Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En Italia, como en Estados Unidos con el caso de Jeffrey Epstein, hay historias que no terminan cuando se apagan las luces.
Historias que sobreviven en los archivos judiciales, en las interceptaciones telefónicas, en los testimonios fragmentados y en las páginas de los diarios.
Tanto en el universo de Epstein como en el de las “cene eleganti” de Arcore, el poder creó espacios privados donde el dinero, la influencia y la intimidad se entrelazaron de forma inquietante.
Pero mientras el caso Epstein fue investigado principalmente como una red de explotación sexual con ramificaciones internacionales, el fenómeno italiano derivó hacia una compleja trama donde la política, el espectáculo y la justicia se confundieron en un mismo escenario.
El llamado caso del “bunga bunga” —expresión vulgar que simplificó lo que en realidad eran reuniones privadas en la residencia de Arcore— tuvo como figura central a Silvio Berlusconi.
Sin embargo, como ocurre en toda estructura de poder, el centro no se sostiene solo.
A su alrededor se movía un sistema articulado de intermediación, donde destaca Nicole Minetti, ex consejera regional de Lombardía, identificada en sentencias como facilitadora de contactos y organizadora de presencias en esas veladas.
Los procesos judiciales —Ruby, Ruby bis y Ruby ter— no fueron una única narrativa, sino capas sucesivas de una misma historia.
En las primeras fases, la atención se concentró en la figura de Karima El Mahroug y en las acusaciones de prostitución, incluida la polémica sobre su minoría de edad. Pero en la fase denominada Ruby ter, como documentó Il Fatto Quotidiano el 24 de marzo de 2015, la investigación giró hacia una dimensión más sofisticada: la posible corrupción en actos judiciales, es decir, la hipótesis de que algunas de las participantes habrían recibido dinero o beneficios a cambio de su silencio o de declaraciones favorables.
Es en ese punto donde los nombres dejan de ser figuras mediáticas y adquieren densidad jurídica. Entre ellos emerge con claridad una dominicana: Aris Espinosa.
El expediente citado por Il Fatto Quotidiano es inequívoco: aparece entre las jóvenes con mayor número de presencias en Arcore, participa en desplazamientos organizados y figura en interceptaciones telefónicas. En una de ellas, se refiere a Berlusconi como “Papi” o incluso “nano malefico”, un lenguaje que revela la cercanía con un entorno donde el poder se convierte en intimidad y la intimidad en rutina.
La investigación también describe mecanismos de coordinación entre las jóvenes, incluyendo grupos en redes sociales utilizados para comunicarse y organizar encuentros. Esa dimensión organizativa introduce un elemento fundamental: lo que parecía un conjunto de fiestas aisladas revela una continuidad, una estructura de relaciones sostenida en el tiempo.
En ese mismo universo aparece la segunda dominicana, durante años mencionada de forma imprecisa como “María Esther”, pero identificada con nombre completo por La Repubblica como Maria Esther Garcia Polanco, conocida como Marysthelle Polanco.
La prensa italiana la presenta como una de las asistentes más habituales a las veladas de Arcore, una presencia constante en ese microcosmos donde la política se mezclaba con lo privado.
Il Fatto Quotidiano la describe en 2012 como una de las favoritas del entorno de Berlusconi, señalando que en interceptaciones telefónicas lo llamaba “amore” y que Minetti le pedía que llevara “alguna amiga linda” a las reuniones. Esa frase, aparentemente trivial, deja entrever la lógica de reclutamiento informal que operaba dentro del sistema.
El cuadro se amplía con otros nombres recurrentes en los actos judiciales y en la cobertura mediática: Barbara Guerra, Alessandra Sorcinelli, Eleonora De Vivo, Imma De Vivo, Linsey Dawn McKenzie, entre otras. Muchas de ellas fueron denominadas por la prensa como las “olgettine”, en referencia a su residencia en la zona de Olgettina, en Milán. No todas fueron condenadas, no todas resultaron culpables en términos jurídicos, pero todas formaron parte de ese entorno que la fiscalía intentó reconstruir.
Un elemento particularmente revelador, subrayado por La Repubblica en marzo de 2015, es el uso de datos de telefonía móvil para rastrear presencias en Arcore. A través del análisis de las celdas telefónicas, los investigadores reconstruyeron patrones de visitas repetidas. En ese contexto, Aris Espinosa aparece con decenas de presencias registradas, confirmando su cercanía operativa al entorno.
Sin embargo, como en el caso Epstein, la historia no culmina en una verdad única y cerrada. Años después, según informaron tanto La Repubblica como Il Fatto Quotidiano, la evolución judicial del caso Ruby llevó a anulaciones parciales, prescripciones y nuevos procesos de apelación. Algunas acusaciones por falsa testificación quedaron extinguidas por el paso del tiempo; otras, relacionadas con corrupción en actos judiciales, continuaron en tribunales superiores. La verdad judicial, así, quedó fragmentada.
Y sin embargo, más allá de las sentencias, persiste la estructura. Un sistema donde el poder político generaba espacios privados de interacción; donde jóvenes —italianas y extranjeras— eran incorporadas a ese entorno; donde circulaban dinero, favores y promesas; y donde esas mismas relaciones se trasladaban luego al terreno judicial, donde el silencio podía convertirse en valor.
Italia observó ese fenómeno con una mezcla de fascinación, indignación y fatiga. Los diarios —Il Fatto Quotidiano, La Repubblica, Corriere della Sera— no solo informaron: reconstruyeron, capa por capa, una realidad que parecía inverosímil y que, sin embargo, estaba sostenida por miles de páginas de documentos judiciales.
Hoy, cuando aparece una noticia como el indulto a Nicole Minetti por razones humanitarias, firmado por Sergio Mattarella, la tentación es simplificar la historia en un juicio moral inmediato. Pero tanto en Italia como en el caso Epstein, la realidad es más compleja: no se trata solo de escándalos sexuales, sino de sistemas donde el poder se protege, se reproduce y, a veces, logra diluir sus propias responsabilidades.
Y en ese retrato, los nombres —Aris Espinosa, Maria Esther Garcia Polanco, Nicole Minetti— no son simples anécdotas. Son fragmentos de una historia mayor, donde la verdad no siempre se presenta como una sentencia definitiva, sino como un mosaico de indicios, documentos y silencios. Un eco persistente, que aún resuena, tanto en Arcore como en las sombras más amplias del poder global.
