Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En el año 2025 el mundo alcanzó una cifra que, en otros tiempos, habría convocado a la humanidad entera en un mismo gesto de memoria: ochenta años del final de la Segunda Guerra Mundial.
Ochenta años desde aquel momento en que los pueblos, exhaustos de muerte, quisieron creer que habían aprendido algo definitivo sobre el precio de la guerra.
Pero el mundo de hoy no celebra: calcula.
No conmemora: se reposiciona.
Yo esperaba grandes actos en Estados Unidos, en Francia, en el Reino Unido, en Rusia, en China.
Esperaba ver, aunque fuese por un instante, la reconstrucción simbólica de aquella alianza improbable que derrotó al totalitarismo nazi y fascista.
Pero la historia no se repite: se reorganiza.
Las conmemoraciones más visibles ocurrieron en Asia, en la República Popular China, con la presencia de líderes de China, Rusia y otras naciones alineadas en un eje distinto al de Occidente.
No era un homenaje al pasado: era un mensaje sobre el presente.
Los que una vez estuvieron juntos, hoy se miran con desconfianza.
La ruptura no es ideológica como en el siglo XX.
Es estratégica.
Hoy el mundo se divide menos por doctrinas y más por intereses: energía, tecnología, rutas marítimas, acceso a recursos críticos.
La geopolítica ha reemplazado a la ideología como lenguaje dominante.
El conflicto en torno al Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz —donde se cruzan amenazas, advertencias militares y cálculos energéticos— es la expresión más clara de esta nueva tensión global.
No es una guerra declarada, pero tampoco es paz.
Es un equilibrio inestable.
China necesita que fluya el petróleo.
Europa necesita estabilidad sin involucrarse plenamente.
Rusia observa y calcula.
Estados Unidos proyecta poder para evitar que el sistema global se fracture bajo presión.
Nadie quiere la guerra total.
Pero todos se preparan para escenarios que la hagan posible.
Así se parece peligrosamente el presente al pasado.
La Primera Guerra Mundial también comenzó en un mundo interconectado, donde las economías estaban entrelazadas y donde nadie creía realmente en un conflicto prolongado.
Sin embargo, ocurrió.
Las guerras no siempre empiezan cuando se declaran.
A veces comienzan cuando los equilibrios dejan de sostenerse.
Hoy, además, hay un elemento nuevo que multiplica el riesgo: la tecnología.
No solo la tecnología militar, sino la digital, la informativa, la energética.
El poder ya no se mide únicamente en ejércitos, sino en algoritmos, redes, inteligencia artificial, control de datos y dominio de infraestructuras críticas.
La competencia tecnológica no une al mundo: lo fragmenta.
Divide alianzas, redefine dependencias, crea nuevas formas de dominación silenciosa.
Al mismo tiempo, acelera la velocidad de los conflictos, haciendo más difícil contenerlos.
En medio de todo esto, los ciudadanos comunes siguen siendo espectadores de decisiones que no controlan.
No diseñan estrategias.
No negocian treguas.
No deciden bloqueos ni sanciones.
Solo viven sus consecuencias.
O sobreviven a ellas.
O, en el peor de los casos, desaparecen dentro de ellas.
Se les concede, de vez en cuando, una boleta electoral.
Pero esa boleta ya no compite solamente con ideas: compite con narrativas, con propaganda, con tecnología que moldea percepciones a una velocidad que supera la reflexión.
La democracia misma entra en tensión con los instrumentos que pretende utilizar.
Sin embargo, la esperanza persiste.
Después de 1945, el mundo intentó organizar esa esperanza creando la Organización de las Naciones Unidas.
Una estructura imperfecta, limitada, muchas veces paralizada por los intereses de las grandes potencias, pero que aún resiste como espacio de diálogo en medio del ruido.
Hoy su papel es más difícil que nunca.
Porque el mundo no está dividido en dos bloques, como durante la Guerra Fría, sino en múltiples centros de poder que se cruzan, se superponen y, a veces, se contradicen.
Es un sistema más complejo.
Por eso, más inestable.
Quienes hemos vivido en este largo período posterior a 1945 seguimos aferrados a una idea que parece cada vez más frágil: que la paz puede sostenerse.
No una paz perfecta.
No una paz definitiva.
Sino una paz suficiente.
Suficiente para que los pueblos vivan, trabajen, construyan, esperen.
Pero esa paz ya no depende solo de evitar guerras.
Depende de gestionar tensiones permanentes.
Depende de evitar que los conflictos latentes —energéticos, tecnológicos, estratégicos— crucen el umbral de lo irreversible.
Ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad no ha olvidado la guerra.
Ha aprendido a convivir con su posibilidad.
Ese aprendizaje —silencioso, incompleto, peligroso— es el verdadero signo de nuestro tiempo.
