Por Víctor Manuel Grimaldi Céspedes
Roma tiene una manera peculiar de guardar los secretos: no los esconde, los deja flotar.
Se quedan suspendidos en el aire tibio de sus patios, en la piedra gastada de sus escaleras, en el murmullo de los jardines donde la historia no se anuncia, pero respira.
Fue allí —en el corazón mismo del Vaticano— donde comenzó para mí una de esas historias que no se olvidan, porque no pertenecen del todo al pasado.
A mediados de 2014, una crisis —felizmente superada— amenazó con estallar en torno a la dirección de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra.
A solicitud del rector, monseñor Agripino Núñez Collado, procedí a realizar gestiones con figuras importantes de la Santa Sede.
Tuve la encomienda incluso de conversar con el papa emérito Benedicto XVI, pero cuando me concedió la audiencia, el problema de la PUCMM ya estaba en vías de solución.
De modo que hablamos de otros temas importantes.
Antecedentes
El 3 de abril de 2009, cuando presenté mis cartas credenciales ante Benedicto XVI, recibí un discurso impreso que, en aquel momento, tenía la serenidad de lo evidente.
No era un mensaje político, ni una advertencia diplomática. Era algo más antiguo: una afirmación.
Allí, en el lenguaje preciso de un teólogo que sabía medir cada palabra, el Papa habló del respeto a la vida humana desde su inicio hasta su fin natural, y de la familia fundada sobre el matrimonio entre hombre y mujer.
No era una consigna. Era una convicción. Una línea trazada con la claridad de quien no negocia con lo esencial.
En aquel momento, el mundo aún parecía ordenado en compartimentos: la política por un lado, la fe por otro.
Pero esa separación, como tantas otras ilusiones de nuestro tiempo, ya comenzaba a resquebrajarse.
Pasaron los años.
Y fue a mediados de 2014, en una conversación que duró casi una hora en su residencia dentro de los jardines vaticanos, donde aquella doctrina adquirió un tono distinto: más grave, más humano, más preocupado.
Benedicto XVI ya no era el pontífice reinante, sino el Papa emérito.
Había dejado el peso visible del poder, pero no la lucidez ni la inquietud.
Hablaba con la serenidad de quien ya no tiene que persuadir, pero tampoco puede dejar de advertir.
En un momento de la conversación, refiriéndose a la situación de la República Dominicana, mencionó algo que me quedó grabado con la precisión de las frases que no se pronuncian en vano: era “muy grave”.
No levantó la voz. No dramatizó. No necesitaba hacerlo.
Se refería al propósito —así lo entendía él— de promover en nuestro país políticas vinculadas al aborto y al llamado “matrimonio” homosexual, en el contexto de la acción diplomática de los Estados Unidos durante la administración de Barack Obama, y particularmente del activismo del entonces embajador James Brewster.
No era un análisis geopolítico en el sentido clásico. Era otra cosa.
Era la percepción de que el mundo había entrado en una nueva fase, donde los valores ya no se discuten solamente en parlamentos o universidades, sino que viajan con la diplomacia, se filtran en acuerdos y se proyectan como parte de una influencia que no siempre se presenta como imposición, pero que actúa como tal.
En ese momento comprendí algo que con los años se ha vuelto más evidente: que el poder contemporáneo no siempre avanza con ruido, sino con persistencia.
Que no necesita ocupar territorios, porque le basta con transformar las conciencias.
Y que, en ese proceso, países como la República Dominicana —con su historia, su identidad y sus tensiones internas— se convierten en escenarios donde se cruzan fuerzas que vienen de lejos.
Lo que expresó Benedicto XVI aquella mañana no fue una acusación en términos políticos formales.
Fue una preocupación.
Pero hay preocupaciones que, cuando provienen de ciertas voces, tienen un peso que trasciende la anécdota.
Porque no hablaba un hombre cualquiera.
Hablaba quien había reflexionado durante décadas sobre la relación entre verdad y poder, entre fe y modernidad, entre la libertad y sus límites.
Y hablaba, además, desde el silencio de quien ya no tenía necesidad de convencer al mundo.
Hoy, cuando las discusiones sobre cultura, valores y soberanía parecen más intensas que nunca, aquella conversación adquiere un significado distinto.
No como prueba de una conspiración, sino como testimonio de una percepción: la de que el mundo ya no es neutral en materia de principios.
Que hay corrientes que empujan.
Que hay resistencias que se mantienen.
Y que, en medio de todo eso, la historia continúa avanzando, no siempre en línea recta, sino en esa forma sinuosa que solo se entiende con el tiempo.
Quizás por eso Roma no revela sus secretos de inmediato.
Los deja madurar.
Los deja respirarse.
Y solo mucho después —cuando el ruido ha bajado y las pasiones se han enfriado— permite que se comprendan en su verdadera dimensión.
Porque al final, más allá de los nombres, de los gobiernos y de las coyunturas, lo que permanece es la pregunta que atraviesa todas las épocas:
hasta dónde puede llegar el poder…
y hasta dónde está dispuesto el hombre a resistirlo.
Y en ese equilibrio —siempre frágil, siempre disputado—
se sigue escribiendo, en silencio, la historia del mundo.
