Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En Roma, cuando el eco de los escándalos ya no hacía ruido en los titulares pero seguía vivo en los archivos, una tercera dominicana —sin nombre en expedientes ni en sentencias— defendía su honor con una frase sencilla, casi frágil: había estado allí, sí, en una de aquellas cenas de Arcore, pero “no hizo nada malo”.
En esa frase, dicha como quien se protege del juicio invisible, se condensa toda la ambigüedad moral de una época en la que el poder, el dinero y la intimidad se confundieron hasta borrar sus propias fronteras.
Ella No era la única. Otras dos dominicanas —Aris Espinosa y Maria Esther García Polanco— sí quedaron registradas en las reconstrucciones judiciales y en las crónicas de la prensa italiana.
Sus nombres aparecieron en investigaciones vinculadas a las llamadas “cene eleganti”, ese universo nocturno que giraba alrededor de la figura de Silvio Berlusconi cuando su poder político comenzaba a resquebrajarse bajo el peso de los tribunales y del escrutinio público.
Italia, como Estados Unidos en el caso de Jeffrey Epstein, conoció una verdad incómoda: que existen espacios donde el poder construye su propia privacidad, donde las reglas comunes se suspenden y donde el dinero actúa como contraseña de acceso.
Pero si el caso Epstein fue investigado como una red internacional de explotación sexual con ramificaciones profundas, el fenómeno italiano tomó otra forma: una mezcla inquietante de espectáculo, política y justicia, donde todo parecía permitido y nada terminaba de aclararse del todo.
El llamado “bunga bunga” —expresión vulgar que redujo a caricatura lo que en realidad fue una estructura compleja— tuvo su epicentro en la residencia de Arcore en Milano.
Allí, según documentaron medios como La Repubblica, Corriere della Sera y Il Fatto Quotidiano, se celebraban reuniones privadas descritas como “cene eleganti”, aunque esa elegancia se diluía rápidamente en una atmósfera de provocación, erotismo y transgresión.
No eran encuentros improvisados.
Existía organización, mediación, selección.
Y en ese engranaje aparece una figura clave: Nicole Minetti, señalada por la fiscalía como intermediaria, encargada de reclutar jóvenes, coordinar presencias y sostener la mecánica de aquellas noches.
Un sistema que no se limitaba a la fiesta, sino que continuaba en llamadas, encuentros posteriores y —según la hipótesis de los investigadores— transferencias económicas.
Las mujeres que orbitaban ese mundo fueron bautizadas por la prensa como “olgettine”, en referencia a la vía Olgettina de Milán.
Entre ellas, nombres que se repiten en los documentos: Barbara Guerra, Alessandra Sorcinelli, Eleonora De Vivo, Imma De Vivo.
Y entre esas identidades italianas y extranjeras, las dominicanas Aris Espinosa y Maria Esther García Polanco, cuya presencia fue reconstruida a través de interceptaciones telefónicas, registros de desplazamientos y análisis de comunicaciones.
No eran culpables en sentido jurídico todas las que participaron.
Esa es una precisión esencial. Muchos procesos terminaron en absoluciones, prescripciones o fragmentaciones judiciales.
Pero el fenómeno existió, y su estructura quedó al descubierto: jóvenes atraídas por la promesa de ascenso social, visibilidad o proximidad al poder; un entorno donde el cuerpo se convertía en moneda simbólica; y un sistema donde la cercanía podía traducirse en beneficios, favores o expectativas.
Las crónicas hablan de actuaciones provocativas, de juegos de roles, de una atmósfera donde la sexualidad no era marginal, sino central.
Pero lo verdaderamente significativo no está en los detalles escabrosos —que la prensa ya se encargó de amplificar— sino en la lógica del poder que los sostenía.
Porque lo que se revela no es solo un exceso, sino un mecanismo: la creación de espacios cerrados donde la influencia política y económica redefine las reglas del comportamiento humano.
Como en el caso Epstein, la historia no concluye con una sentencia definitiva.
Quedan vacíos, silencios, zonas grises.
La justicia llega hasta donde puede, pero no siempre logra capturar la totalidad del fenómeno.
Sin embargo, lo que permanece es la estructura: un sistema de relaciones donde el poder crea su propia intimidad y donde esa intimidad, tarde o temprano, termina expuesta.
Italia no olvidó Arcore.
No podía hacerlo.
No porque se tratara simplemente de un escándalo sexual, sino porque en esas noches se reveló algo más profundo: la fragilidad de las fronteras entre lo privado y lo público cuando el poder se siente impune.
Y en ese espejo —donde se reflejan Jeffrey Epstein y Silvio Berlusconi, Estados Unidos e Italia, riqueza y política— aparecen también, discretas pero reales, las huellas dominicanas.
Nombres documentados, como Aris Espinosa y Maria Esther García Polanco.
Y una voz anónima, casi perdida en Roma, que insiste en sobrevivir al juicio de la historia: estuvo allí, sí… pero no hizo nada malo.
