Por José Manuel Jerez
Víctor Grimaldi ha decidido incursionar en un terreno peligroso: el de la reconstrucción selectiva de la historia. Su artículo pretende revestirse de objetividad académica, pero en realidad constituye un sofisticado ejercicio de revisionismo político dirigido a absolver a los verdaderos responsables de la destrucción del Partido de la Liberación Dominicana y, de paso, construir una narrativa favorable a la prolongación del actual oficialismo.
Su tesis central es falsa.
No fue Leonel Fernández quien destruyó al PLD.
La ruptura del partido fundado por Juan Bosch fue consecuencia de la imposición, del abuso del poder, de la utilización de los recursos del Estado en las luchas internas, del irrespeto personal y de la degradación de las normas de convivencia partidaria.
Grimaldi incurre en una manipulación histórica cuando presenta a Gonzalo Castillo como un candidato legítimamente vencedor en unas primarias normales.
No.
Lo ocurrido el 6 de octubre de 2019 constituye uno de los episodios más traumáticos de la historia política contemporánea dominicana.
Aquellas primarias estuvieron rodeadas de denuncias de utilización abusiva de los recursos estatales, participación masiva de funcionarios públicos, compra de votos, movilización irregular de electores y prolongación de las votaciones mucho más allá del horario legalmente establecido. Diversos sectores denunciaron que se continuó votando entrada la noche y durante la madrugada, en abierta contradicción con el principio de certeza electoral. Incluso informes de observación cuestionaron la utilización del aparato gubernamental y el desequilibrio existente en favor del candidato oficialista.
Por consiguiente, presentar aquel proceso como una simple competencia interna perdida por Leonel Fernández constituye una falsificación de la realidad.
Leonel Fernández no fue derrotado políticamente.
Leonel denunció un proceso cuya legitimidad estaba severamente cuestionada.
Y la historia posterior terminó dándole la razón.
Porque si algo quedó demostrado es que el danilismo convirtió el Estado en una maquinaria electoral y subordinó el partido a un proyecto personal de poder.
La verdadera ruptura del PLD no comenzó en octubre de 2019.
Comenzó en 2015, cuando se reformó la Constitución para satisfacer las aspiraciones reeleccionistas de Danilo Medina.
Comenzó cuando se sustituyó la institucionalidad por la lógica del control absoluto.
Comenzó cuando se pretendió imponer una sucesión desde el poder utilizando todos los recursos disponibles.
Fue ahí donde se quebró la confianza.
Fue ahí donde se rompió el pacto político interno.
Fue ahí donde nació la crisis.
Leonel Fernández no abandonó al PLD.
Fue el PLD de Danilo Medina el que abandonó los principios boschistas.
Fue el danilismo quien rompió el equilibrio interno.
Fue el danilismo quien convirtió una organización de cuadros en una estructura sometida al poder gubernamental.
Fue Danilo quien, no obstante lo pactado en aras de la unidad, pretendió desconocer lo pactado.
Por eso resulta intelectualmente deshonesto afirmar que la Fuerza del Pueblo nació por una rabieta personal o por una incapacidad para aceptar una derrota.
No.
La Fuerza del Pueblo nació como una respuesta política frente a la pérdida de legitimidad interna del PLD y frente a la imposición de una candidatura cuya legalidad formal nunca logró disipar las profundas dudas políticas y morales que rodearon aquel proceso.
Pero la manipulación de Grimaldi no termina ahí.
Su verdadero propósito consiste en presentar al PRM como una organización destinada naturalmente a gobernar durante dieciséis años.
El argumento es tan ingenuo como propagandístico.
El PRM todavía no ha enfrentado su verdadera prueba.
La unidad es fácil cuando existe un Presidente con poder para arbitrar, distribuir posiciones y mantener cohesionados los intereses en competencia.
La verdadera prueba llegará cuando el poder sucesorio deje de estar concentrado en Luis Abinader.
Entonces veremos si las ambiciones de los distintos grupos conviven pacíficamente o si afloran las contradicciones inevitables de toda organización política.
Grimaldi pretende vender como certeza histórica lo que apenas constituye una especulación.
Confunde deseos con realidades.
Confunde propaganda con análisis.
Confunde sucesión con legitimidad.
La historia dominicana demuestra exactamente lo contrario de lo que él sostiene.
Los partidos no permanecen en el poder porque administren correctamente sus candidaturas.
Permanecen mientras conserven la confianza del pueblo.
Y cuando la sociedad concluye que un ciclo histórico se agotó, ninguna fórmula de mercadeo político puede detener el cambio.
La historia no absolvió al PRD.
La historia no absolvió al PLD.
Y tampoco absolverá al PRM.
Por eso resulta prematuro hablar de ocho años adicionales de poder.
Las elecciones de 2028 no serán un concurso de simpatías ni una operación de imagen.
Serán un juicio político sobre ocho años de gestión.
Y será el pueblo dominicano quien decidirá si desea continuidad o rectificación.
Lo que sí quedará para la historia es una verdad que Víctor Grimaldi intenta ocultar:
Leonel Fernández no destruyó el PLD.
Lo destruyeron quienes, cegados por la ambición de perpetuarse, sacrificaron la institucionalidad, utilizaron el poder del Estado para imponer una sucesión y terminaron destruyendo desde dentro la obra política más formidable construida por Juan Bosch en el siglo XX.
La historia podrá ser interpretada.
Pero no puede ser falsificada.
