Por José Manuel Jerez
Las reflexiones formuladas por Leonel Fernández y Felipe González durante el Diálogo Iberoamericano celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid trascienden el ámbito académico y constituyen una verdadera advertencia estratégica sobre la profunda transformación que experimenta el sistema internacional. Cuando dos dirigentes con amplia experiencia de Estado coinciden en afirmar que el mundo atraviesa una etapa de incertidumbre y desorden, no se trata de una apreciación coyuntural ni de una simple metáfora política. Se trata del reconocimiento de que la arquitectura internacional construida tras la Segunda Guerra Mundial y reformulada después del fin de la Guerra Fría se encuentra sometida a tensiones que cuestionan las bases mismas de la gobernanza global.
La humanidad vive una época caracterizada por la fragmentación geopolítica, la competencia entre grandes potencias, las guerras regionales, las tensiones comerciales, la revolución tecnológica y la crisis de legitimidad de las democracias representativas. El llamado “nuevo orden mundial” aún no ha terminado de configurarse y, como acertadamente señalara Felipe González, más que un nuevo orden lo que predomina es un escenario de “caos absoluto”, donde las reglas tradicionales pierden eficacia y los mecanismos multilaterales muestran crecientes dificultades para gestionar los conflictos y garantizar la estabilidad internacional.
En ese contexto, las palabras de Leonel Fernández adquieren una dimensión particularmente significativa. América Latina, y en sentido más amplio Iberoamérica, no puede continuar actuando como una suma de Estados aislados, con agendas nacionales fragmentadas y con escasa capacidad de incidencia en los asuntos globales. La magnitud de los desafíos contemporáneos exige una visión estratégica compartida, capaz de convertir la afinidad histórica, lingüística, cultural y política existente entre las naciones iberoamericanas en un verdadero instrumento de proyección internacional.
La historia demuestra que los momentos de crisis también representan oportunidades de reorganización y reposicionamiento. El espacio iberoamericano dispone de recursos humanos, capacidades económicas, riqueza cultural y valores democráticos suficientes para desempeñar un papel mucho más relevante en el sistema internacional. Sin embargo, ello requiere superar las divisiones ideológicas, abandonar los enfoques coyunturales y recuperar una lógica de cooperación permanente basada en intereses comunes y objetivos estratégicos de largo plazo.
No resulta casual que Leonel Fernández evocara el espíritu fundacional de las Cumbres Iberoamericanas. En sus orígenes, aquel proyecto representó una de las iniciativas de concertación política más ambiciosas del mundo hispánico y lusófono. Su propósito consistía en convertir a Iberoamérica en una comunidad de naciones capaz de coordinar posiciones y construir consensos frente a los grandes desafíos de la época. Hoy, cuando la incertidumbre internacional alcanza niveles sin precedentes, esa visión recupera plena vigencia y adquiere incluso mayor relevancia.
La crisis de las democracias representativas constituye otro de los aspectos centrales señalados por Felipe González. La expansión de los populismos, la polarización extrema, la desinformación digital y el debilitamiento de las instituciones han erosionado la confianza ciudadana en los sistemas políticos tradicionales. Frente a ese fenómeno, la respuesta no puede ser el aislamiento nacional ni la confrontación permanente, sino la construcción de espacios de cooperación democrática que permitan fortalecer las instituciones y preservar los valores fundamentales sobre los cuales descansan las sociedades abiertas.
Particular importancia reviste el tema de la seguridad. Las amenazas contemporáneas trascienden las fronteras nacionales y abarcan fenómenos tan diversos como el crimen organizado transnacional, las migraciones irregulares, la ciberseguridad, el narcotráfico, las crisis energéticas y las nuevas formas de conflicto híbrido. Tal como advirtió Felipe González, estos desafíos no pueden ser abordados desde perspectivas ideológicas estrechas, sino mediante enfoques integrales y transversales sustentados en amplios consensos políticos y regionales.
En realidad, el llamado formulado por Leonel Fernández y Felipe González constituye una invitación a repensar el lugar de Iberoamérica en el mundo del siglo XXI. La región posee condiciones objetivas para convertirse en un actor relevante dentro del nuevo equilibrio global que inevitablemente emergerá de la actual etapa de transición. Pero ello exige liderazgo político, visión estratégica y una renovada voluntad de integración capaz de colocar los intereses comunes por encima de las diferencias circunstanciales.
La experiencia histórica demuestra que las naciones que logran proyectarse internacionalmente son aquellas que comprenden las transformaciones de su tiempo y actúan de manera coordinada. En una época marcada por el desorden y la incertidumbre, la respuesta no puede ser la fragmentación. Por el contrario, el fortalecimiento de la comunidad iberoamericana aparece como una necesidad geopolítica y como una oportunidad histórica. Tal vez, precisamente en medio del caos mundial, se encuentre la posibilidad de iniciar una nueva etapa de cooperación, integración y protagonismo internacional para los pueblos de habla española y portuguesa. Esa parece ser, en esencia, la trascendental advertencia y la esperanzadora visión compartida por Leonel Fernández y Felipe González.
