Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Una imagen atribuida a Sócrates ha circulado recientemente acompañada de una frase que resume una antigua aspiración del pensamiento humano: “Las mentes fuertes discuten ideas; las mentes medias discuten acontecimientos; las mentes débiles discuten personas”.

Los especialistas en filosofía clásica han señalado repetidamente que no existe evidencia documental de que esa frase aparezca literalmente en los diálogos de Platón ni en los testimonios históricos sobre Sócrates. Sin embargo, aunque probablemente sea apócrifa, expresa con notable fidelidad el espíritu socrático.
El filósofo ateniense dedicó su vida a interrogar conceptos fundamentales como la justicia, la verdad, la virtud y el bien. No le interesaba el rumor de la plaza pública ni el ataque personal. Su método consistía en elevar la conversación desde lo inmediato hacia lo esencial.
Al observar la política dominicana contemporánea, resulta difícil no recordar esa enseñanza.
Vivimos inmersos en una conversación pública dominada por nombres, candidaturas, encuestas y estrategias electorales. Se discute quién sube, quién baja, quién comunica mejor, quién tiene más posibilidades para el 2028, quién posee mayor aceptación en las redes sociales o quién despierta más entusiasmo entre los jóvenes.
Pero rara vez discutimos las ideas.
Y cuando una sociedad deja de discutir ideas para concentrarse exclusivamente en personas, comienza a perder la capacidad de pensar su futuro.
Es justo reconocer los méritos de quienes hoy ocupan posiciones destacadas y prometedoras de futuro en la vida pública nacional.
Omar Fernández posee indudables cualidades de comunicación, carisma y presencia pública. Como suele decirse popularmente, tiene la cara bonita y habla bonito, una característica que muchos también atribuían a su padre, Leonel Fernández.
David Collado ha desarrollado una gestión activa al frente del turismo y acumula realizaciones importantes en uno de los sectores fundamentales de la economía dominicana.
Carolina Mejía ha mostrado capacidad administrativa desde la Alcaldía del Distrito Nacional y cuenta igualmente con resultados visibles para la ciudadanía.
Todos merecen reconocimiento por sus realizaciones.
Pero precisamente porque el país necesita algo más que simpatías personales, corresponde formular preguntas que casi nunca aparecen en el debate nacional.
¿Qué piensan estos dirigentes sobre el futuro de los suelos dominicanos?
¿Qué visión poseen sobre la conservación de los recursos hídricos?
¿Qué propuestas tienen para enfrentar la degradación ambiental?
¿Cómo conciben la educación científica de las nuevas generaciones?
¿Qué papel atribuyen a la inteligencia artificial, a la revolución tecnológica y a la formación técnica dentro del desarrollo nacional?
¿Qué país imaginan para 2040 o para 2050?
Estas preguntas rara vez aparecen en la discusión pública.
Sin embargo, son las preguntas que determinarán el destino de la nación.
Durante décadas hemos debatido intensamente sobre minería y explotación de recursos naturales. Sin embargo, hablamos mucho menos sobre otro tema igualmente decisivo: los límites ecológicos del crecimiento turístico.

El turismo constituye una de las grandes fortalezas económicas de la República Dominicana.
Genera divisas, empleos, inversiones y oportunidades.
Pero también plantea interrogantes que todavía no ocupan el lugar que merecen en la agenda nacional.
¿Qué ocurrirá si la expansión turística continúa ejerciendo presión creciente sobre playas, manglares, arrecifes, acuíferos y ecosistemas costeros?
¿Qué mecanismos garantizarán que el éxito económico de hoy no destruya los recursos naturales de mañana?
La experiencia internacional demuestra que el turismo mal administrado puede convertirse en una forma silenciosa de deterioro ambiental.
Pero la mayoría de los debates políticos continúan concentrándose en estadísticas de visitantes y crecimiento económico sin examinar suficientemente las consecuencias ecológicas de largo plazo.
La misma situación aparece en el ámbito agrícola.
Recientes investigaciones publicadas en las revistas científicas Science, Communications Sustainability, Plant and Soil y Nature Communications han revelado hasta qué punto la salud de los suelos constituye uno de los pilares invisibles de la civilización humana.
Particularmente impresionante resulta el estudio publicado por Science en 2026 sobre las redes globales de hongos micorrícicos.
Los investigadores demostraron que bajo nuestros pies existe una gigantesca infraestructura biológica formada por millones de millones de filamentos microscópicos que conectan raíces, transportan nutrientes, almacenan carbono y sostienen la fertilidad de los ecosistemas terrestres.
Debajo de cada bosque existe literalmente otro bosque.
Un bosque invisible.
Una red silenciosa que ayuda a mantener la vida sobre la superficie.
La importancia de este descubrimiento va mucho más allá de la biología.
Nos obliga a comprender que los recursos naturales no son simples objetos disponibles para la explotación económica.
