Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
En la historia política hay frases que sobreviven no por su elegancia, sino por su capacidad de revelar lo que en su momento no se quiso decir abiertamente.
“Ese viejo está loco…”
Atribuida a Leonel Fernández en los días previos a las elecciones de 1990 —y, según el economista Rafael Espinal, repetida incluso el 17 de mayo de ese año—, esa expresión ha sido leída muchas veces como un exabrupto, como una irreverencia o como una fractura personal dentro del liderazgo del Partido de la Liberación Dominicana.
En el Listín Diario del 19 de junio del 2000, Espinal publicó un artículo sobre este tema y las tendencias dentro del PLD.
Mi opinión, sin embargo —y lo digo como testigo directo de aquellos hechos— tiene una interpretación muy particular.
No fue un insulto de Leonel.
Fue una preocupación.
Una preocupación legítima.
Para entender esa frase hay que retroceder un año, a 1989.
En 1989, en el Departamento de Estado en Washington, se produjo una conversación de alto nivel entre Juan Bosch, Leonel Fernández y Euclides Gutiérrez Félix con Bernard Aronson, entonces Subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos de los Estados Unidos.
En ese encuentro se abordó un tema crucial: la posibilidad de que Estados Unidos reconociera un eventual triunfo electoral de Bosch en 1990.
La respuesta de Aronson no fue un rechazo frontal.
Pero tampoco fue un respaldo automático.
Fue una respuesta condicionada.
Estados Unidos podía reconocer ese triunfo… si se cumplían determinadas condiciones.
No era una formalidad diplomática.
Era una advertencia.
Una señal clara de que el acceso al poder no dependía únicamente del voto, sino de la percepción internacional sobre la viabilidad de ese poder.
Ese dato es esencial.
Porque introduce un elemento que muchas veces se omite en el análisis interno: la relación entre legitimidad electoral y aceptación externa.
Vista desde ese contexto, la frase atribuida a Leonel adquiere otro significado.
No describe a Bosch como individuo.
Describe una inquietud estratégica.
¿Podía Bosch ganar?
Sí.
¿Podía gobernar?
Esa era la duda.
Y no era una duda menor.
Era la duda central.
Esa misma tensión se hizo visible días antes de las elecciones, en el incidente con la periodista María Elvira Salazar.
La entrevista había sido cuidadosamente preparada. Formaba parte de una estrategia de comunicación orientada a proyectar una imagen de Bosch que disipara temores en sectores clave, particularmente en el público hispano de los Estados Unidos.
Pero cuando la conversación derivó hacia el marxismo y las relaciones con Fidel Castro, Bosch percibió el riesgo.
Y decidió cortar.
De forma abrupta.
Sin matices.

Ese gesto no fue irracional.
Fue una reacción consciente frente a un terreno que consideraba peligroso.
Pero también reveló algo más profundo: una reserva frente a exponerse en un escenario donde la narrativa podía escapar a su control.
Esa misma lógica reapareció la noche del 16 de mayo de 1990.
Mientras el conteo avanzaba de forma fragmentaria, en la residencia del pelotero Damaso García, en Los Cacicazgos, se configuraba una percepción clara: el triunfo era posible.
En ese contexto propuse convocar una movilización pacífica de celebración para la mañana del 17.
Bosch aprobó.
Ese punto es clave.
La posibilidad de afirmar el poder estuvo presente.
Pero no se ejecutó.
Horas después, ya en su residencia, se produjo la intervención de dirigentes cercanos —Vicente Bengoa, Nélsida Marmolejos y Max Puig— con el argumento de respetar un acuerdo institucional con la Junta Central Electoral.
Detrás de ese argumento había una gestión previa.
Leonel Fernández había actuado para evitar la movilización.
Y Bosch aceptó.
Aquí es donde mi interpretación se vuelve necesaria.
Esa intervención de Leonel no debe leerse únicamente como una maniobra política.

