Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Llegué a Roma en el año 2009 con la conciencia —quizás difusa al principio, pero cada vez más clara con el paso de los días— de que no iba solamente a ocupar un cargo, sino a habitar una historia.
La residencia diplomática que instalé de la calle Via di Porta Angelica 63, 00193 Roma, Italia, frente a la puerta de entrada a la Ciudad del Estado del Vaticano, no era un simple lugar de alojamiento: era un punto de encuentro entre la República Dominicana y una de las ciudades más densas de memoria del mundo.
A tres minutos al doblar de la esquina en Via Rusticucci 14, 00193 Roma Italia 🇮🇹 estuvo la oficina de trabajo del personal diplomático auxiliar que también instalé durante mi gestión.
Antes de 2009 un apartamento distante dos kilómetros incluía ambos oficios.
Desde mi gestión, en la Residencia Diplomática, a escasos pasos de la Plaza de San Pedro, la vida adquiría otro ritmo.
No era el ritmo acelerado de las capitales modernas, sino una cadencia más profunda, casi litúrgica, donde cada jornada parecía inscribirse en una continuidad que venía de siglos.
Roma no se imponía; se insinuaba.
Y la residencia, en ese contexto, se convirtió en una extensión natural de esa experiencia.
El pasillo largo, acompañado por mi biblioteca, con libros incluso enviados a través del Instituto Postal Dominicano por cortesía de Modesto Guzmán, no tardó en convertirse en una especie de columna vertebral de la casa.
No era un simple tránsito entre habitaciones: era un recorrido entre ideas, entre lecturas, entre reflexiones que acompañaban el ejercicio de la diplomacia.
Porque la diplomacia, cuando se ejerce con responsabilidad, no es solo negociación: es también cultura, memoria, comprensión del otro.
En la sala, el parquet reflejaba una elegancia discreta, sin excesos, como corresponde a los espacios donde se recibe con respeto y se conversa con propósito.
Allí se produjeron encuentros, intercambios, silencios significativos.
Muchas veces, más que las palabras, eran las pausas las que revelaban la profundidad de lo que estaba en juego.
Pero aquella casa era también oficina, lugar de trabajo cotidiano donde los asuntos de Estado se entrelazaban con la vida diaria.
Entre esas paredes se redactaron comunicaciones, se prepararon informes y se sostuvieron conversaciones que, aunque discretas, formaban parte del tejido invisible de la diplomacia.
No había separación rígida entre lo oficial y lo personal: ambos mundos convivían con naturalidad.
Era, además, un espacio de encuentros.
Allí llegaban embajadores de distintos países, portadores de sus culturas, de sus intereses, de sus visiones del mundo.
Llegaban también religiosos, hombres de fe que traían consigo la dimensión espiritual que Roma irradia de manera única.
Y, quizás con un significado aún más profundo, llegaban peregrinos dominicanos, compatriotas que encontraban en esa residencia un pedazo de su tierra en medio de la ciudad eterna.
En esos encuentros se tejía algo más que relaciones formales: se construía comunidad, se reafirmaba identidad.
En un rincón recogido, frente a la misma Puerta de Ingreso, el nicho con la imagen de la Virgen de La Altagracia ofrecía un espacio de silencio que contrastaba con la intensidad de la vida diplomática.
Allí, entre una vela encendida y una Biblia, el tiempo parecía detenerse.
Era un recordatorio de que, más allá de las responsabilidades, existe una dimensión interior que da sentido a todo lo demás.
La Bandera Dominicana, presente con dignidad al lado de la Virgen, no era un simple símbolo protocolar.
Era la afirmación cotidiana de una representación.
Allí, en Roma, la patria no era una idea lejana, sino una presencia viva que acompañaba cada gesto, cada palabra, cada decisión.
Con el paso de los años, la residencia dejó de ser un lugar para convertirse en una experiencia.
En sus espacios se cruzaron personas, ideas, momentos que, vistos en conjunto, forman parte de una etapa que no puede reducirse a fechas ni a funciones. Porque hay lugares que, sin proponérselo, terminan siendo testigos de procesos interiores.
Desde 2009, esa casa en la Via di Porta Angelica no fue solamente una residencia diplomática. Fue, en muchos sentidos, una escuela silenciosa.
Allí se aprendía —a veces sin darse cuenta— que representar a un país implica también representarse a uno mismo, con sus convicciones, sus límites y su historia.
Y al mirar atrás, uno comprende que no fue solo Roma la que dejó su huella en la residencia.
Fue también la residencia la que, de algún modo, permitió comprender a Roma.
Porque en esa convivencia entre espacio, tiempo y responsabilidad, el hombre descubre algo esencial: que toda misión verdadera es, al mismo tiempo, un viaje interior.
