Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Hay historias que se cuentan como si hubiesen terminado, pero en realidad siguen abiertas.
La de los llamados muchachos de la democracia es una de ellas.
No porque ignoremos lo que hicieron, sino porque todavía no terminamos de entender todo lo que quedó sin hacerse, sin decirse, sin explicarse.
A veces la historia no avanza por las respuestas que ofrece, sino por las preguntas que se atreve a formular.
¿Y cuáles son esas preguntas?
¿Por qué José Francisco Peña Gómez sacó de la boleta electoral a Hipólito Mejía en 1994?
¿Por qué lo volvió a sacar en 1996?
¿Por qué, en medio de una crisis de legitimidad que abría múltiples caminos, no se impuso una figura de transición como Álvarez Bogaert para encabezar una salida de consenso?
¿Por qué Juan Bosch y Joaquín Balaguer terminaron apoyando a Leonel Fernández en 1996?
¿Sabían —o comprendían en toda su dimensión— que Bosch y Balaguer ya habían ensayado, desde 1986, una lógica de entendimiento político cuyo efecto concreto era desplazar del poder al partido de Peña Gómez?
¿Han leído el informe de Jimmy Carter sobre las elecciones de 1990, ese documento que, con elegancia diplomática, dejó sembrada una duda que todavía hoy no termina de disiparse?
Estas preguntas no son caprichosas.
Son incómodas.
Y precisamente por eso son necesarias.
Porque hay países cuya democracia no nació sentada en una mesa de juristas, sino temblando.
La dominicana es una de ellas.
Aquí la libertad no llegó como una cortesía de la historia, sino como una conquista trabajosa, empujada por muertos, exiliados, perseguidos, civiles valientes y también, en momentos decisivos, por hombres de uniforme que comprendieron que la obediencia no podía seguir siendo un pretexto para servir al abuso.
Por eso el tema de los llamados muchachos de la democracia no es un simple episodio de intriga militar ni una curiosidad bibliográfica.
Es una ventana a uno de esos momentos en que la República Dominicana volvió a mirar el abismo y decidió, con dificultad, no caer en él.
El libro del general retirado José Miguel Soto Jiménez, comentado por Leonel Fernández, recupera precisamente ese instante: el surgimiento de un núcleo de oficiales jóvenes que, ante el recuerdo fresco del trauma electoral de 1990, se propuso impedir que la voluntad popular volviera a ser burlada en 1994.
Pero ahí comienza también la zona gris.
Porque no se trataba de un grupo golpista en el sentido clásico.
Era algo más complejo: una anomalía dentro del aparato armado que pretendía corregir una anomalía mayor, la de un sistema político cuya credibilidad se había resquebrajado.
Y cuando un país llega a ese punto, las decisiones dejan de ser puramente institucionales y pasan a ser históricas.
En 1994 no estaba en juego únicamente una candidatura.
Estaba en juego si la República Dominicana podía seguir llamándose democracia sin resolver de una vez por todas la sospecha de que las urnas podían ser corregidas por manos invisibles.
En ese clima surgieron aquellos oficiales jóvenes.
Pero su sola existencia nos obliga a volver a las preguntas.
Porque si el sistema político hubiese sido plenamente confiable, ¿habrían sido necesarios?
Y si no lo era, ¿por qué las soluciones políticas terminaron tomando caminos que hoy todavía requieren explicación?
¿Por qué se excluyó a figuras?
¿Por qué se eligieron otras?
¿Por qué se cerraron unas puertas y se abrieron otras?
Ahí es donde la historia deja de ser relato y se convierte en conciencia.
Porque lo que ocurrió entre 1990 y 1996 no fue un simple ciclo electoral.
Fue una reconfiguración profunda del poder político dominicano.
Una transición donde convivieron la presión internacional, los pactos internos, los liderazgos personales y, también, las decisiones estratégicas que nunca se explicaron completamente al país.
Y sin embargo, la República siguió adelante.
Esa es, al mismo tiempo, su grandeza y su fragilidad.
Grandeza, porque logró evitar el colapso. Fragilidad, porque lo hizo acumulando silencios.
Hoy, cuando miramos hacia atrás, entendemos que la democracia dominicana no ha sido un regalo de nadie. Ha sido una construcción difícil, hecha de avances y retrocesos, de coraje y de cálculo, de ideales y de concesiones.
Pero también entendemos algo más inquietante: que hay momentos en los que la historia oficial no basta.
Que hay decisiones que no pueden quedarse solo en los archivos.
Que hay pactos que deben ser comprendidos, no para reabrir heridas, sino para cerrar definitivamente las dudas.
Porque una democracia no se sostiene únicamente sobre elecciones. Se sostiene sobre confianza. Y la confianza nace de la claridad.
Por eso estas preguntas siguen pendientes.
No contra nadie. No para deslegitimar el pasado.
Sino para completarlo.
Porque solo cuando un país es capaz de mirarse sin miedo —de hacerse las preguntas difíciles— es cuando empieza, verdaderamente, a madurar.
Y quizás ese sea, al final, el legado más profundo de aquellos muchachos: no lo que hicieron, sino lo que todavía nos obligan a pensar.
