Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En una madrugada de lluvias, despierto por el torrente de las aguas, leí un titular que parecía inocente, casi rutinario, pero que en realidad contenía toda la confusión de nuestro tiempo: “La guerra de Israel”.
Sin embargo, no.
No es la guerra de Israel.
Es la guerra —larga, obstinada, cambiante— contra Israel.
Una guerra que no empezó ayer con los misiles que cruzan el cielo del sur del Líbano, ni con las tensas conversaciones en Islamabad que nacen muertas, ni siquiera con los anuncios altisonantes que vienen y van desde Washington.
Es una guerra que empezó en 1948, cuando el nacimiento del Estado judío fue recibido no como una realidad política a negociar, sino como una anomalía histórica que debía ser corregida.
Desde entonces, Oriente Medio no ha vivido en paz, sino en una sucesión de pausas entre conflictos.
Primero fueron los ejércitos regulares, columnas de tanques y soldados avanzando sobre mapas recién dibujados; después, las guerras convencionales que dejaron cicatrices en el desierto; más tarde, las guerrillas, el terrorismo, las intifadas que trasladaron el combate a las calles y a la vida cotidiana.
En este siglo, las guerras se han vuelto más difusas, más persistentes: milicias que no son Estados pero actúan como tales, cohetes lanzados desde la sombra, arsenales enterrados bajo pueblos enteros, y una red de poder que conecta Gaza, el sur del Líbano y Teherán como si fueran estaciones de una misma línea invisible.
En ese entramado, Irán aparece como la sombra más constante, no solo por su capacidad militar, sino por haber convertido la desaparición de Israel en una idea que trasciende la coyuntura y se instala en la estrategia.
Ya no se trata únicamente de territorios o de acuerdos incumplidos, sino de algo más profundo: la disputa sobre la legitimidad misma de un Estado.
Por eso, cuando hoy se habla de “la guerra de Israel”, se comete una simplificación que desfigura la realidad. Porque se sugiere que Israel es el origen de la guerra, cuando en verdad es también su consecuencia. Israel combate, sí; pero también resiste. Actúa, pero también reacciona. Y en ese vaivén, casi trágico, se mueve toda la historia reciente de la región.
El escenario actual lo confirma. Ya no es solo Gaza. Es el Líbano, donde Hezbollah mantiene una presión constante sobre la frontera norte.
Es Irán, con su programa nuclear y su capacidad misilística, convertido desde hace décadas en el eje de la preocupación estratégica israelí. Y es Estados Unidos, cuya presencia no solo influye, sino que termina por definir el equilibrio de poder.
En ese tablero, Benjamin Netanyahu aparece como una figura que no improvisa.
Lleva más de treinta años señalando el peligro iraní, como quien repite una advertencia que el tiempo termina por convertir en destino.
Su insistencia no ha sido retórica: ha logrado arrastrar a Washington hacia una confrontación que, para él, no es circunstancial, sino histórica.
La idea es clara, casi obsesiva: la amenaza contra Israel no está solo en sus fronteras, sino en la arquitectura regional que lo rodea.
Pero la historia, como siempre, es más compleja que las estrategias.
Estados Unidos busca estabilidad, o al menos la ilusión de control: que el petróleo fluya, que el estrecho de Ormuz no se convierta en un cuello de botella del mundo, que la guerra no se desborde más allá de lo manejable.
Israel, en cambio, busca otra cosa: debilitar de manera decisiva a sus adversarios, aun a costa de prolongar el conflicto. Europa observa con inquietud, China mide cada paso, Rusia espera su momento.
Mientras tanto, la región arde como si el fuego hubiera encontrado su propio equilibrio.
El Líbano es hoy el espejo de esa realidad. Se anuncian treguas que no terminan de existir, se abren conversaciones que no logran cerrarse, y en el sur los bombardeos continúan como si obedecieran a una lógica distinta, más profunda, más antigua.
Hezbollah responde con cohetes, Israel ajusta sus objetivos, y la población civil queda atrapada en un ciclo que ya ha dejado miles de muertos y cerca de un millón de desplazados.
La guerra, como tantas veces en Oriente Medio, no avanza ni retrocede: persiste.
Sin embargo, lo más revelador ocurre lejos del campo de batalla. Por primera vez en esta crisis, Israel no estuvo en la mesa principal donde se discutían los términos del conflicto.
Un detalle aparentemente técnico, pero cargado de significado. Porque sugiere que, al final, las decisiones no se toman en Jerusalén, sino en Washington.
Todos lo saben, aunque no siempre lo digan.
Desde el soldado que vigila la frontera hasta el dirigente que traza la estrategia, existe una conciencia silenciosa: quien fija el límite es Estados Unidos. Y cuando decide que la guerra debe terminar, termina. No antes.
Pero Netanyahu no parece dispuesto a esperar ese momento.
Para él, esta no es una guerra más, sino la guerra que lleva décadas anunciando. El intento de cerrar un ciclo histórico.
El problema es que la realidad no ha respondido como prometían los cálculos: Irán no ha caído, su programa nuclear sigue en pie, y el régimen, lejos de debilitarse, parece encontrar en la presión externa una razón adicional para consolidarse.
Entonces aparece la política, siempre implacable. Israel se acerca a elecciones, y toda guerra necesita una victoria que contar.
Cuando esa victoria no es clara, la guerra se prolonga. Y cuando se prolonga, se vuelve cada vez más difícil de explicar.
Desde la oposición, voces como la de Yair Lapid han hablado de “desastre diplomático”. No es una frase lanzada al azar. Es el síntoma de una inquietud más profunda: la posibilidad de que Israel esté perdiendo terreno no en el campo militar, sino en el político.
Sin embargo, nada de eso altera el fondo.
Porque más allá de los nombres, de las estrategias, de las coyunturas, hay una constante que no ha cambiado desde 1948: Israel sigue siendo, para muchos en la región, una realidad no aceptada. Y mientras esa condición persista, las guerras podrán detenerse, pero el conflicto continuará.
Esa es la tragedia verdadera de Oriente Medio. No es solo una lucha por territorio o poder. Es una lucha por reconocimiento. Y cuando el reconocimiento no existe, la paz se convierte en un intervalo, en una pausa frágil, en una ilusión que se rompe con el primer disparo.
Por eso, conviene repetirlo, como quien insiste en una verdad que el ruido intenta borrar:
No es la guerra de Israel.
Es la guerra contra Israel.
Y mientras esa guerra —la de fondo, la histórica, la que nunca se ha resuelto— siga viva, cada tregua será apenas un respiro, cada negociación un intento, y cada nueva explosión el recordatorio de que, en esa tierra, la historia no termina nunca: solo cambia de forma.