Son sistemas extraordinariamente complejos cuya destrucción puede producir consecuencias irreversibles.
Corresponde reconocer aquí el esfuerzo realizado por el Ministerio de Agricultura y expresar respeto por el trabajo de su actual ministro, ampliamente valorado por sus conocimientos técnicos y su dedicación al sector.
Pero incluso los mejores funcionarios enfrentan una dificultad fundamental.
¿Cómo convertir el conocimiento científico en conciencia nacional?
¿Cómo lograr que estos descubrimientos lleguen a las escuelas, a los liceos, a los institutos técnicos y a la población en general?
¿Cómo enseñar a los niños dominicanos que la fertilidad de la tierra no depende únicamente de tractores, fertilizantes o tecnologías agrícolas, sino también de complejas relaciones biológicas invisibles?
¿Cómo explicar que el agua, los bosques, los suelos y la biodiversidad constituyen formas de riqueza tan importantes como las carreteras, los puertos o los aeropuertos?
Estas preguntas conducen inevitablemente hacia la educación.
En mayo de 1972, cuando apenas tenía veintidós años y trabajaba como reportero de El Nacional de Ahora, participé durante un mes en Quito, Ecuador, en el Segundo Curso Internacional de Preparación Básica en Periodismo Científico y Educativo organizado por CIESPAL dentro del Programa Regional de Desarrollo Educativo de la OEA.
Aquel programa perseguía un objetivo que hoy resulta más importante que nunca.
Traducir la ciencia al lenguaje de la ciudadanía.
Transformar el conocimiento especializado en cultura colectiva.
Más de medio siglo después sigo convencido de que ninguna estrategia de desarrollo tendrá éxito si la población no comprende científicamente el mundo que habita.
Y aquí aparece una dimensión todavía más amplia.
Durante los encuentros sobre robótica, inteligencia artificial y humanidad celebrados en la Casina Pío IV de la Pontificia Academia de las Ciencias y de la Pontificia Academia de Ciencias Sociales en el Vaticano, tuve la oportunidad de escuchar debates que giraban alrededor de una pregunta esencial.
¿Qué tipo de civilización queremos construir?
La misma pregunta reaparece hoy alrededor de la inteligencia artificial, de SpaceX, de Elon Musk y de las transformaciones tecnológicas que comienzan a modificar la economía mundial.
Mientras muchos dirigentes continúan atrapados en las urgencias electorales del presente, el mundo discute cuestiones que afectarán profundamente la vida de las próximas generaciones.
La inteligencia artificial.
La automatización.
La exploración espacial.
La energía.
La biotecnología.
La educación avanzada.
La relación entre tecnología y dignidad humana.
No se trata de debates futuristas reservados a laboratorios o universidades.
Se trata de los temas que determinarán la competitividad, la prosperidad y la estabilidad de las naciones durante el siglo XXI.
Por eso la República Dominicana necesita algo más que buenos candidatos.
Necesita una conversación nacional sobre el futuro.
Necesita dirigentes capaces de hablar no solamente de obras públicas, campañas electorales o alianzas políticas.
Necesita líderes que comprendan la relación entre ciencia, educación, agricultura, tecnología, sostenibilidad ambiental y desarrollo humano.
Porque los acontecimientos pasan.
Las candidaturas cambian.
Los gobiernos terminan.
Las generaciones se suceden unas a otras.
Pero las ideas permanecen.
Y al final, como enseñaba Sócrates hace veinticuatro siglos, las sociedades terminan siendo moldeadas menos por las personas que por las ideas que esas personas son capaces de comprender, defender y transmitir.
La verdadera pregunta para la República Dominicana no es quién ganará las elecciones de 2028.
La verdadera pregunta es si estamos pensando seriamente el país que existirá en 2050.
Y esa pregunta pertenece al mundo de las ideas.
No al de los nombres.
Fuentes:
Platón, Apología de Sócrates, Fedón y otros diálogos socráticos.
Jenofonte, Recuerdos de Sócrates.
Aristóteles, referencias a Sócrates en la Metafísica y la Ética Nicomaquea.
Stewart, Justin D. et al., Global Density and Biomass of Arbuscular Mycorrhizal Fungal Networks, Science, 2026.
Communications Sustainability (2026), Redefining Soil Health and Food Security through Tropical Conservation Agriculture.
Plant and Soil (2026), Regenerative Agriculture Improves Soil Functioning and the Complexity of Soil Food Webs.
Nature Communications (2026), Long-term Agricultural Diversification Increases Financial Profitability, Biodiversity and Ecosystem Services.
Debates “Robotics, AI and Humanity”, Pontificia Academia de las Ciencias y Pontificia Academia de Ciencias Sociales, Casina Pío IV, Ciudad del Vaticano.
CIESPAL-OEA, Quito, Ecuador, Segundo Curso Internacional de Preparación Básica en Periodismo Científico y Educativo, mayo de 1972.
