que agrava la niebla de la guerra: la información es contradictoria casi en tiempo real.
Trump asegura que hubo conversaciones directas o al menos sustantivas; la televisión estatal iraní lo niega.
Trump habla de acercarse a una solución “completa y total”; Netanyahu dice que Israel sigue triturando el programa nuclear y misilístico iraní y que continuará golpeando en Irán y el Líbano.
Reuters recoge incluso que el presidente iraní y el primer ministro paquistaní discutieron por teléfono el impacto regional y global de la guerra, mientras Teherán insiste públicamente en negar el formato de negociación descrito por Washington.
Lo que emerge de ese cuadro no es la paz.
Es algo más ambiguo: una fase de tanteo.
Una fase en la que Washington quiere comprobar si puede convertir su superioridad militar en una salida política sin tener que destruir la infraestructura energética iraní, porque sabe que cruzar ese umbral dispararía de nuevo el precio del petróleo y agravaría la presión sobre los mercados.
Reuters informó que las palabras de Trump sobre conversaciones productivas ayudaron temporalmente a aliviar los precios del crudo y a mejorar el ánimo de los mercados financieros, lo que muestra hasta qué punto la guerra ya se negocia también en las pantallas bursátiles.
En el fondo, la situación revela una verdad más grande que esta guerra concreta: el poder militar puede destruir bases, radares, fábricas y buques, pero no basta por sí solo para restaurar la normalidad del sistema.
El flujo del petróleo, la confianza de los armadores, la estabilidad de los seguros, la decisión de un capitán de cruzar o no un estrecho bajo amenaza, todo eso pertenece a otro reino. Al reino de la percepción, del riesgo, de la economía.
Por eso esta pausa de cinco días importa.
No porque garantice nada, sino porque reconoce un límite.
El límite de la fuerza cuando tropieza con la interdependencia.
El límite de la guerra cuando descubre que ganar una campaña no equivale todavía a reabrir el mundo.
Quizás ahí está la clave de todo este episodio: el conflicto puede seguir produciendo destrucción, pero ya ha comenzado a girar alrededor de una pregunta distinta.
No quién puede bombardear más.
- Sino quién puede volver a hacer pasar los barcos.
