Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay guerras que comienzan con y nacen de dos verdades enfrentadas, de percepciones irreconciliables que avanzan paralelas hasta que chocan inevitablemente.
Así está el mundo hoy con Iran.
Porque en este caso conviene empezar por una premisa elemental: el problema no es solo nuclear, ni solo geopolítico, ni solo militar.
El problema es también la utilización sistemática del terrorismo, de la subversión armada y de los grupos proxy como instrumentos ordinarios de su política exterior desde la revolución de 1979.
Ese expediente comienza con la toma de la embajada de Estados Unidos en Teherán en noviembre de 1979, cuando diplomáticos fueron retenidos durante 444 días.
No fue un accidente histórico ni un exceso revolucionario: fue una señal fundacional.
El nuevo régimen estaba dispuesto a romper las reglas básicas del orden internacional para afirmar su poder.
Pero el punto de inflexión más dramático llegó en el Atentado contra los cuarteles de Beirut de 1983. Un camión bomba destruyó el cuartel de los Marines estadounidenses y mató a 241 militares norteamericanos —junto a 58 paracaidistas franceses en un ataque casi simultáneo—. Aquel acto, atribuido a Hezbolá con respaldo iraní, inauguró una nueva era: el terrorismo suicida como arma estratégica de guerra.
Desde entonces, la revolución iraní dejó de ser un fenómeno interno para convertirse en una red de proyección de poder.
Esa red se expandió con los años.
La Guardia Revolucionaria —especialmente su Fuerza Quds— articuló un sistema que conectaba financiamiento, entrenamiento, inteligencia y operaciones.
No se trataba de acciones aisladas, sino de una arquitectura de influencia regional.
En América Latina, esa huella quedó marcada con sangre.
La justicia argentina ha atribuido a Irán la responsabilidad intelectual del atentado en Buenos Aires contra la AMIA en 1994, con 85 muertos, así como el ataque a la embajada de Israel en 1992.
En Arabia Saudita, el atentado de Khobar Towers en 1996, con 19 militares estadounidenses muertos, volvió a mostrar el mismo patrón: actores locales conectados a una red transnacional.
Con el tiempo, el modelo se perfeccionó.
Irán dejó de depender de un solo instrumento y consolidó una constelación completa: Hezbolá en el Líbano, Hamás en Gaza, milicias en Irak, los hutíes en Yemen.
Todos distintos, todos funcionales dentro de una misma lógica.
Ese sistema permite golpear sin exponerse directamente.
Permite negar y actuar al mismo tiempo.
Permite influir sin declarar la guerra.
Durante décadas, esa fue la estrategia dominante: una guerra en la sombra.
Pero esa etapa terminó.
En octubre de 2023, la masacre perpetrada por Hamás contra Israel volvió a poner en evidencia ese ecosistema.
Aunque no exista prueba pública concluyente de una orden directa iraní, sí existe evidencia sostenida de apoyo estructural: financiamiento, entrenamiento, armas, logística.
Y luego vino el cambio decisivo.
A partir de 2024, Irán cruzó una línea histórica que había evitado durante más de cuatro décadas: lanzó ataques directos con misiles y drones contra Israel.
Más de doscientos en una primera oleada, más de ciento ochenta en otra posterior, seguidos de nuevos ataques en 2025 y en el conflicto actual.
Ese paso transforma completamente la naturaleza del enfrentamiento.
Ya no es solo guerra indirecta.
Es confrontación estatal directa, aunque todavía medida.
Irán ha construido, además, una capacidad militar moderna basada en misiles balísticos, drones masivos y estructuras subterráneas diseñadas para resistir ataques.
Al mismo tiempo, mantiene la capacidad de presionar el estrecho de Ormuz, por donde circula una quinta parte del petróleo mundial.
Eso no es solo poder militar.
Es poder económico global.
En paralelo, el expediente nuclear añadió otra capa de tensión.
En 2015, bajo sanciones intensificadas desde 2012 por la administración de Barack Obama, Irán firmó el acuerdo nuclear JCPOA.
Ese acuerdo, respaldado por el Organismo Internacional de Energía Atómica, establecía límites estrictos y verificables.
Durante un tiempo, funcionó.
Pero en 2018, el presidente Donald Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo. Las sanciones regresaron, y el equilibrio comenzó a romperse.
Irán respondió gradualmente:
redujo inspecciones,
limitó la cooperación,
y finalmente superó los límites nucleares pactados.
Así nació la zona gris:
sin transparencia plena, sin ruptura total.
Y en esa ambigüedad creció la desconfianza global.
Aquí aparece el otro elemento esencial: el mundo de las dos verdades.
Para la Unión Europea y la OTAN, Rusia es el agresor en Ucrania.
Para muchos otros actores, el orden internacional refleja también décadas de intervenciones, guerras preventivas y decisiones unilaterales.
Así, lo que para unos es defensa, para otros es agresión.
Lo que para unos es seguridad, para otros es expansión.
Estados Unidos afirma contener amenazas.
Rusia afirma defender su espacio estratégico.
Europa afirma proteger su estabilidad.
Irán afirma resistir un cerco.
Nadie se reconoce como agresor.
Todos actúan como si el otro lo fuera.
Ese es el mecanismo invisible de las guerras modernas.
Pero una verdad no borra la otra.
El expediente iraní —desde 1979 hasta hoy— no es una percepción.
Es una acumulación histórica: secuestros diplomáticos, atentados masivos, redes armadas, financiamiento clandestino, guerra indirecta, y ahora ataques directos con misiles.
Demasiados hechos.
Demasiada continuidad.
Demasiada coherencia estratégica.
Desde el Caribe, desde esta isla que depende indirectamente del petróleo que cruza por Ormuz, la lección es clara.
Las grandes potencias juegan con estrategias; los países pequeños viven las consecuencias.
Sube el combustible.
Se encarece la vida.
Se tensan las economías.
Sin embargo, no participamos en las decisiones.
Esa es la paradoja del mundo actual: las decisiones se toman lejos, pero sus efectos se sienten cerca.
Por eso, más allá de las narrativas, hay una realidad que no puede ocultarse: cuando un Estado convierte el terrorismo, la guerra indirecta y la presión militar en instrumentos permanentes, no solo busca seguridad.
Construye un sistema de poder basado en el miedo.
Esos sistemas, como bien sabemos en la historia dominicana, no desaparecen. Se transforman, se adaptan, se reciclan.
Porque al final, como en los tiempos de Trujillo, muere el hombre…y el sistema se recicla.
Esa es la lección más dura.
También la más útil.
Porque en medio de este mundo de dos verdades, hay una conclusión que no admite discusión: la estabilidad no se importa; se fabrica.