Debe leerse también como la continuidad de una preocupación que venía gestándose desde antes.
Desde Washington.
Desde la conversación con Aronson.
Desde la conciencia de que el problema no era solo ganar, sino qué pasaría después de ganar.
Años más tarde, en julio del 2000, Miguel Cocco aportaría un elemento decisivo.
Según sus declaraciones en el Almuerzo de los Medios Corripio, Juan Bosch admitió en conversaciones previas a las elecciones de 1990 que no estaba en condiciones de gobernar y expresó que no tenía “vocación de hacer el ridículo”. Añadió además que una victoria sin condiciones de gobernabilidad podía conducir a una crisis mayor.
Esa afirmación no contradice la preocupación de Leonel.
La confirma.
Desde dos ángulos distintos, ambos estaban enfrentando la misma pregunta:
¿Era viable el ejercicio del poder en ese momento?
La madrugada del 17 de mayo se convierte entonces en un punto de convergencia.

Por un lado, una percepción interna de triunfo.
Por otro, una evaluación —explícita o implícita— de sus riesgos.
Entre ambas, una decisión.
No afirmar.
No ocupar.
No ejecutar.
El país amaneció sin imagen de victoria.
Sin pueblo en las calles.
Sin afirmación pública.
Pero con un documento que aún conserva su fuerza: una hoja firmada esa madrugada por quienes estábamos allí, donde se lee:
“Los que amanecimos esperando el triunfo de Juan Bosch”.
La percepción existía.
Lo que no existió fue su conversión en hecho político.
Al mediodía del 17 de mayo, el escenario había cambiado.
Bosch convocó a una conferencia de prensa.
Pero ya no era el momento de la afirmación.
Era el momento de la denuncia.
Se habló de fraude, de irregularidades, de voluntad popular vulnerada.
Pero el control del relato ya no estaba en las mismas manos.
El informe del expresidente Jimmy Carter vendría después, reconociendo irregularidades pero sin establecer evidencia concluyente de fraude suficiente para alterar el resultado final.
Ese informe es importante.
Pero tiene un límite.
Examina el proceso.
No captura el momento.
No mide la decisión.
No registra el instante en que el poder pudo ejercerse… y no se ejerció.
Por eso las palabras de Rafael Espinal y Miguel Cocco, publicadas diez años después, adquieren una dimensión decisiva.
No son simples opiniones retrospectivas.
Son confirmaciones.
Confirmaciones de que en 1990 el problema no fue solo electoral.
Fue un problema de poder.
De su ejercicio.
De su viabilidad.
Seis años después, en 1996, el sistema se reorganizó.
Leonel Fernández llegó a la Presidencia.
Pero ese desenlace no comienza en 1996.
Comienza en 1990.
Y más precisamente, en esa madrugada en que el poder estuvo al alcance… y no se ejerció.
Por eso la frase inicial debe ser leída con cuidado.
No como una ofensa.
No como una ruptura personal.
Sino como la expresión —torpe, sí, pero real— de una preocupación estratégica sobre el poder.
Una preocupación que, vista en perspectiva, no estaba completamente equivocada.
Porque la historia de 1990 no es solo la historia de una elección.
Es la historia de una duda.
La duda sobre si el poder podía ser ejercido.
Y en política, cuando esa duda se impone, el poder no desaparece.
Simplemente pasa a otras manos.
Porque al final, como tantas veces en nuestra historia, muere el hombre… pero el sistema se recicla.
Y la estabilidad —esa palabra tan invocada— no se importa, no se decreta, no se negocia.
La estabilidad se fabrica.
Fuentes:
Rafael Espinal, “Leonel: la impronta de centroderecha”, Listín Diario, 19 de junio de 2000.
Elías Ruiz Matuk, “Bosch buscó perder en el 66, y en el 90 sabía no podía gobernar” (declaraciones de Miguel Cocco), Periódico HOY, 14 de julio de 2000, pp. 1 y 6.
