Por José Manuel Jerez
En política, no todo lo que parece tácticamente útil resulta estratégicamente inteligente. Hay decisiones que pueden producir una ganancia momentánea, pero cuyo costo estructural termina siendo devastador. Una eventual alianza entre el oficialista PRM y uno de los principales partidos de oposición, como el PLD, con el propósito de cerrarle el paso a Leonel Fernández en 2028, no sería una maniobra brillante ni una jugada maestra: sería, en términos políticos, un crasso error. Y lo sería no solo por su incoherencia discursiva, sino por su potencial destructivo sobre la identidad, la credibilidad y la viabilidad histórica de cualquier partido opositor que se preste a semejante operación.
La primera falacia de esa eventual alianza radica en la falsa analogía con el escenario de 2020. Se pretende justificar una convergencia PRM-PLD contra Leonel Fernández alegando que en aquel momento la Fuerza del Pueblo se unió al PRM para derrotar al PLD. Pero esa comparación se derrumba con un mínimo examen de contexto. En 2020, tanto el PRM como la Fuerza del Pueblo actuaban desde la oposición frente a un partido gobernante que había acumulado un enorme desgaste institucional, político y moral. No se trató de una oposición aliándose con el poder para aplastar a otra oposición, sino de dos fuerzas opositoras confluyendo frente al oficialismo. La diferencia no es menor; es absoluta.
Un partido opositor existe, precisamente, para confrontar al gobierno, fiscalizar el poder, ofrecer una alternativa de rumbo y canalizar el malestar social. Cuando una fuerza opositora abandona esa función para asociarse con el oficialismo con el único objetivo de destruir a otro actor opositor, deja de comportarse como oposición y empieza a ser percibida como un apéndice funcional del poder.
Desde la teoría de la competencia democrática, las oposiciones que se subordinan al oficialismo terminan transmitiendo una imagen letal: carecen de proyecto propio. La política deja de organizarse en torno a la contradicción gobierno-oposición y pasa a girar alrededor de una obsesión facciosa: “detener a Leonel”.
Además, una alianza entre oposición y oficialismo contra un líder opositor produciría un daño severo en la percepción del votante. El elector entiende que quien se une al gobierno para golpear a otro opositor está ayudando a preservar el poder del gobierno.
Más grave aún sería el efecto reputacional de largo plazo. Una fuerza que pacta con el oficialismo queda marcada por una sombra de inutilidad histórica. Cada discurso contra el gobierno sonará menos creíble.
También debe advertirse que una operación de esa naturaleza fortalecería, paradójicamente, al liderazgo que se busca contener. La victimización injusta suele producir el efecto inverso al deseado.
Desde una perspectiva institucional, ese tipo de pacto degrada la calidad de la democracia. Se distorsiona el funcionamiento del pluralismo y se normaliza la confusión de roles.
En conclusión, un partido de oposición que se una al oficialismo para impedir el avance de otro partido opositor no estaría ejecutando una jugada astuta, sino firmando su propia degradación estratégica.
