Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay imágenes que no se olvidan.
No porque sean exactas, sino porque expresan con fuerza lo que muchos sienten y no siempre logran decir. Una de ellas es esta: la de un martillo golpeando una roca.
El martillo insiste.
La roca resiste.
Y en ese choque —repetido, ruidoso, persistente— no solo se mide la fuerza de quien golpea, sino la naturaleza de aquello que recibe el golpe.
En estos tiempos, muchos perciben que algo parecido ha ocurrido dentro de la Iglesia.
Que no han sido ataques externos —que siempre los ha habido— sino tensiones internas, palabras ambiguas, gestos desconcertantes, decisiones que parecieron abrir grietas donde antes había continuidad. Como si, desde dentro, se hubiese golpeado la roca que durante siglos ha sostenido la fe de millones.
Y es comprensible que esa percepción despierte inquietud.
Porque la Iglesia no es una institución cualquiera. No es solo una organización histórica ni un cuerpo administrativo. Es, para los creyentes, una realidad espiritual fundada sobre una promesa que atraviesa los siglos.
Una promesa que no pertenece a los hombres, sino a algo que los trasciende.
Por eso, cuando surgen momentos de confusión, cuando las palabras parecen contradecir la tradición o cuando los gestos generan más preguntas que respuestas, la reacción no es simplemente intelectual: es existencial.
Se siente como si el suelo mismo se moviera.
Y sin embargo, la historia enseña algo que a veces olvidamos.
No es la primera vez.
Antes hubo crisis más profundas, divisiones más dramáticas, errores más graves. Hubo momentos en que la autoridad se confundió, en que las voces se enfrentaron, en que la claridad pareció desaparecer. Y, sin embargo, la estructura esencial permaneció.
No intacta en su forma —porque la historia siempre deja huellas—, pero sí en su núcleo.
Porque la roca de la que habla el Evangelio no es una metáfora frágil. No depende de la perfección de quienes la sirven, ni de la coherencia absoluta de cada época. Está sostenida por algo que no se agota en los hombres.
Ahí está el punto decisivo.
Los hombres pueden golpear.
Pueden confundir.
Pueden incluso desorientar.
Pero no pueden destruir aquello que no les pertenece.
Y esa es, tal vez, la lección más difícil de aceptar en tiempos de crisis: que la debilidad humana no invalida la promesa, aunque la opaque; que la confusión no equivale a la ruina, aunque la haga parecer cercana.
Decir que se han abierto puertas a la confusión no es necesariamente negar la fe. Puede ser, en muchos casos, una forma de expresar la tensión entre lo que se espera y lo que se percibe.
Pero hay una línea que conviene no cruzar: la que transforma la crítica en desesperanza.
Porque la desesperanza, a diferencia de la crítica, no corrige: disuelve.
Y la fe —si ha de ser fiel a sí misma— no puede fundarse en la idea de que todo depende de los hombres.
Al contrario.
Se sostiene precisamente en lo contrario: en que, incluso cuando los hombres fallan, hay algo que permanece.
Por eso las palabras atribuidas a Jesús han atravesado los siglos con una fuerza singular. No como consuelo fácil, sino como afirmación radical: que la fragilidad humana no tiene la última palabra.
Tal vez hoy, más que nunca, esa afirmación vuelve a cobrar sentido.
No para negar los problemas.
No para silenciar las inquietudes.
Sino para ponerlas en perspectiva.
Porque el martillo puede hacer ruido.
Puede incluso levantar polvo.
Puede dar la impresión de que algo se quiebra.
Pero la roca —cuando es roca— no se destruye con golpes.
Permanece.
- Y en esa permanencia, silenciosa pero firme, se juega la diferencia entre lo que pasa… y lo que queda.
